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crisis en francia

¿Quiénes son los chalecos amarillos? Radiografía de un movimiento sin líderes

No es fácil definir el movimiento de los chalecos amarillos. Al menos no es sencillo encerrarlos en una definición que los englobe a todos. Es principalmente un movimiento de clase media, aunque hay de todo. Más de provincias que de la capital, aunque en París también hay chalecos amarillos. ¿Más de izquierdas o más de derechas? En realidad todas las tendencias del arco político están representadas. Los 'gillets jaunes' han sabido cristalizar el descontento de todos aquellos que se sienten frustrados por las desigualdades crecientes en la sociedad, por llegar ahogados a fin de mes, una clase media que se siente olvidada y ninguneada por los representantes políticos.

Cómo nace el movimiento

Los chalecos amarillos nacen como reacción a la nueva subida de impuestos sobre los carburantes anunciada por el gobierno de Emmanuel Macron para el próximo 1 de enero, que aumentará en 6,5 céntimos el litro de gasoil y 2,9 el de gasolina. Se busca principalmente desincentivar el uso de los combustibles fósiles, algo que ha estado desde el principio en el programa político de Macron que busca una transición energética hacia energías más limpias.

Pero la Francia principalmente rural, donde los transportes públicos son escasos y que necesita el coche para ir a trabajar, llevar a los niños al colegio o acudir al médico, no está dispuesta a soportar ella sola el peso de la transición ecológica. Desde la elección de Macron en mayo de 2017, el diésel ha aumentado en 31 céntimos el litro y la gasolina en 19. El gasóleo pasó de 1,24 euros el litro en octubre a 1,51 en noviembre, aunque de esos 27 céntimos de diferencia, sólo 8 son debido a los impuestos y la gran mayoría proceden de la subida del precio del barril unida a la debilidad del euro frente al dólar. Poco importa. El sentimiento de los chalecos amarillos es que su dependencia del automóvil se ha convertido en la vaca que el gobierno no deja de ordeñar. Y consideran que es sencillo legislar desde París, donde el metro te lleva a todas partes -o, como dicen muchos, el coche oficial-, y hacer pagar a los que tienen la estación de tren más cercana a media hora de camino en coche.

Todo comenzó con una petición en Change.org para exigir la bajada del precio de los carburantes y a partir de ahí empezaron a surgir grupos en Facebook y vídeos de protesta de diferentes usuarios que se hicieron virales. La primera manifestación se convocó el 17 de noviembre a través de las redes sociales. Se buscaba bloquear el mayor número de carreteras posibles para hacerse escuchar. Más de 287.000 personas participaron en toda Francia, hubo un muerto, 400 heridos y 280 detenidos.

La siguiente convocatoria buscaba bloquear París el 24 de noviembre. Unos 8.000 fueron a la capital, mientras que en el conjunto de Francia se manifestaron 106.000 según cifras del gobierno (los chalecos amarillos, al no estar organizados, no pueden ofrecer cifras). En los Campos Elíseos se produjeron las primeras escenas de violencia y pillaje. 130 personas fueron detenidas, 43 de ellas en París.

En la tercera gran convocatoria, el pasado sábado 1 de diciembre, la cifra de participantes descendió hasta los 75.000, pero la violencia sin control que se vivió en París ha puesto realmente la protesta en el mapa y al gobierno de Macron contra las cuerdas. Hay más de 400 detenidos y 260 heridos.

Miembros de los 'chalecos amarillos' protestan frente al Arco de Triunfo, el sábado 1 de diciembre de 2018. (Reuters)

Qué piden

Comenzó con un rechazo a la subida de impuestos a los carburantes, pero en pocas semanas se ha convertido en una protesta por la pérdida de poder adquisitivo. ¿En qué se concreta eso? Por el momento en todo y nada. En un comunicado que enviaron algunos “chalecos amarillos” a varios medios de comunicación recientemente se enumeraban 42 medidas, desde la subida del salario mínimo a 1.300 euros al mes (actualmente es de 1.150 euros) hasta la protección de la industria francesa prohibiendo las deslocalizaciones, el retorno al mandato de 7 años para el presidente de la República, el fin de la política de la austeridad, que no haya más de 25 alumnos por clase, que no se cierren líneas de tren u oficinas de correos en zonas rurales, que no haya personas sin hogar, que la pensión mínima sea de 1.200 euroso, claro está, el fin de la subida de tasas a los carburantes. Se pide, en resumen, pagar menos impuestos y mejorar los servicios sociales.

