Alonso de Contreras, el eslabón encontrado: el soldado feroz que puso rostro a la leyenda de los Tercios
La vida de Alonso de Contreras revela el lado más crudo, violento y humano del imperio español. Soldado, corsario y superviviente, su historia traza un relato en el que la gloria y la miseria caminaban de la mano
Uniformes de los Tercios en el siglo XVII según Serafín María de Sotto: representación de alférez, mosquetero, arcabucero y piquero (Wikimedia)
"Cuanto más entiende uno el mundo menos ganas se tiene de conquistarlo", Emile Cioran (La condena de la lucidez).
La España del siglo XVII es, cuanto menos, fascinante. El colosal crecimiento allende los mares conllevaba el lastre de defender de aquellas vastas posesiones tan codiciadas por nuestros enemigos continentales y, en particular por Inglaterra y Holanda. También es cierto que los enormes ingresos se invertían en mantener aquellas tierras. Era una sangría pues nos movíamos en cinco frentes si incluimos a los piratas de Berbería, los turcos, los corsarios ingleses, Flandes y América. Los banqueros genoveses prestatarios, la banca Fugger y los Welser se llevaban un pico por intereses, seguros ante impagos y reaseguros; al fin y al cabo, eran los que sufragaban las carencias puntuales de la Corona.
Pero en las tripas de esta maquinaria, el factor humano era determinante. El entrenamiento era riguroso y de él salían los soldados mejor formados del Mediterráneo y Europa. Durante más de dos siglos —que se dice pronto—, los tercios dominaron todos los frentes a su alcance, su hegemonía era incontestable y su fama los precedía.
De entre los muchos soldados y oficiales que nutrieron sus filas, casi todos pasaron desapercibidos para la historia de los tercios, era el nombre de la unidad lo que daba el prestigio, no el 'yo soy' sino el sentido de pertenencia a algo más grande; no obstante, algunos de ellos alcanzaron el sitial de los héroes y así, redimir del anonimato a sus compañeros de armas. Soldado de fortuna, caballero de la Orden de Malta, corsario, espía, retador de lances por encargo, orfebre en platería; ese y no otro, era el capitán Alonso de Contreras. Este hijo del hambre, vástago de una familia de dieciséis hermanos —ocho murieron con el estómago vacío—, "liberó" a un compañero de la escuela de sus traumas. Este compañerete se había chivado de las pellas que Alonso había desarrollado para robar fruta en el mercadillo; en consecuencia, Alonso le arreó unos pinchazos de aquí te espero y lo dejó aviado. Con doce añitos que tenía la criatura, no podía ser reo de garrote ni preso. Por ello, su pobre madre lo enviaría a Ávila con su tío, un tonsurado que a la par de vigilar las almas descarriadas se financiaba algunos pecadillos con las dádivas de los feligreses.
Pero este chaval agotaba etapas a una velocidad increíble. De vuelta a Madrid, su madre le encontró un empleo como segundón de un platero en un taller próximo al Puente de Segovia, tambien pasaportó al empleador. Poco le duró la alegría a la madre y el empleo al rapaz. Esta sufrida mujer no tuvo otra que hacerle el hatillo y enviarlo a los tercios que era donde estaban los peores o los mejores, que viene a ser lo mismo. Ya enrolado, apareció como por arte de magia en Nápoles y sin comerlo ni beberlo, estaba asediando con otros pares una ciudadela en Sicilia. Allí, se convirtió en soldado de verdad; el Duque de Maqueda le adelantó cuatro pagas a cambio de actuar con otras dos galeras al corso y en las cercanías de Lampedusa le echaron el guante al turco. Una fortuna la captura. Le duró tan solo una semana entre algarabías y dispendios, entre vino, cartas y mujeres. Un hacha la criatura.
Placa en la plazuela de San Ginés de Madrid que recuerda que allí vivió Alonso de Contreras (Wikimedia)
Para este enorme soldado, el mar era su patria y es que hay hombres que solo pueden vivir al amparo de las tormentas.
Vuelto al ruedo una vez más, echó el guante a unos británicos despistados que andaban por el Mediterráneo a ver qué pasaba, y ya sabemos desde siempre a que se dedican lo anglos. El botín fue formidable, se incautaron de todo lo que los británicos habían afanado en su singladura y a la vuelta ¡bingo! una galera turca enterita para el buche. La vida le sonreía al español. Mas no hay dos sin tres, en Palermo una bella viuda de Madrid le hizo ojitos, ojitos que no rehuyó el soldado ya alférez. Todo muy bien, hasta que un día los pilló in fraganti a ella y a su mejor amigo haciendo manitas. La venganza fue inmediata, cuatro tajos divididos por dos, y el resultado que se preveía, un viaje expeditivo al otro lado.
A raíz de este incidente se retiró a las faldas del Moncayo a encontrarse; siete meses de silencio y pan con ajo y tomate todos los días ¡fue el inventor del Pan Tumaca! Y cuando se le hubo ventilado la sesera, bajó del monte y se acercó a ver a su amigo el conde Salazar. Es noble, siempre había sido un incondicional de la amistad bien practicada. Lo envió a Flandes con varios sueldos de ventaja y el mando de una compañía entera, otra vez volvía a la arena. Pero la vida es muy caprichosa y lo llevó por otros derroteros. La Orden de Malta lo llamaba a capítulo como caballero que era de esa institución. Pero los muchos líos de faldas y las cicatrices de la función militar le iban pasando factura. La vida de este capitán ordenado en sobre lacrado por Felipe III, había estado expuesta a todos los avatares imaginables e inimaginables. El propio Duque de Median Sidonia le había entregado un sobre secreto con las instrucciones para ir con 200 hombres de armas hacia Puerto Rico a levantar el asedio por parte holandesa.
Lo curioso del caso es que aquella tropa que había reunido a un combo de facinerosos, matones y desertores, que eran muy aficionados al desmadre. Un tal Calderón le hizo frente por no permitirle jugar a las cartas a horas intempestivas. Con mucho arte, Contreras le hizo una pupa tremenda al levantisco y le separó la azotea del soporte vital. Nadie más nunca cuestionó su mando. En Puerto Rico entregó al gobernador las vituallas, pólvora, cañones de bronce, dinero para pagas y una buena dosis con la que reforzar la esperanza de los sitiados. Aburridos los holandeses por la sostenida resistencia de los españoles, desistieron del cerco. Una humillación en toda regla.
Contreras, el inspirador del personaje de Alatriste, tenía más vidas que un gato. Era un artista superando vicisitudes. El propio Lope de Vega le honró con sabias palabras en el Rey sin Reino. Lope lo alojó en su casa por tiempo indefinido. Intuyendo su paso al más allá, se refugió en un convento a la espera del momento de momentos. El hombre que había sido capitán, gobernador y tantos cargos por el camino; solo tenía miedo a los designios del Altísimo.
Alonso de Contreras, un héroe de su tiempo.
"Cuanto más entiende uno el mundo menos ganas se tiene de conquistarlo", Emile Cioran (La condena de la lucidez).