EL FIN DE LOS ARGUMENTOS

Identidades morbosas

El problema está en que al fiel su creencia le parece evidente, incontrovertible, y piensa que quien la niega o es un ignorante o un malvado

Foto: De lo íntimo a lo público. (iStock)
De lo íntimo a lo público. (iStock)

¿Vale para algo argumentar? Desde Grecia, la cultura europea ha confiado en la argumentación para resolver los problemas. Observo con preocupación la crisis de esta idea, que me hace pensar con demasiada frecuencia en una frase de Karl Popper, un importante filósofo de la ciencia: “Debemos hacer que combatan nuestros argumentos, para evitar que combatan las personas”. Hay, al menos, tres causas de esta crisis. (1) Los argumentos son largos, y vivimos en un cultura de mensajes breves y apresurados.Twitter, y la redes sociales que se basan en él, son difícilmente compatibles con la argumentación. (2) La glorificación de la opinión. Se admite que todas las opiniones son respetables, olvidando que lo respetable son las personas, pero que las opiniones pueden ser falsas, repugnantes, estúpidas o criminales. Es decir, no respetables. (3) Una desconfianza posmoderna —aprovechada, por ejemplo, por Trump— en la posibilidad de alcanzar la verdad.

La historia ha sido sustituida por el 'relato', que es una interpretación subjetiva. Acaba de aparecer el libro de Roberto Blatt 'Historia reciente de la verdad' (Turner), donde denuncia la aparición de lo que llama “bolsas de verdad”. La desconfianza hacia una verdad universal hace que la gente se refugie en pequeñas comunidades cerradas, unidas por una visión parcial de la realidad, con la que guardan una relación emocional. “Importan más los 'likes' que el conocimiento”. Estas comunidades generan sus libros de historia, honran a sus víctimas y recuerdan los agravios infligidos por el bando contrario.

Estas “verdades endogámicas”, emocionales y donadoras de significado, están en el origen de la “fe nacionalista” (y también de otras clases de fe)

En un entrevista al diario 'El Mundo', Blatt dice: “Tienen el aspecto de defender una verdad realista, pero en lo esencial, funcionan como verdades reveladas”. En efecto, en este tipo de concepción del mundo, la convicción procede del sentimiento de pertenencia y de la comunicación emocional, que busca reforzarse a sí misma. Se esfuerza en corroborar una “verdad endogámica”, que no está interesada en contrastarse con otras visiones de la realidad. Esta idea lleva a un irracionalismo peligroso, profesado, por ejemplo, por Unamuno, que escribió disparates como los que siguen: ”La razón es enemiga de la vida. La razón mata”. “Una ilusión que resulte práctica, que nos lleve a un acto que tienda a conservar o acrecentar o intensificar la vida, es una impresión tan verdadera como la que puedan comprobar más escrupulosamente todos los aparatos científicos que se inventen”. Esto nos llevaría, por ejemplo, a conclusiones de este jaez: “Si pensar que la raza aria es superior a todas las demás intensifica tu vida, esa afirmación es verdadera”. Si no vence la fuerza de la razón, acabará venciendo la razón de la fuerza.

¿Quién soy yo?

Estas “verdades endogámicas”, emocionales y donadoras de significado, están en el origen de la “fe nacionalista” (y, por supuesto, de otras fes). El problema está en que al fiel su creencia le parece evidente, incontrovertible, y piensa que quien la niega o es un ignorante o un malvado. De la misma manera que muchos católicos que recitan el credo con convicción ignoran la historia ideológica que hay por debajo, muchos bienintencionados nacionalistas desconocen la genealogía de su credo. Su primer dogma es que la 'identidad individual' se adquiere por la pertenencia a una nación. Como reciben de ella todo su ser personal, la deben una entrega total. Es muy interesante comprobar cómo ha evolucionado el concepto de 'identidad'. Ha pasado de ser un concepto de introspección psicológica a ser un concepto político.

En la primera autobiografía moderna —las 'Confesiones'—, San Agustín se pregunta: "¿Quién eres tú?", y responde, con entera seguridad: "Un hombre" ('Confesiones', 10,6). Pero ante los embates de la vida, confiesa: “Me convertí en un enigma para mí mismo” ('Confesiones', 6,6). Ese era el problema que la identidad planteó durante siglos. Pascal se hace la misma pregunta y contesta con la misma perplejidad: “¿Qué quimera es, pues, el hombre? ¡Qué novedad, qué monstruo, qué caos, qué sujeto de contradicciones, qué prodigio! Juez de todas las cosas, imbécil gusano de la tierra; depositario de la verdad, cloaca de incertidumbre y de error, gloria y excrecencia del universo. ¿Quién desenredará este embrollo?”.

Blaise Pascal.
Blaise Pascal.

Cuando se convierte en concepto político, esta complejidad desaparece. Las cosas están muy claras: yo soy español, catalán, vasco, gallego, portugués, bretón, alemán, etc. Llamo 'morbosa' a esta identidad aprovechando un texto de Ortega. En su artículo “Democracia morbosa”, escribe: “La bondad de una cosa arrebata a los hombres y, puestos a su servicio, olvidan fácilmente que hay otras muchas cosas buenas con quienes es forzoso compaginar aquella, so pena de convertirla en una cosa pésima y funesta”. El error surge al convertir una cosa parcial en totalidad, en alterar las prioridades. Por eso, criticaba el absurdo del hombre que “como tantos hoy, se llega a nosotros, y nos dice: '¡Yo, ante todo, soy demócrata!”. Esta expresión podríamos sustituirla por “¡Yo, ante todo, soy nacionalista!”.

Contaba un chiste que el lector no entenderá si no ha sido alguna vez católico practicante. Había una vez un monaguillo que no sabía su papel en la misa y que, a cuanto decía el oficiante, respondía: "¡Bendito y alabado sea el Santísimo sacramento del altar!". Hasta que, harto de la insistencia, el sacerdote se volvió y le dijo: "¡Hijo mío, eso es muy bueno, pero no viene al caso!". Algo así sucede con el nacionalismo. Eso está muy bien, pero muchas veces no viene a cuento.

Todo intento de definirse por 'una' identidad es tan superficial como querer describir a una persona con una palabra —'inteligente', 'cariñoso', 'arquitecto', 'budista'—. Cada uno de nosotros tiene múltiples identidades que necesita coordinar, para no reducir esa riqueza a un muñón identitario. A veces resulta difícil superar el desánimo o la pereza argumental, pero en el momento actual es especialmente necesario hacerlo. Recuerden la frase de Popper: “Debemos hacer que combatan nuestros argumentos, para evitar que combatan las personas”.

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