Pero estas son solo algunas de sus reivindicaciones. Al carecer de líderes claros y de ideología precisa, cada “chaleco amarillo” tiene la suya, una auténtica pesadilla para el gobierno que no tiene enfrente un interlocutor claro y con unas peticiones concretas que negociar, sino una masa informe de personas descontentas. Unos piden la disolución de la Asamblea Nacional, otros que se sometan a referéndum las nuevas leyes. Un representante del movimiento llegó a pedir en televisión la dimisión del Gobierno y que se nombre primer ministro al general De Villiers, ex-jefe del Estado Mayor de los Ejércitos.

Qué dice la oposición

Prácticamente todos los partidos, desde la extrema izquierda a la extrema derecha, han intentado sacar rédito a los chalecos amarillos, pero estos no los quieren ver ni en pintura. El movimiento tiene un enorme apoyo popular. La última encuesta nacional (antes de los disturbios del pasado sábado) aseguraba que un 75% de los franceses simpatizan con los manifestantes. Cómo no intentar aprovechar este tirón.

Y a falta de respuesta por parte del gobierno, que está completamente paralizado por las protestas y hasta la fecha ha hecho pocos anuncios, la oposición se ha lanzado a aportar sus propias soluciones a la crisis. Desde la Reagrupación Nacional de Marine Le Pen (el antiguo Frente Nacional), se ha pedido la disolución de la Asamblea Nacional. Jean-Luc Mélenchon, líder de la Francia Insumisa, también ha pedido un adelanto electoral, y la derecha de Los Republicanos ha exigido un referéndum sobre el impuesto que va a financiar la transición ecológica. Todos se dicen portadores de los valores que defienden los chalecos amarillos. Mélenchon llegó incluso a decir en televisión que los manifestantes “aspiran” a su programa electoral.

Después de los violentos disturbios del sábado, la pelota está más que nunca en el tejado del gobierno. Las decisiones que adopte esta semana serán cruciales para que la crisis se desactive o su mecha prenda aún más. Este domingo se reunió Macron con su gabinete de crisis, pero tras el encuentro solo se anunciaron más reuniones. Ayer el primer ministro Édouard Philippe recibió por separado a los líderes de los grupos con representación parlamentaria. Hoy quiere reunirse con representantes de los chalecos amarillos, el miércoles ha planeado un debate en la Asamblea Nacional y el jueves en el Senado.

El presidente francés, Emmanuel macron, pasa junto a una motocicleta calcinada mientras comprueba personalmente los daños materiales ocasionados en las protestas, el 2 de diciembre de 2018. (EFE)

Por qué no se ha llegado a un acuerdo

Macron es un presidente que ha tomado las reformas como bandera. Suponían el grueso de su programa. Reformas económicas, laborales y sociales. Y con la mente puesta en la transición ecológica, como recordó con ese “Make our planet great again” lanzado a Donald Trump cuando el presidente estadounidense confirmó que salía del acuerdo de París por el clima (aunque Nicolas Hulot, uno de sus ministros estrella, renunciara precisamente al ministerio de Transición Ecológica por la falta de ambición de esas reformas).

Macron no piensa recular. Lo dijo la semana pasada, “puedo tomar decisiones suplementarias en las próximas semanas y meses pero jamás serán retrocesos”. No piensa dar marcha atrás en su programa electoral. El que al principio de su mandato se definía como “maestro de los relojes”, por su excepcional forma de manejar los tiempos, no ha sabido calcular esta vez el impacto del descontento. Unos días antes de la primera convocatoria de manifestación, el gobierno anunció un paquete de 500 euros en ayudas para hacer más digerible la factura energética creyendo que bastaría para desactivar la protesta. No fue suficiente y una vez que prendió la mecha se ha quedado sin nada que ofrecer.

Ahora tiene dos problemas principales. El primero de orden público, porque los manifestantes ya piden volver a París el próximo fin de semana. El ministro del Interior, Christophe Castaner no descartaba incluso instaurar el estado de emergencia, que ya se puso en marcha tras los gravísimos atentados de 2015, y que permite restringir las libertades de aquellos considerados como una amenaza.

Y el segundo es político, cómo satisfacer a los manifestantes sin dar marcha atrás. Manifestantes, además, que tienen reivindicaciones muy diversas y que no tienen líderes con los que sentarse a negociar. La semana pasada una reunión entre el gobierno y los representantes de los chalecos fracasó a los pocos minutos de empezar porque el manifestante exigió que fuera grabada y retransmitida en directo. Al salir explicó a los periodistas que había recibido presiones y amenazas de otros chalecos amarillos y que, al fin y al cabo, él no representaba a nadie, o al menos no más que otros. Nadie está dispuesto por el momento a asumir la responsabilidad. Y los que asoman la cabeza son rápidamente deslegitimados por la masa en las redes sociales.

El reloj está en marcha. Los daños materiales en París del los últimos fines de semana ascienden a millones de euros, y los bloqueos de carreteras llevados a cabo por los chalecos amarillos se dejan ya notar en la economía francesa. Tic, tac.

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