Aclarando conceptos

'Zoom' sobre la nación y la soberanía

Hace mucho tiempo que el panorama español está agitado por el concepto de 'nación'. Sin embargo, el término ha pasado por muchas definiciones diferentes

Foto: Aficionados del Real Madrid con la bandera española, y del FC Barcelona con la señera. (Reuters)
Aficionados del Real Madrid con la bandera española, y del FC Barcelona con la señera. (Reuters)

El lema educativo de la Fundacion UP que dirijo es 'Conocer para comprender, comprender para tomar buenas decisiones y actuar'. Me parece importante ligar el conocimiento a la acción, que es donde las ideas se hacen realidad. Con razón, mi admirado Michael Gazzaniga, uno de los grandes neurólogos actuales, afirma que la función principal del cerebro es tomar decisiones. Todo lo demás —conocimientos, emociones, inventos— esta dirigido a ese fin.

La decisión política forma parte importante de nuestras vidas, y por eso resulta conveniente aumentar todo lo posible nuestros conocimientos políticos, si queremos comprender lo que pasa y actuar en consecuencia.

Según el Diccionario de Autoridades (1720), la 'nación' no es una noción abstracta, sino un nombre colectivo. No tenía significado político

Hace mucho tiempo que el panorama español está agitado por el concepto de 'nación'. En este momento, Pedro Sánchez ha vuelto a plantear dos temas: la nación cultural y la plurinacionalidad de la nación española, tema que se incluyó en la Constitución introduciendo el un neologismo creado 'ad hoc': nacionalidades. El artículo 2 del Título preliminar, reconoce y garantiza “el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”. Como dijo uno de los diputados, con ello se constitucionalizaba un problema, en vez de constitucionalizar una solución.

La 'nación' y la 'Nación'

Una parte de la Ciencia de la evolución cultural es la historia de los conceptos, iniciada por Reinhart Koselleck, que estudia cómo los conceptos cambian a lo largo de la historia, aunque no cambie la palabra que los designa. En 'El político' (1540), Gracián escribe: ”En la Monarquía de España, donde las provincias son muchas, las naciones diferentes, las lenguas varias, las inclinaciones opuestas, los climas encontrados, así como es menester gran capacidad para conservar, así mucha para unir”. Según el Diccionario de Autoridades (1720), 'nación' es la "colección de habitadores de alguna provincia, país o reino", el equivalente a la 'gens latina'. No es, pues, una noción abstracta, sino un nombre colectivo. Tampoco tenía significado político.

La Revolución francesa va a politizar el concepto y a cambiar su índole. Emmanuel Joseph Sieyès, el gran ideólogo de la Revolución, considera la 'nación' como una realidad superior y ajena a los individuos. Pertenece al orden natural, ha sido creada por Dios, se la debe tratar como “individuo fuera del lazo social”, y acaba reconociendo un “derecho natural de las naciones”.

Para los revolucionarios franceses, la Nación se había convertido en una persona con sus derechos naturales y todo

Como dice el historiador Keith Michael Baker, de ser un “ser ficticio”, la nación pasa a ser la “realidad primordial”, y una vez dado ese salto la historia de la humanidad se convierte en la historia de la “autodeterminación nacional”. En 1789, Mirabeau, para evitar que la Nación (ahora ya con mayúscula) se convierta en una figura que asuma el poder absoluto del rey, quiere que los diputados se llamen “representantes del pueblo francés”, en vez de “representantes de la Nación francesa”, pero se aprueba la idea de Sieyés y el nombre elegido es Asamblea Nacional”. La abstracción avanza.

Las cosas se complicaron porque en 1576 había aparecido otro concepto —'soberanía'— que va a entrar en liza. Su creador, Jean Bodin, pretendía fortalecer el poder de la monarquía absoluta. La idea de una soberanía colectiva le parecía absurda. El rey tiene soberanía sobre sus reinos y sus vasallos. Nuestro derecho político se basa, pues, en una idea absolutista, y eso hace que rechine en muchos momentos. Los revolucionarios franceses concibieron una hábil solución: la soberanía era personal, pero como la Nación se había convertido en una persona con sus derechos naturales y todo, podía atribuirse la soberanía a la Nación. En las arengas previas a la batalla de Valmy, por primera vez el ejército francés, en vez de los tradicionales vítores al rey, vitoreó a la Nación.

Pidan a esos voceros de lo ficticio que bajen el tono, se dejen de mitologías y se pongan a negociar lo que es mejor para el pueblo

Había, sin embargo, que dar un fundamento popular al poder absoluto de la Nación, para hacer olvidar sus orígenes. Y fue Rousseau el encargado de la nueva chapuza conceptual. El Pueblo, pensó —ahora con mayúscula, porque es un ente mítico— también tiene una unidad personal, colectiva y abstracta, con sus propios derechos naturales. Lo curioso es que está separado de la gente, del colectivo. Cada vez que alguien habla de 'la voz del Pueblo', está refiriéndose a ese ser mítico, no al humilde pueblo real. La chapuza del Pueblo plantea a Rousseau un problema. Si el Pueblo es una persona y tiene una voz única, también debe tener una voluntad única. La llamó 'voluntad general'. Mediante ella, el Pueblo actúa unánimemente. Pero resultaba evidente que la voluntad del pueblo, de la gente real, podía estar dividida, como lo está en este momento en Cataluña o en el País Vasco.

Pedro Sánchez, tras su victoria en las primarias. (Reuters)
Pedro Sánchez, tras su victoria en las primarias. (Reuters)

Si se aceptaba esta diversidad real, se fastidiaba el invento de la 'voluntad general', del Pueblo-persona, y de su soberanía. No importa. El prestidigitador genial que fue Rousseau se saca otro conejo de la manga. Separa la 'voluntad general', que es fiable, de la 'voluntad popular', que puede equivocarse. Ambas coincidirían solo cuando el pueblo, la gente, pensara lo que tenía que pensar, lo que el Pueblo-persona pensaba. Hegel, un tirano en potencia, aceptó la idea: “La voluntad general es la que realiza lo que se debe realizar, con o sin el consentimiento de los individuos, que pueden no conocer su fin”. ¡Esto es fantástico! El pueblo puede desconocer cuál es su verdadera voluntad, su verdadero destino, y necesitará a alguien, un vocero, un profeta, una clase, un Führer, que realice la compasiva tarea de hacer que el pueblo tome conciencia de sí mismo y, por las buenas o por las malas, corrija sus extravíos. Había que traer como fuera a los descarriados al buen camino.

Les recuerdo esto para que cuando oigan proclamaciones solemnes, referencias emocionadas a esencias políticas naturales, a la voz del Pueblo, a la voluntad general, pidan a esos voceros de lo ficticio que bajen el tono, se dejen de mitologías y se pongan a negociar lo que es mejor para el pueblo, así, con minúscula, que es un conjunto de personas que intentan vivir de la mejor manera posible. Que dejen de engañar con ficciones que tienen una historia muy larga, relacionada no con la democracia, sino con la perduración del poder absoluto, y de engañar a las personas con abstracciones. Vuelvo al principio: hay que conocer para comprender, y hay que comprender para tomar buenas decisiones y actuar.

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