Rosalind Franklin, química y biofísica: “Todo lo necesario para la fe es el convencimiento de que nos acercaremos a nuestro objetivo”
Una carta escrita cuando tenía apenas 20 años revela la particular forma en que la científica británica entendía la fe, lejos del dogma religioso y ligada al esfuerzo humano
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Rosalind Franklin pasó a la historia como una de las científicas más importantes del siglo XX, aunque durante décadas su figura quedó relegada a un segundo plano. La química y biofísica británica fue clave para comprender la estructura del ADN, pero también dejó reflexiones filosóficas que muestran cómo entendía la ciencia, el conocimiento y la idea de fe. Una de sus frases más citadas —“Todo lo necesario para la fe es el convencimiento de que nos acercaremos a nuestro objetivo”— resume una visión del mundo basada en la perseverancia y la confianza en la búsqueda de la verdad.
Franklin nació en Londres en 1920 y desde muy joven destacó por su talento para la química y la investigación científica. Sus estudios la llevaron a especializarse en cristalografía de rayos X, una técnica que permite analizar la estructura de las moléculas observando cómo los rayos X se difractan al atravesar los cristales. Gracias a esta metodología realizó trabajos fundamentales sobre materiales como el carbón y el grafito, además de investigaciones decisivas sobre virus y estructuras biológicas.
Su nombre, sin embargo, está inevitablemente ligado al descubrimiento de la forma del ADN. Durante su etapa en el King's College de Londres logró capturar una imagen que se haría célebre: la llamada Fotografía 51, una imagen de difracción de rayos X que mostraba con claridad que la molécula de ADN tenía una estructura helicoidal. Aquella fotografía fue determinante para comprender que el ADN estaba organizado en forma de doble hélice, un hallazgo que cambiaría para siempre la biología moderna.
La historia del descubrimiento, no obstante, estuvo marcada por la controversia. Los científicos James Watson, Francis Crick y Maurice Wilkins utilizaron datos derivados del trabajo de Franklin para desarrollar el modelo definitivo del ADN. En 1962 los tres recibirían el Premio Nobel de Medicina por este avance. Franklin había fallecido cuatro años antes, víctima de un cáncer de ovario con apenas 37 años, y su contribución no fue reconocida oficialmente durante mucho tiempo.
Más allá de su legado científico, la figura de Franklin también revela una forma particular de entender el conocimiento. La célebre frase sobre la fe no aparece en un artículo académico ni en un ensayo filosófico, sino en una carta que escribió a su padre, Ellis Franklin, en 1940. Tenía entonces veinte años y estaba comenzando su carrera científica.
Una vocación casi ética
Su padre, profundamente religioso, temía que la ciencia estuviera alejando a su hija de la fe. Franklin respondió con una reflexión que reformulaba el concepto desde una perspectiva racional. Para ella, la fe no consistía en aceptar dogmas o verdades sobrenaturales, sino en confiar en que el esfuerzo humano puede conducir al conocimiento y al progreso.
En aquella carta defendía que la auténtica fe reside en la convicción de que el trabajo constante permite avanzar hacia un objetivo común. Según explicaba, lo importante no era la creencia en lo trascendente, sino la certeza de que, al hacer lo mejor posible cada tarea, la humanidad puede mejorar su destino. Su idea de fe estaba ligada al compromiso con el conocimiento y con el bienestar colectivo.
Este planteamiento encaja con una corriente filosófica muy presente en el pensamiento científico del siglo XX: la confianza en que el universo posee un orden comprensible y que la investigación rigurosa permite descifrarlo. Franklin creía que la naturaleza no era caótica, sino que respondía a estructuras y leyes que podían descubrirse mediante la observación y el método científico.
La frase que escribió a su padre refleja, por tanto, una forma de entender la ciencia como una vocación casi ética. No se trataba únicamente de acumular descubrimientos o de alcanzar reconocimiento, sino de participar en un esfuerzo colectivo por ampliar el conocimiento humano.
Incluso en los momentos más difíciles de su carrera mantuvo esa actitud. A pesar de las tensiones en su entorno laboral y del escaso reconocimiento que recibió en vida, Franklin continuó investigando con la misma dedicación. En los últimos años se centró en el estudio de virus, realizando aportaciones que también resultaron fundamentales para la biología estructural.
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