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atrapada en las redes del más famoso perillán

La marquesa de Sade y el colmo de la depravación: fidelidad a un caso perdido

Un día de mayo del año 1763, Donatien Alphonse de Sade, un noble apuesto y manirroto, arruinado para más señas y con unas ínfulas sobredimensionadas, se declaraba con un fervor más que impostado a la joven e ingrávida criatura Renée-Pélagie, rica muy rica de procedencia burguesa, cuya familia tenía la sana intención de mejorar su estatus casándola con algún aristócrata de alcurnia certificada.

La madre de esta etérea criatura, una mujer de armas tomar, no parece muy contrariada al enterarse de que el padre del libertino Donatien es francmasón y para más inri, amigo del “malvado” Montesquieu. El primero de mayo de 1763, en presencia de Luis XV, se firma el acta de consentimiento matrimonial. Henchida de orgullo, la madre de Sade, del Sade que pasa a la historia, se deshace en reverencias.

La grácil jovencita de hechura intachable y femenina a rabiar, aunque de cara no muy afortunada, acabaría  atrapada en las redes del más famoso perillán que Francia alumbró a lo largo de su historia.

Dos seres antitéticos se unían en una extraña comunión. El voluptuoso marqués, petimetre consumado y asalta camas empedernido, vivía de orgia en bacanal sin demostrar fatiga alguna ni atisbo de agotamiento. Era la viva imagen del desenfreno como estandarte. Ella hacía de la obediencia e indulgencia su sacerdocio y karma particular, y su férrea fidelidad asombraba a propios y extraños.

Un sujeto de leyenda

Ya temprano, esta dulce y entregada mujer había descubierto las extrañas facultades que harían de su crápula maridito el aristócrata más perverso que jamás hubiera hollado la corte francesa, que además de sátiro irredento, tenía una imaginación febril en lo tocante a tocar sin permiso. Una leyenda el sujeto.

El tunante reconvertido en marqués comete algunos deslices impelido por su voraz apetito sexual que le llevan al trullo por la puerta de atrás

Visitante asiduo de la famosa y lúgubre Bastilla y de otras instituciones tan sombrías y húmedas como aquella, se dejaría treinta años de su agitada vida alejada de sus tres hijos y de su incondicional mujer. Sus tropelías le abducían sin remisión y los escándalos iban in crescendo. Su abnegada esposa, contra todo pronóstico, sobornaría alguaciles y gendarmes, jueces y fiscales, se disfrazaría para sacarlo de prisión, mentiría por él a las más altas magistraturas de la nación, y lo encubriría sin disimulo con tal de proteger a  aquel impresentable. Amor incondicional donde los haya, el de esta increíble fémina a la que la fama le tenía que haber dado un sitial en vez de a su pervertido marido.

Pronto, este elemento de la naturaleza derrama todas sus fantasías lúbricas en su inocente mujer, que asiste sorprendida al monocorde repertorio sodomita del inefable rompiendo abiertamente con la tradicional ortodoxia conyugal tan pobre en alternativas. Ella pronto descubrirá la realidad del infierno, no el del catecismo, ni el de Dante, sino el de la felicidad a la fuga que de a poco, se desvanece en dirección a la realidad.

La palabra “aware” de origen japonés (intraducible al castellano), viene a significar algo así como una  melancólica felicidad de un momento breve y efímero de belleza trascendente. Así debió de funcionar la inocente pasión de la marquesa de Sade cuando vio por primera vez al atildado aristócrata, que al fin y a la postre se convertiría  en una frustración permanente dada la afición del pieza de su marido al escaqueo.

Su mujer, haciendo caso omiso de los desaires que le inflige, le profesa una pasión irrefrenable, a despecho de su amor propio

Pero la cosa no queda ahí. El tunante reconvertido en marqués comete algunos deslices impelido por su voraz apetito sexual que le llevan al trullo por la puerta de atrás. Una embarazada que pasaba por allá, es sometida a unas cuantas aberraciones por el calavera Jeanne Testard, nombre de pila de la grávida gestante sometida a las libidinosas prácticas del pieza en cuestión, consigue zafarse del zascandil y aterriza en la comisaría más cercana para delatar a su captor. Los gendarmes se ponen en acción, y al sujeto le cae la mano de Dios. Pero llegado el verano, una revocación real lo libera y el pájaro vuela.

Otra vez el bellaco vuelve a las andadas. Su mujer, haciendo caso omiso de los desaires que le inflige, le profesa una pasión irrefrenable, a despecho de su amor propio. Está embarazada de nuevo y esto mitiga su decepción. Pero Donatien, Marqués de Sade, toma mal una curva y cae en brazos de una cantante de ópera muy afamada, mademoiselle Riviére que no conoce amo y además se comenta que tiene escarceos con el contumaz polígamo del monarca. Francia en su esplendor.

Un clima muy permisivo

El libertinaje esta admitido hasta tal punto en el Ancien régime o lo que es lo mismo, en las costumbres de la época,  que la más mínima muestra de celos se entiende como inoportuna e inadecuada para las disipadas formas del momento.

