Economía: ¿Qué es la riqueza?. Noticias de Educación
el papel de la filosofía en la economía

¿Qué es la riqueza?

La relevancia de la filosofía a la hora de definir conceptos como el de riqueza es fundamental, como lo fue en su día para la consolidación de las teorías económicas

Foto: El monumento a Adam Smith en Edimburgo. (iStock)
El monumento a Adam Smith en Edimburgo. (iStock)

De nuevo hay en marcha una iniciativa en defensa del estudio de la filosofía en la enseñanza obligatoria. En esta sección he defendido en varias ocasiones la condición de “servicio público” de la filosofía, porque es la única institución que puede fomentar el pensamiento crítico que una sociedad necesita para librarse del adoctrinamiento y del fanatismo. Pero cada día soy más consciente de la enorme dificultad que tiene la profesión de filósofo. De hecho, hay un cierto escepticismo sobre la capacidad de la filosofía para alcanzar un saber universal. La confianza en la razón anda un poco deprimida, y acaba refugiándose en la “actitud filosófica” que consiste en hacer preguntas y poco más. Soy más ambicioso. Creo que la filosofía es la ciencia que estudia la inteligencia humana (sus capacidades, sus límites), intenta comprender sus creaciones (la política, el derecho, la ciencia, el arte, las religiones) y aspira a justificar los criterios de evaluación (estéticos, científicos, éticos). Y en todas estas dimensiones puede establecerse un corpus de conocimiento bien fundamentado.

Comprender las creaciones humanas es fascinante y complejo. En este momento, con motivo de la inauguración de la Cátedra ECONOMIA ABIERTA (www.universidaddepades.es) he vuelvo a recordar el papel que la filosofía ha tenido en la consolidación de la Economía como ciencia. Los filósofos griegos, los teólogos escolásticos (por ejemplo la sorprendente Escuela de Salamanca), o los empiristas ingleses, elaboraron tratados económicos de gran profundidad. De hecho, el Parlamento inglés cambió en 1695 su política económica por influencia de la teoría del dinero de John Locke. Y se suele considerar a Adam Smith, un filósofo moral, padre de la Economía por su libro 'Investigación sobre la riqueza de las naciones'. Recientemente Manuel Castells y Pekka Himanen, sociólogos, tecnólogos y economistas, han publicado 'Reconceptualización del Desarrollo en la Era Global de la Información'. En él se dice que el mayor problema para establecer políticas económicas es que “falta un argumento filosófico sistemático sobre el objetivo del desarrollo”. Bienvenidos al club.

La mayor parte de los americanos disfrutan hoy de niveles de confort material superiores a los que tenían los más ricos en los siglos pasados

Definir qué es la riqueza y cómo se mide es, en efecto, un problema de gran transcendencia filosófica. El intento de medir la riqueza de una nación es muy antiguo. El historiador Angus Maddison hizo un asombroso trabajo recopilando datos sobre la situación económica mundial desde el año 1000. ('The World Economy, A Millenial Perpective', OCDE, 1999). En 1085, el normando Guillermo el Conquistador ordena hacer un censo de la riqueza de la recién conquistada Inglaterra. Es el 'Domesday Book', que ya se puede consultar en Internet. Con un objetivo fiscal, quería hacer el inventario de todos los bienes y propiedades de la nación. De eso se encarga ahora el cálculo del PIB (Producto Interior Bruto), es decir, el conjunto de bienes y servicios producidos por una nación a lo largo de un año o el PNB (Producto Nacional Bruto), que incluye también los bienes producidos por una nación en el extranjero. Pero desde hace mucho tiempo hay voces que advierten que esos índices parten de una idea equivocada de “riqueza”, y que deberían ser sustituidos por uno más completo que tuviera en cuenta aspectos como el bienestar o la felicidad. De hecho, el Banco Mundial trabaja en un índice de “riqueza total”, que incluye el capital productivo, el capital natural, y el capital intangible. Se han elaborado índices de bienestar o de felicidad, no especialmente convincentes porque suelen pecar de subjetivos.

