El factor E, ¿la gran revolución educativa o una moda más?

Transforma por completo la inteligencia, es el fruto más maduro de la evolución y debe ser una prioridad en los sistemas educativos

Foto: El factor E es decisivo para mejorar las capacidades de los estudiantes. (iStock)
El factor E es decisivo para mejorar las capacidades de los estudiantes. (iStock)

¿Hemos descubierto la piedra filosofal educativa, la solución de todos nuestros problemas pedagógicos? Un importante número de investigadores respondería que eso es lo que podemos esperar del factor E. Por eso les prometí la semana pasada hablarles de él. Para simplificar, llamo factor E al conjunto de las funciones ejecutivas, que son las encargadas de iniciar, dirigir, controlar conscientemente nuestras operaciones mentales. Algo parecido a lo que en terminología tradicional se denominaba “voluntad”. La gigantesca maquinaria cerebral que compartimos con nuestros primos animales se transforma espectacularmente cuando podemos dirigirla hacia metas elegidas por nosotros mismos

Aprovechar sistemáticamente esta posibilidad puede, en efecto, provocar una revolución educativa. Como titula la revista Newsweek en portada, “la competencia escolar importa más que el cociente intelectual”. El psicólogo Adam Cox, autor de No Mind Left Behind, escribe: “El conocimiento del factor E supone una revolución en el modo de educar a niños y adolescentes”. Otro experto, Roy Baumeister, de la Universidad de Florida, es aún más contundente: el desarrollo de las funciones ejecutivas es lo que nos hace humanos. En efecto, el factor E transforma por completo la inteligencia. Es el fruto más maduro de la evolución.

El cerebro humano ha aprendido a dirigirse a sí mismo, y eso amplía maravillosamente sus capacidades. Lo convierte en una “máquina espiritual”, en el sentido de que produce cosas ideales: matemáticas, música, teorías científicas, sistemas morales, proyectos, planes para entrenarse y superarse a sí mismo. Hace unos años, Robert Sternberg, uno de los grandes expertos en inteligencia, la definió de una manera que sorprendió a muchos: "La inteligencia es el autogobierno mental. Su función es proporcionarnos los medios para gobernarnos a nosotros mismos, de modo que nuestros pensamientos y nuestras acciones sean organizadas y coherentes". Lo que en aquel momento se tomó como una metáfora empieza a imponerse como una realidad. La función principal de la inteligencia es dirigir bien el comportamiento.

Un pequeño experimento

El factor E, la capacidad de dirigir las propias operaciones mentales, de evaluarlas, inhibirlas o alentarlas, cambia nuestro modo de pensar, sentir y actuar. Hagan un pequeño experimento. Cojan un trozo de papel, arrúguenlo, y déjenlo encima de la mesa. Obsérvenlo. Es una vulgar bola de papel, poco interesante. Eso es lo que su ojo ve pasivamente. Pero ahora dirija ejecutivamente la mirada. Intente dibujar ese objeto. Entonces comprobará que su mirada empieza a señalar irrealmente en el papel arrugado las líneas que lo definen. Descubrirán un objeto de extraordinaria complejidad, una casual geometría que les podrá entretener un buen rato. La mirada inerte recibe información. La mirada ejecutivamente dirigida busca la información que necesita para la tarea en curso. Descubre posibilidades en la realidad. Una de las pruebas para medir las funciones ejecutivas es el test de Stroop. Intente decir rápidamente el color en que están escritas las palabras. (No lo que las palabras significan). Comprobará la dificultad y la posibilidad de liberarse de automatismos. Les costará trabajo, porque las funciones ejecutivas consumen mucha energía.

Entremos en un aula. Una de las grandes preocupaciones de nuestros docentes es la falta de atención de los alumnos. Se multiplican los casos de déficit de atención y de hiperactividad. Ambos problemas derivan de un mal desarrollo de las funciones ejecutivas. Un concepto que parecía tan lejano se nos ha metido en casa. Todos los niños nacen con una atención espontánea, que está a merced del estímulo. Un ruido, una sorpresa, un dolor atraen la atención. Para progresar, necesitan completar esa capacidad automática con la atención ejecutiva, que les permite liberarse del estímulo inmediato y focalizar voluntariamente lo que precisan. Si mejoramos el factor E, mejorará inmediatamente el rendimiento de estos niños.

