Invitado, sí, pero arruinado: el coste emocional y económico de encadenar bodas
La treintena trae consigo una nueva presión social para muchos jóvenes: las bodas se multiplican en la agenda y también en el bolsillo. Entre cubiertos de más de 150 euros, viajes, despedidas y regalos, algunos invitados sufren 'wedding burnout'
En menos de un año y medio, Elena tiene ocho bodas. Ha cumplido 30 años y no está muy ilusionada con la idea de tener tantos amigos que se estén casando a la vez. Es más, para ella estas celebraciones suponen un esfuerzo económico tan grande que ha decidido minimizar los costes al máximo. Para ello, se ha comprado dos vestidos (de unos 60 o 70 euros) y un traje que irá reutilizando.
Francisco (31 años) en 2026 tiene nueve bodas, en 2025 tuvo siete. Tiene tantas este año que dos de ellas le coinciden en el mismo día, pero en diferentes ciudades. Por la mañana estará celebrando la primera del día en Madrid y la segunda en Cuenca, por la tarde. "Ambas me hacen mucha ilusión y estamos viendo si, aunque sea una paliza, podemos ir (su novia y él) a las dos", confiesa.
Diez bodas tiene la novia de Juan, él seis. En total, 16. Son tantas que han decidido separarse "en las no cercanas". Trini, sin embargo, tiene "solamente" tres bodas, pero se generan tantos gastos alrededor de estas que con su sueldo no le da, así que tiene que "tirar de ahorros para los regalos", y es por eso que ha renunciado a ir a la despedida de soltera de una de sus amigas: "Van por todo lo alto y en la boda de otra amiga del mismo grupo (entre vestido, regalos y despedida) el año pasado me gasté unos 700 euros".
"En los últimos tres años (las bodas) han condicionado mucho mis fechas de vacaciones"
Las agendas de los treintañeros se llenan de bodas con el cambio de década y eso es lo que están experimentando estos jóvenes que, con más o menos ilusión, reconocen tener que hacer sacrificios para poder asistir a todas. "En los últimos tres años han condicionado mucho mis fechas de vacaciones. Este verano, por ejemplo, me tengo que coger días para asistir a una de ellas", reconoce Francisco. Estos sacrificios generan lo que la psicóloga Judit Merayo ha llamado "secuestro del ocio y del bolsillo".
Para Judit Merayo es habitual recibir en consulta a pacientes de "entre 28 y 38 años que ven cómo todo su tiempo libre anual y sus ahorros son absorbidos por cuatro o cinco bodas". Lo más duro para ellos es sentir que "pierden el control sobre su propia vida y su economía para cumplir con la agenda de los demás".
El wedding burnout también existe
Decir que no es, a menudo, complicado en muchos contextos; todavía más si se trata de negarse a asistir a una boda. Son muchas las personas que por el miedo visceral a la exclusión o por el FOMO van a todas las bodas a las que son invitadas. "A nivel psicológico y social, rechazar una invitación de boda ha dejado de verse como una decisión financiera o logística para interpretarse como un rechazo personal al vínculo", explica Merayo.
A menudo, el invitado prefiere asumir "el estrés económico antes que enfrentarse a la culpa de decepcionar o al miedo de ser apartado del grupo de amigos". Además, el estrés de los invitados se acentúa cuando la boda se transforma en un "festival". Ahora hay preboda, despedida de soltero de tres días en el extranjero y la posboda. "Hay una 'instagramización' del evento donde se espera que el invitado no solo asista, sino que performe: el traje perfecto, el regalo a la altura, la actitud eufórica continua... Es una presión estética, económica y emocional sin precedentes", expresa la psicóloga.
Ella misma ha conocido a pacientes en su consulta que han pospuesto pagar la entrada de su vivienda, sus propias vacaciones o acudir a terapia porque tienen que pagar el "peaje social" de tres bodas ese verano.
Pagar el cubierto en una boda ya suelen ser más de 150 euros, pero los gastos no terminan ahí y eso es lo que más agobia a estos jóvenes. Juan insiste en que es muchísimo dinero el que tiene que gastarse en cada celebración: "Cantidades que ni me gastaría en mí mismo. Y ya ni te cuento si sumamos, viaje, hotel... Por no hablar de las despedidas de soltero, dar vergüenza ajena y emborracharte en otra ciudad…".
Una pareja recién casada en el coche (iStock)
Es por eso que cuando llega la primera invitación, se recibe con ilusión genuina, pero al acumularse, aclara Judit, "esa ilusión muta en ansiedad anticipatoria (hacer cuentas de lo que va a costar), culpa (por gastar lo que no se tiene o por desear en secreto no haber sido invitado) y, finalmente, resentimiento silencioso. He visto pacientes enfadados consigo mismos por no saber poner límites".
La desdramatización del "no"
No ir a una boda a la que te han invitado debería dejar de ser tabú. "No ir a una boda no borra años de amistad, deberíamos naturalizar el decir no dando una explicación empática y natural, analizando y superando el miedo a no ser aceptado", defiende Judit.
Es más, para llevar un control sobre el número de enlaces a los que puedes asistir, la psicóloga recomienda, "antes de que empiece el año, decidir cuánto dinero y energía estás dispuesto a invertir en estas celebraciones".
Por último, Merayo recomienda acudir solo a quellas nupcias en las que tu presencia nazca del amor genuino, no de la obligación o el compromiso social". Y sustituir la obligación del "todo o nada" por alternativas afectivas. Una forma muy sana de gestionar una negativa, expresa, es proponer un plan alternativo a los novios: "No puedo asumir el gasto de ir a la boda, pero me encantaría invitaros a cenar a vosotros dos a la vuelta de la luna de miel para celebrarlo juntos". De esta manera, mantienes el vínculo, demuestras interés y proteges tu salud mental y financiera.
En menos de un año y medio, Elena tiene ocho bodas. Ha cumplido 30 años y no está muy ilusionada con la idea de tener tantos amigos que se estén casando a la vez. Es más, para ella estas celebraciones suponen un esfuerzo económico tan grande que ha decidido minimizar los costes al máximo. Para ello, se ha comprado dos vestidos (de unos 60 o 70 euros) y un traje que irá reutilizando.