Es noticia
Abel de González, experto en sueño: "El problema no es cómo duermes: el cerebro cree que hay una amenaza en tu dormitorio"
  1. Alma, Corazón, Vida
estilo de vida y salud

Abel de González, experto en sueño: "El problema no es cómo duermes: el cerebro cree que hay una amenaza en tu dormitorio"

El entorno en el que descansamos influye directamente en cómo se recupera el cuerpo durante la noche, hasta el punto de condicionar la calidad del sueño sin que lo percibamos

Foto: (Youtube | Abel de González)
(Youtube | Abel de González)

Dormir ocho horas y levantarse agotado se ha convertido en una queja cada vez más frecuente. Cada vez más expertos señalan que el problema no siempre está en los hábitos de descanso, sino en factores menos evidentes: pequeñas “amenazas” que el cerebro detecta en el entorno sin que seamos conscientes. En ese contexto, el dormitorio —el lugar que debería ser un refugio— puede convertirse en un espacio que activa la alerta en lugar de favorecer el descanso. Sobre eso habla en su canal el decorador Abel de González.

La conversación sobre el sueño ha girado en torno a hábitos como evitar pantallas o seguir horarios estrictos. Sin embargo, González sostiene que el origen del problema puede estar en algo mucho más cotidiano: el propio dormitorio. Según explica, el cerebro analiza constantemente el entorno en busca de señales de seguridad o peligro, incluso cuando parece que estamos relajados. Si percibe estímulos que interpreta como amenazas, mantiene el cuerpo en estado de alerta, dificultando el descanso profundo.

Uno de los factores más determinantes es el llamado “ruido visual”. Objetos fuera de lugar, ropa acumulada o superficies saturadas generan lo que en psicología ambiental se conoce como carga cognitiva. Cada elemento actúa como una tarea pendiente que el cerebro no termina de cerrar. Aunque no seamos conscientes, esa acumulación de estímulos obliga a la mente a mantenerse activa. El resultado es un cansancio persistente que no desaparece tras dormir.

La iluminación es otro punto clave. González advierte que la luz artificial, especialmente la que proviene del techo, puede enviar señales equivocadas al organismo. Este tipo de iluminación imita la posición del sol al mediodía, lo que activa el sistema biológico en lugar de prepararlo para el descanso. A ello se suma la exposición a pequeñas fuentes de luz nocturna, como pilotos electrónicos o farolas que se cuelan por la ventana, que impiden al cerebro identificar correctamente la noche.

El sonido también juega un papel relevante. Dormitorios con superficies duras y poco acondicionamiento acústico generan ecos que aumentan la sensación de exposición. Aunque el ruido sea mínimo, el cerebro lo interpreta como un posible riesgo. Por eso, espacios con textiles, alfombras o cortinas densas ayudan a crear una atmósfera más silenciosa y segura, similar a la de los hoteles diseñados para el descanso.

A esta ecuación se añade el factor físico. La textura de los materiales, la temperatura de las sábanas o el peso de las mantas influyen directamente en la capacidad del cuerpo para relajarse. Según el experto, el contacto con superficies suaves y envolventes transmite una sensación de protección que favorece la desconexión. Sin ese estímulo, el organismo puede mantenerse en tensión incluso en condiciones aparentemente óptimas.

Foto: Eduard Stivill en el pódcast (YouTube)

La posición de la cama es otro elemento menos evidente pero determinante. Dormir de espaldas a la puerta o sin una visión clara del acceso puede activar un mecanismo instintivo de vigilancia. El cerebro necesita percibir control sobre el entorno para reducir la alerta. Cuando esto no ocurre, aparece una inquietud difícil de explicar que interfiere en el descanso.

Más allá de eliminar estímulos negativos, González insiste en la importancia de incorporar señales positivas. Elementos decorativos con valor emocional, como fotografías o objetos personales, ayudan a reforzar la sensación de refugio. El cerebro no solo necesita seguridad, también motivos para asociar el espacio con bienestar.

El olfato aparece como un atajo especialmente eficaz. Determinados aromas, utilizados de forma constante antes de dormir, pueden convertirse en un “interruptor” que active automáticamente la relajación. Este vínculo entre olor, memoria y emoción permite que el cuerpo entre en modo descanso de manera más rápida.

Dormir ocho horas y levantarse agotado se ha convertido en una queja cada vez más frecuente. Cada vez más expertos señalan que el problema no siempre está en los hábitos de descanso, sino en factores menos evidentes: pequeñas “amenazas” que el cerebro detecta en el entorno sin que seamos conscientes. En ese contexto, el dormitorio —el lugar que debería ser un refugio— puede convertirse en un espacio que activa la alerta en lugar de favorecer el descanso. Sobre eso habla en su canal el decorador Abel de González.

Cerebro Hogares
El redactor recomienda