La verdad no se negocia: El Confidencial, 25 años de oficio
Cuando asumí la dirección de El Confidencial, aprendí a identificar un termómetro infalible: el zumbido matinal del teléfono. Al principio asusta: "No publiquen eso". Luego uno entiende que el timbre es un signo de salud democrática
Para que triunfe una mentira primero hay que matar a la verdad. No muere de un disparo, ni de un decreto, sino de una suma de gestos a veces menudos: una llamada a deshora, un correo con membrete, una rueda de prensa en la que se rebautiza el desacuerdo como “odio” y el dato incómodo como “bulo”.
Poder expresarse con libertad se ha convertido en una profesión de riesgo incluso en países que presumían de primera enmienda. Se ha normalizado que un alto mandatario pueda levantar el teléfono y dirigirse a un editor para que cambie de línea informativa o despida a periodistas por informar o hablar de asuntos que no son de su agrado, como pasó con Jimmy Kimmel. Demandas millonarias contra diarios y canales de televisión que, lejos de resistir, se amilanan por una cuestión de supervivencia y comienzan a rebajar el tono de sus críticas, y así, de repente, un día te levantas y te das cuenta de que la democracia es un poco menos democracia.
Aquí, como allí, también hay llamadas. También hay demandas.
Cuando asumí la dirección de El Confidencial, aprendí a identificar un termómetro infalible: el zumbido matinal del teléfono. Al principio asusta: “Corregid este titular”. “No publiquen eso”. Luego uno entiende que el timbre es un signo de salud democrática: si hay ruido, es que has pisado el lugar exacto. No es épica; es oficio.
En estos años he visto cómo dicho oficio se abría paso entre denuncias que pretendían la mordaza más que la justicia, entre querellas cautelares que buscaban desalentar al periodista antes que defender el honor de nadie. He visto también cómo, después de cada exclusiva, la presión subía un grado: primero por la vía privada; después, cuando no surtía efecto, por la megafonía del poder.
Quieren hacernos ver que el periodismo es un actor más de la contienda y, por tanto, susceptible de ser domesticado con la misma lógica de bloques que ordena la política. Si aceptamos las reglas, ya hemos perdido. Porque entonces la verdad deja de ser propósito y pasa a ser recurso. Y cuando la verdad es un recurso, la democracia es solo escenografía.
No rehúyo el pulso. No me asusto. Las presiones son intrínsecas al cargo de director de un periódico. El poder es inevitable. Está ahí, justo enfrente. No lo puedes esquivar. Resultaría excesivamente buenista pensar que uno puede ejercer de contrapeso frente al resto de poderes sin que ello tenga consecuencias. Claro que las tiene, pero eso no implica capitulación. Si cedes una vez, cederás más y acabarás infectado por el virus. No queda más solución que resistir. Así ha transcurrido la historia de El Confidencial, surfeando las presiones durante 25 años.
Sería buenista pensar que se puede ejercer de contrapeso frente al resto de poderes sin que tenga consecuencias
Sin embargo, en mi ya dilatada trayectoria como director de periódico, tengo la sensación de no haber vivido nada semejante a lo de los últimos tiempos. Ustedes, como yo, han sido testigos de ello. La caza de quien no piensa como tú. El vacío institucional. Una agenda normativa que pretende embridar a los medios críticos. Un desplome de la publicidad institucional y un mensaje: “Habla bien de mí o prepárate para desaparecer”.
Ejercer el periodismo libre e independiente no sale gratis. Cuando uno deja de percibir ingresos que le corresponden por cuestiones espurias, no solo se resienten las cuentas del medio sino también los puestos de trabajo de las personas que lo hacen posible. Personas, familias, que se ven amenazadas.
Me preguntan a menudo si ha merecido la pena. La respuesta es incómoda: muchas veces, no. No cuando los números de audiencia no cuadran con el trabajo realizado; no cuando un compañero recibe una demanda como castigo ejemplarizante; no cuando uno debe explicar en casa por qué la raya de la cuenta bancaria baja mientras la raya de la tensión sube. Pero hay un instante —breve, casi clandestino— en que sí lo merece: cuando, tras meses de trabajo, una pieza encaja; cuando una funcionaria honesta se atreve a hablar porque confía en ti; cuando un lector te escribe para agradecer que no le trates como a un idiota. Ese segundo vale más que cualquier ronda de presiones, que cualquier insulto.
No sé si la mentira ha tocado techo. Sospecho que no. Pero sé que cada vez que una redacción resiste una llamada que pretende ordenar su portada, cada vez que una institución independiente resuelve sin mirar el carné político del justiciable, cada vez que un ciudadano exclama “esperen, quiero ver los papeles”, la mentira pierde un milímetro de terreno. No es mucho. Es todo.
En democracia, a cada generación de periodistas le toca vivir, al menos, un momento en el que se ve impelida a defender el derecho de los ciudadanos a la información. Ese momento es hoy. La sociedad necesita que la verdad no se quede encerrada en la oscuridad, como rezaba el eslogan de The Washington Post cuando podía presumir de ser The Washington Post.
Nos esforzamos, cada día, para que las verdades incómodas salgan a la calle y respiren. Somos periodistas, somos humildes, somos conscientes de nuestros límites. De ahí la importancia de hacerlo juntos. Pero que esa responsabilidad cívica compartida no sirva para eludir nuestra responsabilidad individual.
Los periodistas contamos con el poder de la palabra, que no es un poder menor. De las palabras nacen las ideas, y de las ideas nacen las acciones. Y en un tiempo en el que el ruido pretende sustituir al sentido, defender la palabra —limpia, precisa, justa— es lo más próximo a un acto de resistencia. Las palabras nos ayudan a continuar por la senda que empezamos hace 25 años.
Un hilo de propósito que atraviesa el tiempo y nos recuerda quiénes somos y por qué hacemos lo que hacemos. En nuestro caso, informar con independencia, pensar con libertad, escribir sin miedo. Frente a la mentira organizada, frente al poder sin escrúpulos, frente a la complacencia del silencio, El Confidencial ha elegido el camino más arduo: el de la verdad sin adjetivos. Ese camino, que empezó como una intuición en un chalet pequeño con apenas un puñado de periodistas, se ha convertido en una responsabilidad colectiva y, sobre todo, en un deber hacia nosotros mismos.
Para que triunfe una mentira primero hay que matar a la verdad. No muere de un disparo, ni de un decreto, sino de una suma de gestos a veces menudos: una llamada a deshora, un correo con membrete, una rueda de prensa en la que se rebautiza el desacuerdo como “odio” y el dato incómodo como “bulo”.