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SIN ENMIENDA

Cuéntame (otro cuento)

@Juan Carlos Escudier - 16/06/2007

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Los aniversarios de la Transición, ya se conmemore las primeras elecciones, la victoria del PSOE, la legalización del PCE, la coronación del Rey, los Pactos de la Moncloa o la primera vez que Suárez miccionó en Zarzuela –que todo se andará- llevan indisociablemente aparejados un atracón de blanco y negro y una regresión al duralex, la formica y la naftalina. Además, contra todas las leyes de la física y en abierta demostración de que la omnipresencia es posible, el común denominador de estos homenajes es que siempre acabamos viendo y/o escuchando a Victoria Prego, ya sea enlatada o en su mismidad, que menudo chollo encontró esta mujer con nuestros novísimos Episodios Nacionales.

No acaba aquí la cosa. Invariablemente, junto a los merecidos reconocimientos públicos y en alpaca, todos los aniversarios incorporan el testimonio de unos señores que hablan de sí mismos y de lo bien que lo hicieron, porque la regla número uno es que no existen reportajes de la Transición críticos con sus protagonistas, de la misma manera que no existen películas del Oeste en la que ganen los indios, porque si ganan ya no son del Oeste sino de ciencia-ficción.

Como puede colegirse, rememorar lo divinamente que lo hicieron nuestros políticos hace 30 años conduce sin remedio a proclamar que los que ahora nos rodean son manifiestamente mejorables, cuando no prescindibles, en una versión actualizada a la democracia de aquel famoso ‘con Franco vivíamos mejor’. Sin descartar que así sea, resultaría temerario elevar por decreto a los altares a todos aquellos que participaron en aquel proceso, donde hubo santos, mártires y muchos demonios, a los que ahora se les ha ascendido a arcángeles como en el Ejército: por antigüedad.

Existe una coincidencia absoluta en el papel determinante del Rey, designado directamente por Franco, de cuyos labios no se escuchó jamás una sola crítica ni de su mentor ni de sus condenas a muerte, prueba –dirán- de su enorme inteligencia política. Al parecer, el heredero directo de la dictadura tenía ya siendo Príncipe un plan perfecto para implantar la democracia en España, como si hubiera sido posible la supervivencia de una monarquía similar a la de sus antepasados, muy cinegética, donde la Corte aspiraba rapé y sus pelucas bailaban al estornudar. Es verdad que persiste la afición a la caza, pero abatir osos no es inconstitucional que se sepa.

De Suárez todos los elogios son pocos, aunque sorprende que provengan en alud de las termitas que acabaron con UCD y que le obligaron a dimitir y a fundar un nuevo partido. Hoy ven como un genio a quien hace un cuarto de siglo trataron de aniquilar para repartirse el pastel. El tiempo todo lo endulza. Sorprende escuchar estos días las explicaciones de Óscar Alzaga sobre la descomposición de UCD, fenómeno que atribuye al escaso apego de sus dirigentes por el poder y la política, una vez resueltas las grandes cuestiones del país. Alzaga presume de memoria, pero olvida el chiste que circuló entonces a propósito de él y de sus correligionarios en el que Nerón, horrorizado al ver como un grupo de personas devoraba a los leones del circo, abronca al jefe de su guardia: “Os dije que echárais a la arena a los cristianos; no a los democratacristianos”.

Han tenido que pasar 30 años para que la Monarquía reconozca abiertamente los méritos de Suárez, al que se ha distinguido, cuando ya no puede enterarse, con el famoso Toisón de Oro. El Rey y su presidente nunca llegaron a ser grandes amigos. Al de Ávila no le hacía ninguna gracia que el monarca, como si fuera un niño, se escondiera tras las cortinas de Palacio para darle un susto en alguna de sus audiencias privadas y nunca perdonó que la Casa Real se despreocupara de su familia la noche del 23-F. Sabino Fernández Campo, que esa noche estaría liadísimo, recuerda ahora que Suárez fue desleal con la cúpula militar porque les dijo que no legalizaría el PCE y lo hizo. Su capitán general, es decir, el Rey, también debía estar atareadísimo para no advertirles.

Habrá que esperar otros veinte años para volver a conmemorar las primeras elecciones democráticas, porque el 31º aniversario o el 43º no se celebra. Quedémonos con que la Transición fue un bello período de exaltación del acuerdo y del consenso –que lo fue- y olvidemos que seguimos pagando alguno de los gravísimos errores que cometieron los padres de la patria, humanos al fin y al cabo. Obviemos, por ejemplo, que la Constitución y su posterior ‘café para todos’ fue un despropósito histórico en el que seguimos chapoteando. Claro que siempre es posible que algunos de sus ponentes nos digan un aniversario de éstos que sí, que en el año 1978 había una demanda autonomista en La Rioja, en Murcia, en Madrid o en Castilla-La Mancha, que, por cierto, ni siquiera sabía que se llamaba así.

Dejemos que el Senado siga siendo un club de críquet, perpetuemos la preferencia masculina en el acceso al Trono, porque un Rey mola más que una Reina, y dejemos que siga siendo inviolable porque la sangre azul del delito huye. La Constitución fue una obra maestra, aunque diga que Navarra puede decidir incorporarse al País Vasco si le place. Bueno, a lo mejor esto último conviene quitarlo al descuido por si España se rompe o por si alguien se rinde.

De vez en cuando, nos gusta convertirnos en personajes de Cuéntame y alabar el cocido de los lunes de la abuela. Pero ya está demostrado que el Un, dos tres no tiene mercado y que el 1500 o el Dodge Dart se aparcan fatal hoy en día. Este país, afortunadamente, no se parece en nada al del año 1977, gracias, posiblemente, a los políticos de entonces. Con los de ahora, que son muy malos, no nos va del todo mal.

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