Florencia, del esplendor de los Medici al terror de Savonarola: el origen de un mito que deslumbró a Stendhal
Detrás de su belleza conviven el poder de los Medici, las conspiraciones políticas, el fanatismo religioso de Savonarola y esa intensidad artística que llevó a Stendhal a describir un auténtico vértigo emocional
Vista aérea de la Piazza del Duomo en Florencia, Italia (iStock)
Florencia en su momento fue la capital cultural del Renacimiento. Situada en la Toscana, la región más bella de Italia, y rodeada de la perfumería natural que emanan las multitudinarias y omnipresentes plantas de Lavanda, su localización en las tierras de la antigua Etruria está más que constatada. Adriano, el emperador hispano, la dota de un resplandor inequívoco durante su mandato y construye una urbe apropiada para sus legionarios. Pero Florencia es más que eso.
Esta ciudad eterna y cuna del Renacimiento, con toda seguridad, la ciudad con más arte por metro cuadrado que existe en la tierra, dio a luz a los más los grandes artistas y probablemente, los más grandes de la historia. Esta ciudad que navega en el tiempo por derecho propio es en sí misma un genuino museo al aire libre. La ciudad está indefectiblemente asociada a la familia Medici y, sin duda, a uno de los episodios más luctuosos de su historia, el reinado de ¿terror o de lucidez? de Girolamo Savonarola. Comencemos por la familia Medici.
La familia Medici era una extensa familia horizontal que ocupaba los cargos más destacados de la república de Florencia. Conforme fueron fagocitando la administración, se harían con el poder absoluto y su influencia se convertiría en incontestable. Asociada al llamado Quatrocento (siglo XV) se embarcaron en convertir a Florencia en el faro artístico y cultural del mundo conocido. Esta familia, que provenía de un clan ovejero se ganaba la vida en el comercio de la lana. En los albores del siglo XVI su fortuna equivalía a unos 130.000.000 de euros actuales.
En 1478, los Pazzi intentaron decapitar el poder de los Medici en un atentado promovido por el Papa Sixto IV
No fueron las cosas fáciles para esta poderosa familia; en 1478, los Pazzi intentaron decapitar el poder de los Medici en un atentado promovido por el Papa Sixto IV. A resultas de esta onerosa acción, Giuliano de Medici muere desangrado por las puñaladas recibidas mientras Lorenzo el Magnífico, consigue escaquearse tras un feroz combate contra media docena de sicarios. La mente política del Renacimiento sobrevive al brutal intento de magnicidio. Inmediatamente, comenzó la caza de los conspiradores; unos ochenta de ellos fueron ahorcados en público, decapitados o desmembrados.
Nadie repara aún hoy en la intervención del sumo pontífice en tan artera maniobra, pero Florencia era así, arte, mecenazgo y crimen. Todo concluyó sin que se pudiera vincular a Lorenzo de Medici en una intervención directa que demostrara que pudiera estar vinculado; su reputación de dador, benefactor y filántropo debía de permanecer intacta. La trágica Semana de Pascua ha quedado en la historia como una nota a pie de página.
En cuanto a Girolamo de Savonarola, su ascenso y muerte están en el ADN de Florencia. Su promoción y fama lo convirtió en objeto de las iras del clero vaticano al que denunciaba desde el púlpito por la corrupción integral en la que había caído y al que le pronosticaba un duro golpe a causa del deterioro moral de la anciana institución. Ya los Cátaros o albigenses, y antes que ellos los arrianos en Alejandría (caso de Hypatia), habían metido el dedo en la llaga pronunciándose de idéntica manera.
Eso de que “con la iglesia hemos topado amigo Sancho”, no es un tema baladí. Tras disolver la congregación del dominico e incautarse de sus bienes, le prendieron fuego al tonsurado así, como quien no quiere la cosa. El corrupto Papa Alejandro VI, un simoníaco de tomo y lomo y padre de 103 hijos “legales” obtenidos con un centenar de amantes, era el objeto de las críticas de Savonarola. Por ello, el preboste español de natural Rodrigo Borgia (1431-1503), le dio un pasaporte para la eternidad.
Desde principios del siglo XIV hasta bien entrado el siglo XVI, el arte vivió en este interín, su máximo esplendor; su momento dorado, una época inolvidable; los mejores artistas se formaban yendo a los talleres de otros grandes creadores realizando trabajos de secundarios. Las familias más poderosas de la ciudad, los Pazzi, Strozzi, Albizzi y, por supuesto, el entonces gran mecenas y banquero de Europa; los Medici (Cosme el viejo y Lorenzo hijo) fueron los motores del Renacimiento. El impulso a las artes de estos dos personajes es lo que ha situado a los Medici en la historia.
Pero no solamente Dante y Giotto (lo más tempranos del Renacimiento) coronaron a Florencia en la cúspide del reconocimiento europeo; tras ellos vinieron figuras legendarias como Donatello, Ghiberti y Brunelleschi, Leonardo da Vinci, Rafael y Miguel Ángel... Maestros bajo cuya batuta y obras dieron contorno a la Florencia actual. Sin ir más lejos, Brunelleschi legó la cúpula de la Catedral, Ghiberti, la Puerta del Paraíso del Baptisterio de San Giovanni; Donatello su David y la María Magdalena, entre una herencia fértil y asombrosa, pues Botticelli, Miguel Ángel, Rafael Leonardo da Vinci —pintores de postín salvo Leonardo que era un auténtico polímata—, aportarían su incalculable conocimiento a la ciudad en la segunda mitad del siglo XV y principios del XVI cambiando y revolucionando el arte y la pintura de forma rotunda con conceptos tales como la búsqueda del realismo, la idealización de los y las modelos, usando técnicas antes desconocidas como el óleo, la técnica del fresco y el famoso y rupturista sfumato (Gioconda) para alcanzar volumen y profundidad, destacando el estudio anatómico, los contrastes con claroscuros y el uso intensivo de veladuras para dar vida propia a las figuras.
