Amar es, en el fondo, un acto de valentía. No porque siempre salga bien, sino porque obliga a bajar la guardia. A dejar que el otro vea lo que normalmente se esconde. De esa idea parte Gabriel Rolón, uno de los psicólogos más influyentes del ámbito hispano, para lanzar una gran reflexión: “La persona que de verdad nos ama es la que renuncia a usar el poder que le dimos”.
Rolón lo explicó durante su intervención en el pódcast ‘Tengo un plan’, en una conversación pausada y profunda en la que habló de amor, ego, miedo y sentido vital. Lejos de frases motivacionales fáciles, el psicoanalista argentino puso palabras a algo que muchos han sentido alguna vez: cuando amamos, entregamos información sensible. Contamos nuestras heridas, nuestras inseguridades, nuestros errores. Y eso convierte al otro en alguien con una capacidad enorme para hacernos bien… o para destrozarnos.
Ahí, según Rolón, aparece la verdadera medida del amor. No en los momentos de calma, sino en los de conflicto. Cuando hay discusiones, reproches o enfado, la tentación de utilizar lo que sabemos del otro está ahí. Recordarle su punto débil, tocar la herida conocida, decir justo esa frase que duele más. Para el psicólogo, amar de verdad es elegir no cruzar esa línea, incluso cuando todo invita a hacerlo.
Su mirada desmonta también una de las confusiones más habituales en las relaciones: pensar que amar es necesitar. Rolón es claro al respecto. Las necesidades son pocas y básicas —comer, respirar, sobrevivir—. Todo lo demás es deseo. “Yo puedo vivir sin ti”, viene a decir, “pero elijo estar contigo porque mi vida es más linda así”. Cuando una relación se sostiene desde el deseo y no desde el miedo a perder, el vínculo se vuelve más sano.
En ese equilibrio juega un papel clave el ego. Rolón no demoniza el ego, al contrario: recuerda que una parte de él es necesaria para respetarse y poner límites. El problema aparece cuando se desborda y se convierte en una búsqueda constante de validación. Entonces llegan los celos excesivos, la comparación con exparejas, la obsesión por ser siempre “el mejor” o “el más importante”. En ese punto, el amor se tensa y empieza a perder naturalidad.
El psicólogo insiste en que muchas personas se paralizan por miedo a equivocarse, tanto en el amor como en la vida. Sin embargo, advierte: hay decisiones que son correctas aunque terminen mal. Una relación que se acaba no invalida lo vivido, ni lo aprendido, ni lo que permitió crecer.
Rolón propone cambiar la pregunta habitual del “¿para qué?” por otra más incómoda y profunda: ¿por qué sigo eligiendo esto? Buscar un sentido no utilitario, sino personal. Proyectos, vínculos, pequeños deseos cotidianos que se colocan entre nosotros y la idea de la muerte. No para negarla, sino para darle forma al tiempo que tenemos.
Lo que plantea es algo más sencillo y, a la vez, más exigente: amar es cuidar el poder que el otro nos dio. Y hacerlo incluso cuando nadie nos obliga a ello. Quizá el amor no se mida por lo que sentimos, sino por aquello que decidimos no hacer cuando podríamos.
Amar es, en el fondo, un acto de valentía. No porque siempre salga bien, sino porque obliga a bajar la guardia. A dejar que el otro vea lo que normalmente se esconde. De esa idea parte Gabriel Rolón, uno de los psicólogos más influyentes del ámbito hispano, para lanzar una gran reflexión: “La persona que de verdad nos ama es la que renuncia a usar el poder que le dimos”.