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'Cincuenta sombras liberadas': sadomaso de blandiblú y una conspiración criminal

Este no es el peor momento para que exista una trilogía como 'Cincuenta sombras'; si los abusos de Harvey Weinstein hubieran salido a la luz en octubre de 2014, unos pocos meses antes del estreno de la primera entrega, posiblemente las otras dos nunca habrían llegado a existir. Dicho esto, en todo caso es un momento bastante malo. Por un lado, como consecuencia de los escándalos destapados recientemente en su seno, en Hollywood actualmente se considera abusiva cualquier relación sexual que no vaya acompañada de un consentimiento verbal expreso en cada una de sus fases —así lo demuestra la humillación pública sufrida recientemente por el cómico Aziz Ansari—. Y por otro, decimos, tenemos 'Cincuenta sombras', una saga dirigida expresamente al público femenino que habla de una joven que se somete sexual y afectivamente al poder y la voluntad de un hombre y que, pese a ello, es promocionada como una historia sobre el empoderamiento de la mujer.

Cierto que la trilogía en ningún caso contiene el tipo de celebración de la violencia de género que muchos se apresuraron a ver en ella —las películas son muy claras a la hora de insistir en que la violencia sexual que protagonizan sus protagonistas es consensuada—, pero no está de más recordar cómo se conocieron Anastasia Steele y Christian Grey: ella visita su despacho con el fin de entrevistarlo para el periódico de la universidad y, tras un rancio coqueteo, él se las arregla para azotarla con el cinturón. Es fácil imaginarse a Harvey Weinstein comportándose así.

Jamie Dornan y Dakota Johnson, en 'Cincuenta sombras liberadas'. (Universal)

En todo caso, la fantasía femenina que da a 'Cincuenta sombras' su razón misma de ser habla del sometimiento no solo a la autoridad y el control masculinos, sino también al más materialista hedonismo: estas películas son el entretenimiento perfecto para mujeres que fantasean con que su hombre las sorprenda cada día con un nuevo regalo absurdamente caro y que, el día de su boda, les regale un 'jet' privado y las suba a él cogidas en brazos y las lleve a París, y allí vayan a la Ópera y hagan el amor en una cama estilo rococó.

Con una boda y una luna de miel por todo lo alto, es como empieza 'Cincuenta sombras liberadas'

Así precisamente, con una boda y una luna de miel por todo lo alto, es como empieza 'Cincuenta sombras liberadas'. Y todo lo que viene después es completamente risible aunque, y ese es el gran problema, la película no sabe cómo reírse de sí misma. En esta ocasión, Ana y Christian se ven inmersos en el centro de una conspiración criminal relacionada con el tormentoso pasado de él que incluye robos, chantajes, secuestros y heridas de bala, y tanto suspense como un episodio de 'Se ha escrito un crimen'. Pasar la tarde viendo la colada secarse al sol resulta más intrigante.

Dakota Johnson y Jamie Dornan, en 'Cincuenta sombras liberadas'. (Universal)

Mientras tanto, en diferentes momentos del metraje, el director James Foley explora puntualmente el proceso de adaptación de Ana a su millonario estatus y los reparos de Christian ante la perspectiva de ser padre, pero lo hace sin interés ni objetivo aparentes. En lugar de eso, la película avanza repitiendo una y otra vez el mismo segmento narrativo, en el que un conflicto más o menos violento es resuelto inmediatamente y olvidado gracias a una sesión de sexo inofensivamente heterodoxa, acompañada desde la banda sonora por canciones de Ellie Goulding y Rita Ora —que tiene un papelito en la película— y alguna que otra versión anglosajona de Soraya Arnelas; y en el que, por supuesto, no faltan los planos de coches deportivos y casas fastuosas y otras manifestaciones de un lujo mucho más obsceno que cualquiera de las secuencias de cama.

No faltan los planos de deportivos y casas fastuosas, de un lujo mucho más obsceno que cualquiera de las secuencias de cama

Después de todo, pese a todas las promesas que erotismo desatado en las que esta trilogía siempre se ha presentado envuelta —y de los látigos, vibradores y esposas que Christian guarda en el cuarto de los juguetes—, sus escenas sexuales se parecen tanto al sadomaso como el 'paintball' a un tiroteo o el Scalextric a la Fórmula 1. Peor aún, la actitud de Ana y Christian frente al sexo siempre ha tenido algo de esterilizada: solo les faltan los guantes y la máscara. Por eso, resulta extraño contemplarles mientras, en un momento convincentemente juguetón de esta tercera entrega, se embadurnan mutuamente de helado de vainilla —el momento más bizarro de la película, sin embargo, no es ese sino otro en que, de repente, Christian se sienta al piano y empieza a cantar una balada de Paul McCartney—.

Otro momento de 'Cincuenta sombras liberadas'. (Universal)

El problema esencial que Ana y Christian tienen como pareja es que los actores Dakota Johnson y Jamie Dornan nunca han compartido la más mínima química, en parte porque él es tan expresivo como un filete de babilla. Por su culpa, Grey funciona como la prueba andante de que hay algo que el dinero no puede comprar: personalidad; su Audi tiene más que él —tanto es así que, en una de las últimas escenas de la película, Ana se muestra genuinamente sorprendida al descubrir que su marido es capaz de llorar—. Además, si en la primera entrega las escenas de sexo eran fundamentales para hacernos entender los términos de la relación, en la tercera funcionan más bien como paréntesis. Podrían ser eliminadas por completo del metraje y la película no perdería un ápice de su (poca) coherencia narrativa. Por supuesto, en ese caso la existencia de la película sería aún más difícilmente justificable de lo que ya es.

Cartel de 'Cincuenta sombras liberadas'.

Hablando de motivos, por último, el esencial de esta trilogía siempre ha sido relatar cómo Ana poco a poco logra domesticar a Christian, y aquí el proceso llega a su fin. El Grey de 'Cincuenta sombras liberadas' no tiene nada que ver con el castigador que un día conocimos. Es un tipo tan celoso que en lugar de mantener su emporio se dedica a presentarse a media mañana en la oficina de su esposa para quejarse de que ella no haya incorporado su nombre de casada en la firma de su 'e-mail'; y que intenta evitar que la parienta haga 'topless' en una playa de la Costa Azul porque no quiere que otros hombres la miren. Que decida sacar toda la morralla sadomaso de La Habitación Roja y usar el espacio para exponer su colección de sellos es solo cuestión de tiempo. Afortunadamente, no estaremos ahí para verlo.

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