El fiasco de los másteres: la Aneca ni está ni se la espera
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BUROCRACIA Y TITULITIS DOMINAN LA UNIVERSIDAD

El fiasco de los másteres: la Aneca ni está ni se la espera

La titulitis se ha adueñado de la universidad española. Pero también la burocracia, que convierte en un infierno los procedimientos académicos. La Aneca mira para otro lado

Foto: Hay un desprestigio creciente de la universidad española.
Hay un desprestigio creciente de la universidad española.

En España, el garante de la excelencia universitaria es Aneca, la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y la Acreditación, un organismo autónomo, adscrito al Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, que fue creado por la ministra Pilar del Castillo en el año 2002. La gestión de la Aneca ha sido cuestionada desde su fundación, tanto por su condición de organismo sobredimensionado como por la burocracia que envuelve toda su actividad de supervisión, muy alejada de los criterios cualitativos y de la excelencia investigadora.

Pero las críticas se han intensificado en los últimos tiempos, tras conocerse las numerosas irregularidades en materia docente de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, con el profesor Enrique Álvarez Conde y su Instituto de Derecho Público en el epicentro de la polémica, y debido al trato de favor otorgado a distintos políticos en la consecución de sus títulos, como es el caso de Cristina Cifuentes, Carmen Montón y Pablo Casado.

El profesor Ismael Crespo, su primer director y hombre de confianza de Pilar del Castillo, fue acusado de calcar una conferencia

Son muchos los profesores universitarios que en privado se preguntan dónde ha estado la Aneca durante todos estos años y por qué ha permitido que Álvarez Conde convirtiera el Instituto de Derecho Público en un cortijo. Y también son muchos los que, de nuevo en privado, se quejan de las trabas impuestas, como ha acreditado este periódico, cuando algún docente se ve obligado a denunciar un caso de plagio en los comités de Ética de las universidades públicas.

Lo cierto es que Aneca arrastra un largo pasado de inoperancia. Es más, como guinda de un pastel que amenaza con desmoronarse, la propia institución se vería envuelta, al poco tiempo de ser fundada, en otra polémica de plagio. El profesor Ismael Crespo, su primer director y hombre de confianza de Pilar del Castillo, fue acusado de calcar una conferencia de José Ginés Mora, profesor de la Universidad Politécnica de Valencia, para dar una charla en la Universidad de Buenos Aires.

Después de diversos enfrentamientos con otros ex altos cargos de esta institución, y tras conocerse un presunto trato de favor, fue destituido por la socialista María Jesús San Segundo al poco tiempo de asumir la cartera de Educación y Ciencia durante el primer Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.

Una amplia reforma

Ahora, Aneca vuelve a estar en el punto de mira. Y la controversia ha obligado a Pedro Duque, ministro de Ciencia, Innovación y Universidades, a pronunciarse sobre la conveniencia de revisar “en profundidad” sus estructuras y funcionamiento en el ámbito de una reforma más amplia de la Ley de Universidades. Pero desde que Duque se refirió a este asunto en el Congreso de los Diputados, allá por el mes de julio, no se han tenido nuevas noticias.

“Las exigencias de la Aneca para acreditar cursos, titulaciones y currículos son meramente cuantitativas, y eso tiene que cambiar”, asegura Santos M. Ruesga, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Autónoma de Madrid. De hecho, y como paradoja, en internet circulan varios artículos satíricos que alertan de la dificultad que hoy en día tendrían muchos premios Nobel para encontrar trabajo en la universidad española.

Las universidades se han convertido en auténticas máquinas de sumar puntos y se han dedicado a premiar los llamados 'papers'

“Lo relevante no es la calidad de los programas docentes o de los trabajos de investigación, lo importante es que todo esté presentado de una manera ordenada”, insiste Ruesga. “Por no haber, no existe siquiera un procedimiento para cuantificar el grado de inserción laboral de los cursos. Hasta ahora, nadie se ha parado a pensar por qué hay 300 o 400 másteres en nuestro país, para qué sirven y si están alineados con el mercado laboral y las necesidades de las empresas”. Pero ¿qué hay realmente detrás de esta titulitis? Durante las últimas tres décadas, las instituciones de educación superior han optado, de manera creciente, por utilizar indicadores cuantitativos para medir los logros y otorgar a estos resultados una expresión numérica. Lo que algunos estudiosos del tema denominan “tecnologías del mérito”.