Lo cierto es que existen muchas dudas acerca de lo que debe incluirse en el PIB. La producción física es fácil de calcular, pero los servicios, que son dos terceras partes del PIB, resultan más difíciles de valorar, en especial los servicios públicos. ¿Cómo se mide la productividad de la justicia o del sistema educativo? Además, ¿qué se hace con la economía sumergida? ¿Deben incluirse los negocios de tráfico de drogas?¿Y la prostitución? ¿Debe contabilizarse el trabajo doméstico? ¿Cómo contabilizar la gran cantidad de servicios gratuitos que proporciona Internet? Tampoco se sabe cómo introducir en el PIB la diferente calidad de los productos. Los nuevos ordenadores multiplican asombrosamente la capacidad de los antiguos, pero han reducido su precio. El historiador Bradford De Long escribe: “La mayor parte de los americanos disfrutan hoy de niveles de confort material superiores a los que tenían los más ricos en los siglos pasados”. Los economistas han empezado a valorar el “precio hedónico”, que hace referencia a la calidad y a la satisfacción producida por los productos.

Tener 'posibles'

Durante mucho tiempo se ha definido la Economía como “la ciencia que administra los bienes escasos”. No me extraña que la consideraran la “ciencia lúgubre”. Las cosas han cambiado. La economía es la ciencia que aumenta las posibilidades humanas mediante la gestión de bienes económicos, es decir, que pueden entrar en una relación comercial. Lo importante es el objetivo: aumentar las posibilidades humanas. El castellano antiguo lo vio muy bien y de la persona que tenía mucho dinero se decía que “tenía muchos posibles”. La riqueza de una persona –o de una sociedad- es la cantidad de posibilidades a la que tiene acceso. Es la misma idea que sostiene el premio Nobel de Economía Amartya Sen cuando habla de “capacidades humanas”-la libertad, el acceso a la cultura, la educación, la salud- como objetivos económicos. La riqueza es aumento de capacidades, es decir de la posibilidad de alcanzar cosas valiosas. Simplificando mucho, una nación que tuviera un PIB altísimo, pero cuyos ciudadanos carecieran de acceso a la salud, a la educación, o a la justicia, ¿sería realmente un país rico? El economista pakistaní Mahbub Ul Haq utilizó estas ideas para elaborar el Índice de Desarrollo Humano de la ONU (IDH), que presta especial atención a la riqueza de las vidas humanas y no sólo a la riqueza de las economías. Mide tres dimensiones básicas del desarrollo humano: la esperanza de vida al nacer, los años promedio de escolaridad y el ingreso per cápita que refleja la capacidad de lograr un nivel de vida decente.

La correlación entre ambos índices –PIB y IDH- es grande. Hace falta un nivel de PIB suficiente para alcanzar aspectos básicos del desarrollo humano, pero la correlación no es completa. Esto plantea un importante problema. En 2016, España ocupaba el puesto 12 en el ranking mundial por IPB, y el puesto 27 en el Índice de Desarrollo Humano. ¿A qué se debe esta brecha? ¿A cuál de los dos índices deberíamos dar más relevancia?

La Economía se parece a una agencia de viajes: se encarga de organizar el viaje, pero el destino tiene que fijarlo el viajero. O sea, nosotros

Creo que sería deseable fijarse en el Indice de Desarrollo Humano, que incluye también el PIB, pero con un enfoque diferente, que permite dirigir más adecuadamente las políticas económicas. Con frecuencia se opone la “economía de mercado” a la “economía social”, en un enfrentamiento de difícil salida. Resulta conveniente distinguir los “mecanismos de mercado” del “proyecto económico de una nación”. Ambos se mueven en niveles distintos. Los mecanismos de mercado son los más eficientes para la asignación de recursos y el aprovechamiento de la información que hay en el juego de la oferta y la demanda. Pero esos mecanismos pueden utilizarse en proyectos económicos distintos, unos decentes y otros indecentes. Recuerdo que Samuelson, premio Nobel de Economía, y autor del libro de texto que hemos estudiado todos, decía que la Economía se parece a una agencia de viajes: se encarga de organizar el viaje, pero el destino tiene que fijarlo el viajero. O sea, nosotros.

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