Sebastián La Rosa, médico: "El primer paso es comprar un reloj despertador que no suene de una forma horrible ni alarmante"
Alejar el móvil de la cama y sustituirlo por un despertador independiente puede desencadenar un efecto en cadena que reduce distracciones
La escena se repite en millones de dormitorios cada mañana. Suena la alarma del móvil, una mano sale de entre las sábanas y, casi sin abrir los ojos, busca el teléfono en la mesilla. Lo que iba a ser solo apagar la alarma termina siendo otra cosa: un vistazo rápido al correo, un mensaje pendiente, una notificación de redes sociales. El día comienza antes incluso de haberse levantado de la cama.
Pero este gesto es en realidad determinante en cómo afrontamos la jornada. Así lo explica el médico Sebastián La Rosa, que propone un cambio tan sencillo que parece casi ingenuo: recuperar el despertador. No como un objeto nostálgico de los años ochenta, sino como una herramienta para empezar el día de otra manera.
“El primer paso es comprar un reloj despertador que no suene de una forma horrible ni alarmante”, explica el especialista. La recomendación tiene menos que ver con la tecnología que con la forma en que nos relacionamos con ella. El problema, sostiene, no es el despertador del móvil, sino todo lo que llega después de apagarlo.
Porque el teléfono, una vez en la mano, rara vez se queda quieto. Aparecen mensajes, titulares, vídeos, recordatorios. Los minutos se deslizan sin que apenas nos demos cuenta y, cuando finalmente dejamos el móvil, el día ya ha empezado con prisa.
Para evitarlo, La Rosa sugiere algo tan simple como efectivo: dejar el móvil fuera del dormitorio y utilizar un despertador independiente. Algunos modelos actuales, explica, incluso simulan el amanecer. La luz va aumentando poco a poco y el sonido aparece de forma gradual, imitando el ritmo natural con el que el cuerpo se despierta.
Este tipo de despertadores intenta coincidir con las fases más ligeras del sueño, cuando el cerebro tiene más actividad. Despertarse en ese momento resulta mucho más fácil que hacerlo en una fase profunda, cuando el cuerpo todavía está sumergido en el descanso.
Cuando la alarma interrumpe el sueño profundo aparece lo que la neurociencia llama “inercia del sueño”: esa sensación de pesadez, confusión y lentitud que hace que levantarse parezca una tarea titánica. Un despertar progresivo, en cambio, reduce esa sensación y permite comenzar la mañana con mayor claridad mental.
El cambio, asegura el médico, desencadena algo parecido a un efecto dominó. Si el móvil no está cerca, desaparece la tentación de revisar notificaciones desde la cama. Y sin ese pequeño ritual digital, muchas personas se levantan antes, empiezan su rutina con más calma y recuperan unos minutos que antes se perdían mirando la pantalla.
Puede ser tiempo para ducharse sin prisas, preparar el desayuno o compartir unos minutos con la familia antes de salir de casa.
La escena se repite en millones de dormitorios cada mañana. Suena la alarma del móvil, una mano sale de entre las sábanas y, casi sin abrir los ojos, busca el teléfono en la mesilla. Lo que iba a ser solo apagar la alarma termina siendo otra cosa: un vistazo rápido al correo, un mensaje pendiente, una notificación de redes sociales. El día comienza antes incluso de haberse levantado de la cama.