Un aula universitaria.
Un aula universitaria.

Tabuladores, índices de impacto, indicadores bibliométricos y todo tipo de listados se han convertido no solo en herramientas cotidianas de evaluación sino, cada vez más, en guías prioritarias o exclusivas del quehacer académico. Con el problema añadido de que estos instrumentos cuantitativos tienen un enorme peso en las decisiones institucionales. En este campo, las universidades se han convertido en auténticas máquinas de sumar puntos y se han dedicado a premiar de manera desproporcionada y, sobre todo, cuantitativamente desproporcionada la publicación de los llamados 'papers'. Solo hay que asomarse a Aneca para certificar el valor que se da al volumen y no a la calidad.

'Ranking' numérico

Para los poderes públicos, los métodos cuantitativos permiten legitimar, sin que nadie los cuestione, los procesos institucionales de evaluación, porque las medidas cuantitativas denotan objetividad y precisión: los 'rankings' numéricos dan la apariencia de ser menos subjetivos o arbitrarios.

El problema es que estas mediciones han creado un tipo de investigador que no se guía por el amor a la verdad o el interés científico. Cada vez más, los profesores e investigadores universitarios seleccionan y adecúan sus actividades pensando en cómo serán sopesadas en los órganos de calificación. Seleccionan qué, dónde, cuánto y cuándo publicar teniendo en mente el peso numérico que esas publicaciones tendrán en sus próximas evaluaciones.

Los profesores se quejan de muchas cosas, y una (no menor) es el desproporcionado número de documentos que tienen que rellenar

Así las cosas, desde su fundación, Aneca ha estado más preocupada por el cómo que por el porqué. Interesa, sobre todo, que los pasos se cumplan, independientemente de si las decisiones adoptadas a la hora de diseñar un curso son buenas o malas para la educación superior en España y para nuestro mercado de trabajo.

La burocracia es el alma máter de la institución. Por lo que se refiere al diseño de los grados y los másteres, los profesores se quejan de muchas cosas, y una (no menor) es el desproporcionado número de documentos que tienen que rellenar cada vez que realizan un trámite, con el consiguiente consumo de tiempo y energía. De nuevo, frente a la calidad gana la rueda de la Administración.

Además, cada vez que un director de departamento, grado o máster quiere realizar una mejora en un curso, por pequeña que esta sea, tiene que solicitar previamente autorización para proceder a dicho cambio, y en los últimos años estos nunca se conceden si van acompañados de un incremento de gasto. Por eso, las trampas para sortear todos los requisitos se han convertido en el pan nuestro de cada día del mundo universitario.

Pero, de todos los protocolos habilitados por este organismo autónomo, llama la atención el que corresponde a la evaluación y acreditación de docentes, en una escala que va desde ayudante doctor hasta catedrático.

Lista interminable de casillas

“La burocracia ha convertido Aneca es una empinada escalera que los profesores y los investigadores tienen que subir, sí o sí, si lo que desean es seguir en la vida académica, y mejor hacerlo sumando todos los requisitos, que no son otros que la cumplimentación de una lista interminable de casillas, lo que nosotros llamamos los papelitos, y ojo si te falta alguno”, explica Raúl Villar, catedrático de Física de la Materia Condensada de la Universidad Autónoma de Madrid y rector de dicha universidad durante ocho años.

Una vez cumplimentados los pasos y entregados los documentos exigidos, todo este papeleo es supervisado por los llamados evaluadores. Estos, lejos de ser personalidades de reconocido prestigio e independencia, son simples funcionarios docentes de la misma categoría, y a veces ni eso, que los profesores a los que acreditan. En realidad, se trata de profesores voluntarios que con esta actividad a menudo se sacan un sobresueldo. De esta manera, si unos funcionarios evalúan a otros y todos se juegan mucho en estos procesos, es muy difícil que el trámite se desarrolle con la máxima neutralidad.

