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Jose Antonio Marina, catedrático de filosofía: "La función de la inteligencia es dirigir la acción para resolver los problemas que la acción plantea"
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Jose Antonio Marina, catedrático de filosofía: "La función de la inteligencia es dirigir la acción para resolver los problemas que la acción plantea"

Defiende que el verdadero valor no está en acumular conocimientos ni en responder rápido, sino en saber orientar las decisiones y asumir sus consecuencia

Foto: (Youtube | Tengo un plan)
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Hablar de inteligencia suele asociarse de forma automática a rapidez mental, capacidad de cálculo o éxito académico. Sin embargo, esa visión se ha quedado corta en un contexto marcado por la irrupción de la inteligencia artificial, donde las máquinas ya superan a los humanos en muchas tareas cognitivas. La pregunta que emerge es más profunda: qué significa realmente ser inteligente hoy.

Lejos de limitarse al conocimiento teórico, la inteligencia se vincula cada vez más con la capacidad de tomar decisiones, adaptarse a los cambios y actuar con criterio en situaciones complejas. En ese terreno, el pensamiento crítico, los valores y la experiencia juegan un papel decisivo, dibujando una frontera clara entre lo que puede hacer una máquina y lo que sigue siendo exclusivamente humano.

El filósofo y catedrático José Antonio Marina vuelve a poner el foco en uno de los grandes debates de nuestro tiempo: qué significa realmente ser inteligente en plena era de la inteligencia artificial. Lejos de reducirla a una cuestión de coeficiente intelectual o capacidad lógica, el pensador defiende que la inteligencia ha de estar puesta a disposición de los problemas.

La afirmación llega en un momento en el que la tecnología avanza a gran velocidad y plantea preguntas incómodas sobre el papel del ser humano. Marina, que lleva décadas estudiando la inteligencia y los sentimientos, advierte de que el mayor riesgo no es la máquina, sino el uso que se haga de ella.

El filósofo recuerda que la inteligencia artificial no es un fenómeno reciente. Ya en los años 50 despertó enormes expectativas, aunque pronto se encontró con límites inesperados. “Las máquinas podían resolver problemas matemáticos complejos, pero fallaban en tareas que los humanos hacemos sin pensar”, explica.

Ese “invierno” de la inteligencia artificial cambió cuando se sustituyeron los modelos basados en lógica por sistemas probabilísticos. Desde entonces, el salto ha sido vertiginoso. Los ordenadores manejan datos; pero los humanos, además, manejan valores.

Ahí está, a su juicio, la frontera decisiva. “La inteligencia artificial puede simular decisiones, pero no tiene una fuente propia de valores”, señala. Conceptos como dignidad, justicia o felicidad colectiva no nacen de la ciencia, sino de la tradición humanista.

Marina sitúa a la sociedad ante una decisión que considera inminente: elegir entre una cultura dominada por lo técnico o una que integre la tecnología dentro de un marco ético más amplio.

“No podemos olvidar que los conceptos más importantes de nuestra convivencia no son científicos”, advierte. La idea de que todos los seres humanos tienen dignidad, por ejemplo, no puede demostrarse en un laboratorio, pero sostiene todo el edificio de derechos.

Este equilibrio es, para el filósofo, uno de los grandes retos de los próximos años. La inteligencia artificial puede ser una herramienta extraordinaria —desde avances médicos hasta soluciones técnicas complejas—, pero también puede convertirse en un instrumento de control o manipulación si no se orienta correctamente.

Pensar menos, el riesgo invisible

Uno de los efectos que más preocupa a Marina es la posible pérdida de pensamiento crítico. La facilidad con la que hoy se obtienen respuestas puede fomentar una actitud pasiva. “El ser humano tiende a la pereza. Si le das una solución fácil, la toma”, explica.

Ese comportamiento, llevado al extremo, puede tener consecuencias profundas. Desde la dependencia tecnológica hasta la aceptación de sistemas autoritarios a cambio de comodidad. El filósofo cita estudios que apuntan a que una parte significativa de los jóvenes estaría dispuesta a renunciar a libertades si se les garantiza estabilidad.

Para él, la clave está en la educación y en el desarrollo de hábitos mentales: aprender a razonar, evaluar información y tomar decisiones fundamentadas. Sin ese entrenamiento, la inteligencia se queda incompleta.

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Marina cuestiona también la obsesión por medir la inteligencia mediante test. El coeficiente intelectual, sostiene, solo evalúa una parte muy concreta de nuestras capacidades.

“La inteligencia no es solo conocer, es actuar”, insiste. Una persona puede razonar de forma brillante y, sin embargo, tomar decisiones desastrosas. Ahí aparece lo que denomina “nichos de insensatez”: áreas en las que incluso individuos muy capaces pueden comportarse de forma irracional.

Por eso propone un criterio más exigente: juzgar la inteligencia por sus resultados en la vida real, especialmente en la resolución de problemas prácticos.

La bondad como prueba de inteligencia

Una de las ideas más provocadoras del filósofo es que la mayor creación de la inteligencia no es la ciencia ni el arte, sino la bondad. Lejos de entenderla como debilidad, la define como una forma de inteligencia aplicada a los problemas más complejos: la convivencia, la dignidad y la felicidad colectiva.

Resolver estos desafíos exige algo más que conocimiento teórico. Requiere acción, compromiso y capacidad para llevar a la práctica soluciones que beneficien a los demás.

“La bondad no es blandura, es una demostración de inteligencia en estado puro”, sostiene.

Pereza y miedo, los grandes enemigos

En su análisis, Marina identifica dos obstáculos principales para el desarrollo de la inteligencia: la pereza y el miedo. La primera empuja a buscar siempre el camino fácil; el segundo paraliza la acción.

Ambos factores se ven amplificados en el contexto actual, donde la sobreinformación, la presión social y la incertidumbre pueden dificultar la toma de decisiones. Frente a ello, propone fortalecer hábitos como la disciplina mental, la valentía y la capacidad de enfrentarse a problemas.

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Si algo tiene claro el filósofo es que la educación debe cambiar su enfoque. En un mundo donde no se sabe qué profesiones existirán dentro de unos años, la prioridad no puede ser memorizar contenidos concretos.

La solución pasa por desarrollar lo que denomina “competencia heurística”: la capacidad de resolver problemas en cualquier contexto. “El futuro siempre planteará problemas. Preparar a los jóvenes para afrontarlos es la tarea esencial”, afirma.

Esa formación no es solo cognitiva. Incluye también aspectos emocionales como la tenacidad, el optimismo o la tolerancia a la frustración.

Hablar de inteligencia suele asociarse de forma automática a rapidez mental, capacidad de cálculo o éxito académico. Sin embargo, esa visión se ha quedado corta en un contexto marcado por la irrupción de la inteligencia artificial, donde las máquinas ya superan a los humanos en muchas tareas cognitivas. La pregunta que emerge es más profunda: qué significa realmente ser inteligente hoy.

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