Alicia Vargas, experta en déficit de atención: "Los adultos mueven mucho los brazos y piernas en una necesidad de compensar"
Cada vez más adultos se reconocen en conductas que antes se asociaban casi exclusivamente a la infancia
Vivimos rodeados de pantallas, notificaciones, mensajes que entran a cualquier hora y estímulos diseñados para robarnos apenas unos segundos… una y otra vez. En ese escenario de ruido constante, concentrarse ya no depende solo de la voluntad: también tiene que ver con cómo funciona nuestro cerebro y con la capacidad real de sostener el foco cuando todo alrededor compite por romperlo. Por eso, hablar de déficit de atención en adultos ya no es una rareza, sino una conversación cada vez más necesaria para entender qué nos pasa y por qué a veces sentimos que la mente va por libre.
Alicia Vargas, experta en trastornos del neurodesarrollo, ha puesto el foco en un detalle que pasa desapercibido en muchos diagnósticos de TDA en adultos: el movimiento constante del cuerpo como forma de compensación. “Los adultos mueven mucho los brazos y piernas en una necesidad de compensar”, explica, desmontando la idea de que la hiperactividad desaparece con la edad.
El trastorno por déficit de atención (TDA) forma parte de los llamados trastornos del neurodesarrollo, es decir, alteraciones que se producen durante la formación del cerebro y que afectan a su funcionamiento. Según Vargas, el rasgo clave no es solo la dificultad para prestar atención, sino sobre todo la incapacidad de mantenerla en el tiempo, lo que complica procesos como el aprendizaje o la ejecución de tareas.
Esta dificultad tiene una base biológica clara. La especialista señala que neurotransmisores como la dopamina, relacionada con la motivación, juegan un papel fundamental. En las personas con TDA, el cerebro puede activarse rápidamente ante un estímulo interesante, pero no logra sostener esa activación. El resultado es una atención intermitente que salta de un estímulo a otro sin consolidarse.
El trastorno se presenta principalmente en dos formas: el tipo inatento y el tipo hiperactivo. En el primero, más habitual en niñas, predominan la distracción, la procrastinación o la dificultad para completar tareas. En el segundo, lo que falla es el control de impulsos. En niños se traduce en inquietud constante, mientras que en adultos adopta formas más sutiles, como ese movimiento continuo de extremidades o cambios frecuentes de foco mental.
Ahí es donde entra el matiz que destaca Vargas. Aunque la hiperactividad visible disminuye con la edad, no desaparece, sino que se transforma. El adulto con TDA puede parecer tranquilo a simple vista, pero mantiene una actividad motora constante —mover piernas, gesticular en exceso o manipular objetos— como forma de autorregularse y sostener la atención.
El diagnóstico, advierte la experta, no es sencillo y debe hacerse con cautela. Factores como el contexto cultural, el entorno familiar o incluso hábitos como el sueño o la alimentación pueden influir en la conducta y llevar a confusiones. Además, los síntomas deben haberse manifestado antes de los 12 años y mantenerse durante al menos seis meses para poder hablar de TDA.
Vivimos rodeados de pantallas, notificaciones, mensajes que entran a cualquier hora y estímulos diseñados para robarnos apenas unos segundos… una y otra vez. En ese escenario de ruido constante, concentrarse ya no depende solo de la voluntad: también tiene que ver con cómo funciona nuestro cerebro y con la capacidad real de sostener el foco cuando todo alrededor compite por romperlo. Por eso, hablar de déficit de atención en adultos ya no es una rareza, sino una conversación cada vez más necesaria para entender qué nos pasa y por qué a veces sentimos que la mente va por libre.