En aquel entonces, la sodomía estaba castigada con pena de muerte

Pero en abril de 1768, el impío e irredento marido se tropieza accidentalmente con una clochard (vagabunda) y le sugiere en voz baja, tras un generoso dispendio, que podría obtener unos ingresos adicionales haciendo algunas cosillas en una casa que el bribón había alquilado a la sazón. Tras azotar de manera inmisericorde a la pobre infeliz, el disoluto personaje la deja encerrada bajo siete llaves y se da a la fuga. Pero queda viva y se vengará, por supuesto. Al día siguiente, la prensa local habla del cuerpo ensangrentado y despedazado de la Keller, pues así se llamaba la desgraciada.

En un espolón rocoso, en la impresionante fortaleza de Pierre-Encize, en un meandro del Saona, el mequetrefe es enchironado para una buena temporada. Al parecer, las condiciones del confinamiento eran un poco laxas y en una visita de su amada mujer –la oficial–, le hace un retoño como quien no quiere la cosa. En una atmosfera meliflua transcurren los meses, mientras las polillas y arañas hacen su agosto ante la incapacidad del aristócrata para mantener en su celda una higiene digna de tal nombre.

Al final, el rey le permite volver a los ruedos tras un indulto personal. Pero ahí es nada. Al superar una temporada de buena conducta, descubre algo que añade más picante a sus fantasías.

Anne Prospére.

La bella hermana de su mujer, Anne Prospére, cae en las sutiles redes del mendaz elemento. Esta mujer diseñada directamente por el creador sin intermediarios; hermosa, joven, virgen, pícara, etc, etc, cae en manos del descarriado marqués. Nuevamente excedido por sus desviaciones-pasiones, el bribón no atina con el lugar adecuado y le entra por la retaguardia a la cándida doncella. En aquel entonces, la sodomía estaba castigada con pena de muerte.

La tolerancia de su mujer y la connivencia de su hermana obran milagros en la ficha policial del aristócrata. Sus antecedentes permanecen congelados. Y más bien parece la cartilla de escolaridad de un parvulito.

Pero Donatien Alphonse, Marqués de Sade, estira demasiado la cuerda, y en Marsella comete un nuevo desliz. Un par de señoritas dedicadas a la atención de emergencias públicas reciben unas palizas inapropiadas y poco edificantes por parte del ocasionalmente poco amanerado marqués.

El posterior informe de la investigación no difiere mucho de las constantes a las que es habitual el desviado crápula. Flagelaciones, masturbaciones, felaciones, coitos imaginativos, sodomía activa y pasiva; en fin, una perla. Si algo sirve de justificación, el adalid de la sexualidad más transgresora de la época padecía priapismo.

En consecuencia, las autoridades lo ponen en busca y captura ipso facto.

El castillo de Lacoste, que el Marqués de Sade convirtió en un parque de atracciones del erotismo.

Un monumento a la depravación

El 11 de septiembre de 1772 es condenado en efigie y se le corta el cuello sin remisión. Claro está, él estaba a una distancia prudencial del verdugo. Más exactamente, a unos mil  kilómetros, a saber, en Italia.

Este príncipe de las pifias y emperador del descaro acaba volviendo a Francia disfrazado de hortelano.

Es el principio del fin. Su mujer ya está algo escarmentada y su natural complicidad sufre una merma considerable. Ha sufrido una metamorfosis y ya no busca asistencia en las plegarias ni en la eficaz intervención de su destinatario natural, el creador. La cosa se empieza a poner fea.

Cuando la Revolución Francesa emerge airada desde su propia conciencia, el marques es trasladado al manicomio de Charenton

Su castillo de La Coste es convertido por arte de magia en un laboratorio de erotismo donde elabora minuciosamente todo el compendio de la trama de sus novelas. Su mujer permanece impasible ante la ola de agravios. Está ya vacunada contra los desatinos del perillán. Él contrae la sífilis. El castillo es un monumento a la depravación.

Pero el aquelarre sadiano tropieza con un inspector de policía honesto y eficaz. Marais da con la osamenta del marques y lo pone a la sombra.

Pero un día en que era conducido a juicio, al acercarse a la corte de Aix, este estrambote, en un despiste del inspector y la escolta, se da a la fuga. Otra vez en busca y captura. Al final, Francia se encoge para capturarlo y da con sus huesos en la Bastilla, ni más ni menos.

Renée-Pélagie, su incondicional compañera, está en la confluencia en la que la fuerza del corazón se filtra entre las paredes de la vida y la realidad acaba tomando cuerpo. Los odiosos desaires de su marido ya no rebrotan el menor signo de ternura en ella.

Un día antes del 14 de julio del año 1789, cuando la Revolución Francesa emerge airada desde su propia conciencia, el marques es trasladado al manicomio de Charenton. Mientras tanto ella se pone a buen recaudo con sus hijos en Normandía.

No siente más amor que el que siente una mujer mayor por sus hijos. En el horizonte del pasado, solo queda el rencor por las traiciones y vicios y por el tiempo no dedicado por su marido. Escribe una carta mesurada y lapidaria a su consorte. Le reclama la separación de lecho y mesa a perpetuidad. Aunque Francia ha dado pasos gigantescos hacia el futuro, el divorcio no llegará hasta 1792. Al final, consigue disfrutar de una felicidad ordinaria, quizás, la verdadera felicidad posible.

Un buen día, tras unos tocamientos a destiempo a unas doncellas de bien y orden, este adalid de los excesos acaba volviendo al manicomio de Charenton donde le acogen con alegría inusitada pues es su inquilino más reputado.

Once años después, morirá en la indigencia y ante la indiferencia más lejana de la mujer que le amó incondicionalmente.

La vida.

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