Hoy, de lo que se trata es de acreditar docentes, no investigadores. Esto ha provocado que las mentes más brillantes hayan abandonado la universidad

“El sistema de acreditación de personas es perverso, no solo porque es endogámico, también porque, en realidad, no se evalúa a los académicos ni los trabajos que estos presentan, solo se certifica que la documentación está completa y los trabajos que se exigen han sido realizados, no su calidad. Y, como bien sabemos, el papel lo aguanta todo”, asegura Carlos Avendaño, catedrático de Anatomía Humana y Neurociencia de la Universidad Autónoma de Madrid.

Para este doctor en medicina, la universidad hace tiempo que dejó de ser un referente en investigación: “Hoy, de lo que se trata es de acreditar docentes, no investigadores. Esto ha provocado que las mentes más brillantes hayan abandonado la universidad”, denuncia. Y otro asunto que exige una profunda reflexión, el modelo de acreditación favorece que los investigadores caigan en lo que se conoce como la 'fashion'. “Investigaciones fáciles de publicar y al calor de las modas, 'papers' de fácil salida, la calidad es lo de menos”, concluye.

Desprestigio del catedrático

Lourdes Fernández Díaz, catedrática de Mineralogía de la Universidad Complutense de Madrid, llama la atención sobre la facilidad con que hoy en día se obtiene el título de catedrático. “Es una figura totalmente desprestigiada, basta con hacer unos mínimos para lograrlo. Hace unos años, solo había uno o dos catedráticos por área, no llegaban al 30%. Ahora puede serlo cualquiera. De hecho, para ser director de departamento no tienes que ser catedrático, ni siquiera titular. Por eso, los directores de departamento tienen responsabilidades, pero no tienen autoridad académica”, se queja.

Cada vez es mayor el número de empresas que ayudan a sumar méritos, medir el impacto de los CV y orientar la carrera de los investigadores

Otro asunto controvertido es el que se refiere a la obtención de los sexenios, las mejoras salariales ligadas a la investigación que impulsó el ministro José María Maravall. Los sexenios se dan con criterios que pueden cambiar en cada convocatoria, y además se reparten desigualmente. En algunas áreas de conocimiento se conceden a casi todos los profesores que los piden, y en otras, a muy pocos. Y los niveles de exigencia varían en cada caso. En la órbita de Humanidades, pueden servir trabajos publicados en revistas locales, mientras que en Ciencias, la exigencia es mucho mayor.

La Universidad Carlos III.
La Universidad Carlos III.

Por otro lado, como en España publicar se ha convertido en una obsesión, al calor de esta demanda ha surgido un nuevo negocio, el 'business' de las publicaciones y de la presencia en internet. Así, cada vez es mayor el número de empresas que ayudan a sumar méritos, medir el impacto de los CV y orientar la carrera de los investigadores españoles. De lo que se trata en la actualidad es de tener identidad y renombre digital. Posicionarse, como lo llaman algunos.

Reputación y egociencia

La reputación científica se llama hoy 'egociencia'. Se trata de una notoriedad que no solo exige, como antaño, estudiar, investigar y publicar —poco y de manera muy selecta— en las revistas más escogidas del mundo universitario. La egociencia demanda mucho más que eso, impone tener un nombre en el ciberespacio. Lo que los documentalistas científicos denominan reputación 'online'.

Hasta tal punto esta nueva realidad se ha convertido en una exigencia ineludible —una imposición de la que ningún investigador que quiera hacer carrera puede escapar— que al calor de este mandato han surgido un puñado de actividades mercantiles que poco o nada tienen que ver con la legítima promoción científica y sí con el 'business' académico.

El número de empresas que se han establecido alrededor de la promoción de los currículos se multiplica cada día, bombardeando a los profesores con sus bondades y servicios. Desde revistas 'online' que, en realidad, son solo soportes digitales para publicar más, y a veces pagando, hasta 'startups' que se dedican a 'promocionar' el perfil investigador, evaluando la conveniencia y el impacto de los CV y gestionando la presencia en el ciberespacio. Logrando de esta manera que la visibilidad y la divulgación aumenten, como reza la publicidad que les acompaña.

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