Rafael Sanzio nos legó su ingenio representado en el increíble Palacio Pitti, así como en la Gallería degli Uffizi, junto con El Prado, Louvre y Hermitage, probablemente el museo más visitado del mundo. En paralelo, Miguel Ángel crearía la escultura más famosa de todos los tiempos, el David, obra que podemos apreciar hoy en la Galería de la Academia. Miguel Ángel se inició con los modelos en cera y terracota, hasta pasar directamente al mármol. El uso de cinceles de dientes (subbiame) para el desbastado y los cinceles planos para alisar, conseguía en la piel y músculos una elaboración inédita del bloque en el que elaboraba su excelencia como escultor. De idéntica manera, el uso de la técnica de contrapunto convenía en recaer sobre una pierna la carga del peso, lo que generaba una pose más natural y, por ende, dinámica. Asimismo, nos dejó una obra para la posteridad en la que se afianza la técnica de perspectiva con el engrandecimiento de las manos y la cabeza algo desproporcionadas con la idea de ser visualizadas desde abajo, esto es, desde el punto de vista del observador.
En otro orden, el interpares de estos grandes, Botticelli, pintó la estrella que reside en la Galería Uffizi en una sala exclusiva para él: el Nacimiento de Venus. Esta obra es la que se estima, da la salida al Renacimiento italiano y, más concretamente, al Quattrocento florentino, la sensibilidad humanista del momento histórico, queda reflejada en sus rasgos preciosistas, renovando los mitos de la Antigüedad clásica y su enfoque antropocéntrico en oposición al teocentrismo medieval en el que todo el mundo se andaba tentando la ropa ante las iras del altísimo (Milenarismo).
Decenas de turistas esperan visitar el Museo Galleria degli Uffizi de Florencia (iStock)
No se sabe exactamente su primer comprador, pero se supone que era un Medici, básicamente porque permitió a Botticelli una atmósfera sosegada de actuación, no solamente por tener un buen colchón económico, sino aparte, por la liberación de los tabús eclesiásticos en un tiempo en que curiosamente la iglesia era un faro de corrupción. En Florencia la iglesia estaba extrañamente subordinada a la enorme familia Medici, habida cuenta de que las jugosas dadivas de esta poderosa familia, eran su principal sustento.
Y nos queda entre otros muchos, a Leonardo, creador de algunas obras universales que han trascendido cualquier tipo de crítica. Su hombre de Vitruvio, estudio científico y artístico que representa la unión del Renacimiento entre anatomía y geometría y sus derivadas en el arte. Las proporciones perfectas quedan representadas sobre la plantilla de un cuerpo humano ideal, registrando la figura masculina en un círculo que representa la espiritualidad y un cuadrado que simboliza lo material. Pero esta obra con toda su trascendencia es solo una entre el arte de la ingente y laboriosa producción de Da Vinci.
Luego tenemos a la Anunciación y su aparente error o anamorfosis, detalle por el que la virgen queda en el entramado de la ilusión óptica que genera esta técnica (que ya usó en su momento Hans Holbein el Joven) un tanto deslavazada en su mano derecha. Todavía hoy hay conjeturas sobre este tema, ¿una urgencia en la entrega? ¿Un subalterno despistado? No hay una respuesta satisfactoria pues todas las conjeturas desembocan en más misterio. Hay que recordar que Leonardo luchaba duramente para completar sus obras y esa incapacidad pudo deberse a un déficit de atención. La Dama del Armiño, Salvator Mundi, retrato de Ginebra, etc. complementan una obra prolífica de un autor que dominaba desde la ingeniería, la arquitectura, pintura, escultura y otras teclas que no caben en una enciclopedia. En 1516, ya vencido por la vida y con la Parca pisándole los talones, fue a parar a otro de sus grandes mecenas, Francisco I de Francia, para el cual diseñaría una fortaleza del futuro; no pudo concluirla. Tres años después, entregaría su aliento vital a lo desconocido.
Hay un hecho que no escapa a los eruditos y tampoco a los legos; Florencia es un impacto de belleza. En medio de este océano de oscuridad a rebufo del silencio cósmico, Stendahl, el poeta y escritor francés de lejano origen teutón, determinó que el impacto por sobreexposición de esa colosal belleza, podía dejar atónito al sufrido espectador con un cuadro psicosomático de aquí te espero.
Pasee tranquilo por la ciudad vieja y, si es posible, duerma en una casa de campo a elegir a veinte o treinta kilómetros de la ciudad
Un consejo, pasee tranquilo por la ciudad vieja y, si es posible, duerma en una casa de campo a elegir a veinte o treinta kilómetros de la ciudad, se encontrará en medio de la campiña, olivos, lavanda, y su estómago le estará agradecido llevado por la calidad de los quesos locales regados con vinito rico Brunello di Montalcino —o cualquier Chianti— que le ofrezcan, pan toscano, embutidos como la finocchiona y el lardo di Colonnata, le harán reflexionar profundamente sobre los valores relativos de un caviar Beluga o un champán Veuve Cliquot frente a un queso mondo y lirondo o una chacina ahumada confeccionada con primor.
Florencia en su momento fue la capital cultural del Renacimiento. Situada en la Toscana, la región más bella de Italia, y rodeada de la perfumería natural que emanan las multitudinarias y omnipresentes plantas de Lavanda, su localización en las tierras de la antigua Etruria está más que constatada. Adriano, el emperador hispano, la dota de un resplandor inequívoco durante su mandato y construye una urbe apropiada para sus legionarios. Pero Florencia es más que eso.