Alicia Vargas, doctora: "El cerebro nace inacabado, por lo que la posibilidad de reestructuración siempre va a estar ahí"
Comprender esos mecanismos resulta clave para abordarla y para entender por qué ciertos hábitos y tratamientos pueden ayudar a mejorar el estado de ánimo
La depresión no es simplemente tristeza ni falta de voluntad. Cada vez más investigaciones en neurociencia apuntan a que se trata de un trastorno complejo en el que intervienen cambios reales en el cerebro, desde alteraciones en ciertas estructuras hasta dificultades para regular las emociones, el aprendizaje o la motivación. Así lo explica la doctora Alicia Vargas, quien insiste en que comprender cómo funciona el cerebro puede ayudar a entender por qué algunas personas quedan atrapadas en este tipo de estados.
La especialista recuerda que la tristeza suele aparecer tras un hecho concreto —como perder el trabajo o la muerte de una mascota— y no impide continuar con la vida diaria, mientras que la depresión implica un cambio más profundo en el funcionamiento cerebral. Entre sus manifestaciones aparecen la anhedonia (dificultad para sentir placer), problemas para dormir o concentrarse, alteraciones del apetito y una ralentización general del pensamiento y del movimiento.
Uno de los factores clave es la combinación de genética y entorno. Según Vargas, algunas personas pueden tener una predisposición genética a desarrollar cuadros depresivos, pero esto no significa que necesariamente los vayan a sufrir. El contexto familiar, la seguridad emocional durante la infancia o incluso las condiciones del embarazo influyen en cómo se expresan esos genes. La ciencia denomina a este proceso epigenética: el modo en que el ambiente modifica la actividad genética.
Dentro del cerebro también se observan cambios concretos. La amígdala, una estructura encargada de detectar amenazas, puede estar sobreactivada en personas con depresión, lo que provoca que el cerebro interprete muchos estímulos neutros como peligrosos. Al mismo tiempo, el lóbulo frontal —encargado de planificar, tomar decisiones y resolver problemas— puede funcionar con menor eficacia. Esto dificulta cambiar conductas o encontrar alternativas cuando algo no va bien.
Los recuerdos y las enseñanzas
Otro elemento relevante es el hipocampo, relacionado con la memoria y el aprendizaje. En los cuadros depresivos se ha observado que puede presentar menor tamaño o actividad, lo que complica aprender de experiencias pasadas y modificar patrones de comportamiento. A esto se suma la alteración de algunas redes neuronales que regulan la atención, la introspección y la capacidad de pasar a la acción.
También intervienen los neurotransmisores, las sustancias químicas que permiten la comunicación entre neuronas. Durante años se creyó que la depresión estaba ligada únicamente a la serotonina, pero ahora se sabe que participan muchos más compuestos, como el glutamato, fundamental para el aprendizaje y la adaptación del cerebro.
Todo ello se relaciona con un concepto clave: la neuroplasticidad. El cerebro tiene la capacidad de reorganizarse y formar nuevas conexiones a lo largo de la vida, adaptándose a las experiencias y al entorno. Cuando esta capacidad disminuye, el pensamiento puede volverse rígido y la persona quedar atrapada en patrones negativos.
A pesar de ello, Vargas subraya un mensaje esperanzador: el cerebro mantiene siempre cierta capacidad de cambio. “El cerebro no nace completamente acabado; nace inacabado, por lo que la posibilidad de reestructuración siempre va a estar ahí”, explica. Esa plasticidad es la base de muchos tratamientos actuales.
El abordaje de la depresión suele incluir fármacos y terapia psicológica, pero cada vez se da más importancia a los hábitos de vida. El ejercicio físico, por ejemplo, favorece la liberación de sustancias que estimulan la creación de nuevas conexiones neuronales. Actividades simples, como caminar o realizar ejercicio moderado durante media hora al día, pueden contribuir a mejorar el estado de ánimo.
Otras estrategias incluyen técnicas de respiración consciente o mindfulness para reducir el estrés, establecer pequeñas metas diarias que reactiven el sistema de recompensa del cerebro y mejorar hábitos como la alimentación o el sueño. La investigación también analiza la relación entre la microbiota intestinal y la salud mental, ya que la inflamación en el organismo puede influir en el funcionamiento cerebral.
Comprender la depresión desde la neurociencia ayuda a desterrar la idea de que se trata solo de una cuestión de actitud. Se trata de un trastorno en el que intervienen múltiples factores biológicos, psicológicos y sociales, pero también de un proceso en el que el cerebro conserva la capacidad de adaptarse y cambiar con el tratamiento y los hábitos adecuados.
La depresión no es simplemente tristeza ni falta de voluntad. Cada vez más investigaciones en neurociencia apuntan a que se trata de un trastorno complejo en el que intervienen cambios reales en el cerebro, desde alteraciones en ciertas estructuras hasta dificultades para regular las emociones, el aprendizaje o la motivación. Así lo explica la doctora Alicia Vargas, quien insiste en que comprender cómo funciona el cerebro puede ayudar a entender por qué algunas personas quedan atrapadas en este tipo de estados.