Mónica Domínguez, psicóloga especializada en cuidados paliativos: "En el duelo hay que llorar"
Llorar tras la muerte de un ser querido no es un signo de debilidad ni necesariamente un trastorno clínico. La psicóloga advierte de los riesgos de medicalizar el duelo y defiende que atravesar el dolor forma parte natural del proceso de amar y perder
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Llorar la muerte de un ser querido no es un síntoma que haya que silenciar, sino una reacción humana que necesita tiempo y espacio. Así lo defendió Mónica Domínguez, psicóloga especializada en cuidados paliativos, durante su participación en el pódcast 'Tengo un Plan', donde lanzó una advertencia clara: “En el duelo hay que llorar”.
Domínguez alertó sobre una tendencia cada vez más frecuente en consulta: confundir el duelo con un trastorno depresivo y tratarlo de forma automática con medicación. “Si medicalizamos el duelo no se puede llorar”, explicó. Según detalló, muchos pacientes acuden asegurando que tienen ganas de llorar, pero no pueden hacerlo. Cuando profundiza un poco más, la respuesta suele repetirse: están tomando antidepresivos.
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Para la especialista, el problema comienza cuando no se identifica la pérdida que hay detrás del malestar. El tiempo en consulta es limitado y, a menudo, el paciente solo relata síntomas como ansiedad, insomnio o tristeza intensa. Sin embargo, detrás puede existir un proceso de duelo que forma parte de la normalidad tras una pérdida significativa. “Vamos a volver patológico un duelo que incluso podía ser normal porque no se elabora, no le permitimos llorar”, señaló.
La psicóloga subrayó que la sintomatología del duelo puede parecerse mucho a la de una depresión, lo que lleva a “sospechar” un trastorno clínico y a prescribir fármacos para la ansiedad, la depresión o el insomnio. Ese abordaje, según su experiencia en cuidados paliativos, corre el riesgo de bloquear una emoción que necesita expresarse para poder transformarse.
Domínguez defendió que los procesos de duelo “son procesos de duelo” y no deben acelerarse ni silenciarse. Reivindicó la importancia de permitir el llanto y el dolor como parte del camino natural tras la pérdida. “Hay que llorarlos y hay que vivirlos”, afirmó con rotundidad.
Desde su perspectiva, el sufrimiento que acompaña al duelo no es una enfermedad en sí misma, sino “el precio que pagamos por amar”. Una frase que resume su enfoque: reconocer el dolor, darle espacio y entender que atravesarlo forma parte de la experiencia humana.
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