Pondré un tercer ejemplo. Todos aprendemos automáticamente. Es decir, retenemos continuamente cosas en la memoria. Los animales lo hacen también. La diferencia es que nosotros podemos elegir lo que queremos aprender. Cuando los alumnos se percatan de que ellos pueden dirigir su propio aprendizaje, aprenden con más eficacia. El desarrollo del factor E permite a las personas gestionar su atención, gestionar su memoria, gestionar sus emociones, gestionar su acción. Stuart Shanker describe muy bien la situación: “Estamos en medio de una revolución en la teoría y la práctica educativas. Los avances científicos en diversos campos apuntan a una misma conclusión: que el modo de comportarse de un alumno en la escuela puede depender del modo en que sepa autorregularse. Algunos investigadores creen que la autorregulación debería ser considerada como un indicador más importante de los desempeños educativos que el Cociente Intelectual”. El Center on Delevoping Child, de la Universidad de Harvard, ha publicado un documento titulado Building the Brain “Air-Traffic Control” System, señalando que "aunque son esenciales, no nacemos con las funciones ejecutivas que nos permiten controlar los impulsos, hacer planes, y focalizarlos. Nacemos con el potencial de desarrollarlas durante la infancia y la adolescencia. Ayudar a adquirirlas es una de las mayores responsabilidades de la sociedad”.

La revolución educativa no llegará con la tecnología, llegará con la pedagogía. (iStock)
La revolución educativa no llegará con la tecnología, llegará con la pedagogía. (iStock)

El núcleo de la autonomía

¿No será todo esto una moda educativa más? Estamos sometidos a una hiperactividad innovadora. Se ha extendido la idea de que innovación educativa es buena, con lo que estamos en pleno baile de San Vito pedagógico. Hemos pasado por la moda de la psicología positiva, las inteligencias múltiples, la educación emocional, el design thinking, el aprendizaje profundo, el aprendizaje sistémico, el brain-based learning. Antes de lanzar otra idea más al ruedo educativo conviene asegurarse de que mejora lo que ya hay. La teoría ejecutiva de la inteligencia avanza con paso seguro, porque es más completa que las anteriores. Las demás estudian los instrumentos de nuestra orquesta mental. La teoría ejecutiva estudia el factor E, encargado de conjuntarlos a todos y de hacerles ejecutar la partitura. En el plano educativo no se trata de añadir una asignatura nueva (¡bastante cargados están ya nuestros currículos!), sino de enseñar de manera distinta las ya existentes. Al hacerlo, mejorarán los resultados académicos, pero no solo eso. Hay otros efectos comprobados que son extraordinariamente importantes: aumenta la capacidad de enfrentarse con los problemas reales, reduce las conductas de riesgo, facilita la convivencia e impulsa una libertad responsable. El factor E es el núcleo de la autonomía.

Algunos lectores me han criticado por citar demasiadas iniciativas extranjeras. En este caso, puedo mencionar autores españoles. El gran especialista en el estudio de los lóbulos frontales, sede de las funciones ejecutivas, es el español Joaquín Fuster, que trabaja en la Universidad de los Ángeles. Y una de las grandes expertas en el estudio de la “atención ejecutiva” es Rosario Rueda, que estuvo en la Universidad de Oregón, y actualmente está en la Universidad de Granada. Además, desde la cátedra “Inteligencia ejecutiva y educación”, que dirijo en la Universidad Nebrija de Madrid, financiada por el Banco de Santander y desde el CEIDE, estamos trabajando para introducir el factor E en los currículos de la escuela primaria y secundaria, desarrollar las didácticas apropiadas, y los procedimientos de evaluación. Solo debemos llevar a la escuela aquello cuya eficacia podamos medir. 

Es estupendo sentirse en la vanguardia científica. Mi conclusión es que no nos encontramos ante una moda. El factor E ha venido para quedarse. 

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