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Søren Kierkegaard, filósofo: "Atreverse es perder el equilibrio momentáneamente. No atreverse es perderse a uno mismo"
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Søren Kierkegaard, filósofo: "Atreverse es perder el equilibrio momentáneamente. No atreverse es perderse a uno mismo"

El pensador danés revolucionó la filosofía y su reflexión sobre el riesgo y la autenticidad sigue interpelando a una sociedad que a menudo confunde seguridad con plenitud

Foto: Retrato de Søren Kierkegaard
Retrato de Søren Kierkegaard

Pocas frases del pensamiento moderno han calado tanto como la que pronunció Søren Kierkegaard. “Atreverse es perder el equilibrio momentáneamente. No atreverse es perderse a uno mismo”, aseveró. Y hay que tener en cuenta que no es una consigna de autoayuda ni una invitación superficial a salir de la zona de confort, sino una declaración radical sobre lo que significa existir.

Kierkegaard nació en Copenhague en 1813 y murió joven, con apenas 42 años, pero dejó una huella que aún hoy atraviesa la filosofía contemporánea. Teólogo de formación, polemista incómodo y escritor de estilo afilado, es considerado el padre del existencialismo. Frente a los grandes sistemas filosóficos de su tiempo, que pretendían explicarlo todo desde una estructura lógica y universal, él puso el foco en algo mucho más frágil y complejo: el individuo concreto.

placeholder Retrato de Søren Kierkegaard
Retrato de Søren Kierkegaard

Su vida no fue precisamente plácida. Marcada por una profunda melancolía y por una religiosidad intensa, también estuvo atravesada por una decisión que simboliza su propia teoría del riesgo: rompió su compromiso con Regine Olsen, la mujer a la que amaba, convencido de que no podía ofrecerle una vida feliz. Esa renuncia lo acompañó siempre y alimentó su reflexión sobre la elección, la culpa y la angustia.

Para Kierkegaard, el ser humano está inevitablemente condenado a elegir. No elegir también es una elección. Y cada decisión importante supone un salto, una ruptura con la seguridad anterior. De ahí surge su célebre idea del “vértigo de la libertad”. No se trata solo del miedo a equivocarse, sino de algo más profundo: la conciencia de que podríamos actuar de una manera u otra y que la responsabilidad es únicamente nuestra.

La imagen del precipicio ayuda a entenderlo. El temor no proviene únicamente de la caída, sino de la posibilidad real de lanzarse. Ese temblor ante la libertad es la angustia. Y es precisamente en ese punto donde encaja su afirmación sobre el equilibrio. Atreverse implica desestabilizarse, abandonar el terreno firme de lo conocido. Es incómodo, genera dudas y expone a la crítica. Pero también es la única vía para construir una identidad propia.

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Lo contrario, quedarse inmóvil por miedo, tiene un coste mayor. Para el pensador danés, quien rehúye constantemente el riesgo termina diluyéndose en la masa. Se limita a repetir lo que otros esperan, a seguir normas sin cuestionarlas, a vivir según una inercia social que adormece. Esa existencia sin decisión es, en su mirada, una forma de pérdida interior.

Kierkegaard fue especialmente duro con la sociedad de su tiempo, a la que consideraba instalada en una cómoda superficialidad. Criticó la Iglesia luterana danesa por su falta de autenticidad y denunció lo que veía como una fe domesticada, más preocupada por la respetabilidad que por la pasión. Su batalla no era contra la religión, sino contra la hipocresía y la falta de compromiso personal.

En el fondo, su propuesta no es heroica en el sentido épico, sino profundamente íntima. No se trata de gestos grandilocuentes, sino de decisiones cotidianas que nos definen: decir lo que pensamos aunque incomode, cambiar de rumbo profesional, sostener una convicción impopular o asumir un error. Cada acto auténtico supone un pequeño desequilibrio.

Pocas frases del pensamiento moderno han calado tanto como la que pronunció Søren Kierkegaard. “Atreverse es perder el equilibrio momentáneamente. No atreverse es perderse a uno mismo”, aseveró. Y hay que tener en cuenta que no es una consigna de autoayuda ni una invitación superficial a salir de la zona de confort, sino una declaración radical sobre lo que significa existir.

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