Nazareth Castellanos, neurocientífica: "Si tenemos estrés crónico o ansiedad, la amígdala detecta problemas donde no los hay"
La exposición prolongada al estrés altera los mecanismos emocionales y cambia la forma en la que interpretamos la realidad cotidiana
Nazareth Castellanos, neurocientífica, lanza una advertencia que cada vez cobra más peso en la investigación: vivir con estrés crónico no solo afecta al ánimo, también altera físicamente el cerebro hasta hacernos ver amenazas donde no existen, según cuenta en una charla TED.
La experta ilustra este fenómeno con una escena cotidiana. Mientras su hija aprendía a montar en bicicleta, un coche se aproximó peligrosamente. En cuestión de segundos, reaccionó de forma automática, “como una gacela”, impulsada por un mecanismo cerebral que prioriza la supervivencia. Ese episodio es un ejemplo claro de lo que en neurociencia se conoce como “secuestro de la amígdala”.
Ubicada en las zonas profundas del cerebro y con forma de almendra, la amígdala es la encargada de gestionar las emociones. Actúa como un sistema de alerta que se activa ante estímulos que el cerebro interpreta como peligrosos. Cuando esto ocurre, toma el control de la respuesta y deja en segundo plano otras funciones más racionales.
Este mecanismo es útil en situaciones reales de riesgo, ya que permite reaccionar con rapidez. Sin embargo, Castellanos subraya que el problema aparece cuando ese sistema se desregula. “Cuando hay estrés crónico o ansiedad, la amígdala detecta alarmas donde no las hay”, explica.
Estrés y ansiedad: cambios físicos en el cerebro
La literatura científica ha demostrado que la exposición prolongada al estrés provoca modificaciones estructurales en el cerebro. La amígdala puede hipertrofiarse —aumentar su tamaño— y volverse hiperactiva, lo que reduce el umbral de detección del peligro.
Esto se traduce en un comportamiento más reactivo: irritabilidad, tendencia a interpretar situaciones neutras como negativas y dificultad para gestionar las emociones. Lo que en un principio era un mecanismo de protección acaba convirtiéndose en una fuente constante de malestar.
Además, este “secuestro” afecta a la corteza frontal, considerada el “cuartel general” del cerebro, responsable de la toma de decisiones y el control de la conducta. Cuando la amígdala domina, esta región pierde capacidad de regulación.
La meditación como herramienta para reequilibrar el cerebro
Frente a este escenario, la neurocientífica apunta a una vía respaldada por estudios: la meditación. Practicarla de forma regular puede reducir el tamaño y la actividad de la amígdala, devolviéndola a niveles más equilibrados.
Los cambios no son solo perceptivos. Investigaciones citadas por Castellanos muestran que en apenas cinco días se empiezan a observar modificaciones en el cerebro, aunque es a partir de dos meses cuando se consolidan. La clave no está en largas sesiones ni en aislarse, sino en incorporar prácticas sencillas como la atención a la respiración.
Observar cómo entra y sale el aire, centrarse en las sensaciones corporales o entrenar la atención al momento presente son ejercicios que fortalecen la corteza frontal. Esto permite que, ante una posible reacción impulsiva, el cerebro tenga más capacidad de control.
Otro aspecto relevante es la relación entre la respiración, el corazón y la actividad cerebral. Cada inspiración y espiración modifica la dinámica neuronal, influyendo en áreas como el hipocampo (memoria), la corteza frontal o la propia amígdala.
Además, estudios recientes han demostrado que la percepción de la realidad depende de la comunicación entre el corazón y el cerebro, en la que la amígdala actúa como una de las principales vías de conexión. Si este sistema está alterado, también lo está la forma en la que interpretamos lo que ocurre a nuestro alrededor.
Lejos de ser un proceso irreversible, Castellanos recuerda que el cerebro tiene una enorme capacidad de adaptación. La llamada plasticidad cerebral permite modificar hábitos, pensamientos y respuestas emocionales con entrenamiento y constancia.
Nazareth Castellanos, neurocientífica, lanza una advertencia que cada vez cobra más peso en la investigación: vivir con estrés crónico no solo afecta al ánimo, también altera físicamente el cerebro hasta hacernos ver amenazas donde no existen, según cuenta en una charla TED.