Qué significa ser una persona supersticiosa, según la psicología
Los deportistas ofrecen un ejemplo frecuente. Muchos repiten gestos antes de competir: atarse las botas de una manera concreta o pisar el campo con un pie determinado
Ser una persona supersticiosa no tiene que ver únicamente con creer en la mala suerte o en amuletos.(Corbis)
Ser una persona supersticiosa no tiene que ver únicamente con creer en la mala suerte o en amuletos, sino con un mecanismo psicológico profundo relacionado con la necesidad de control. La psicología explica que muchas supersticiones nacen cuando el cerebro interpreta como causal una simple coincidencia.
El psicólogoAlejandro Marín aborda este fenómeno desde la teoría del aprendizaje. “¿Eres supersticioso? Cuando algo escapa a nuestro control, buscamos formas de hacerlo predecible”, señala. Según explica, repetimos gestos o rituales para sentir que existe una relación entre lo que hacemos y lo que ocurre, aunque esa conexión no sea real.
Uno de los ejemplos clásicos procede del psicólogo B. F. Skinner en 1948. Colocó palomas en una caja donde recibían comida de forma aleatoria. Aunque el alimento no dependía de sus movimientos, algunas coincidencias fortuitas reforzaron ciertas conductas. “A este tipo de aprendizaje, Skinner lo llamó conducta supersticiosa”, recuerda Marín. Desde el condicionamiento operante, este proceso se entiende como un reforzamiento accidental: una acción se fortalece simplemente porque precede a un resultado positivo, aunque no exista relación causal. Esa asociación ilusoria se consolida cuando la coincidencia vuelve a repetirse.
En las personas, el mecanismo funciona de forma similar. Cuando una acción coincide con un desenlace favorable, el cerebro tiende a establecer un vínculo. Con el tiempo, el ritual se repite con la expectativa de obtener el mismo resultado. Este patrón se sostiene sobre un principio más amplio: la ilusión de control. Marín explica que esa tendencia a sobreestimar nuestra influencia sobre los acontecimientos se intensifica en situaciones de incertidumbre. En momentos de presión o riesgo, el cerebro prefiere crear una relación —aunque sea arbitraria— antes que asumir la falta de control.
@alexmarinpsico La superstición aparece cuando intentamos poner orden en lo incierto. Repetimos gestos o rituales y, si coinciden con un buen resultado, esa coincidencia se consolida como si fuera causal. Funciona para calmar la ansiedad, pero puede desplazar la confianza real hacia un locus de control externo. La clave: distinguir entre sensación de control y control efectivo, y hacerse cargo de lo que sí depende de uno. Si estás buscando acompañamiento terapéutico, puedes escribirme a alejandromarinpsico@gmail.com #Psicología#Conducta#Aprendizaje#Superstición#IlusiónDeControl♬ sonido original - Psicólogo / Alejandro Marín
Los deportistas ofrecen un ejemplo frecuente. Muchos repiten gestos antes de competir: atarse las botas de una manera concreta o pisar el campo con un pie determinado. Estas acciones no alteran directamente el resultado, pero sí puedenreducir la ansiedad y favorecer la concentración. El problema aparece cuando el ritual sustituye la confianza en la propia capacidad. “Cuando el resultado se atribuye más al amuleto o al gesto que al esfuerzo o a la preparación, se refuerza un locus de control externo”, advierte Marín. Esa percepción disminuye la sensación de agencia personal.
Comprender el origen psicológico de la superstición no implica eliminar rituales, sino situarlos en su justa medida. Pueden cumplir una función de regulación emocional, pero no deben reemplazar la responsabilidad individual. “La capacidad de hacerse cargo, de actuar con conciencia y deliberación, es lo que sostiene la confianza real”, subraya el psicólogo. Para la psicología, la diferencia entre una costumbre tranquilizadora y una creencia limitante reside en reconocer la relación real —y no imaginada— entre nuestras acciones y sus consecuencias.
En definitiva, ser supersticioso responde a un aprendizaje accidental reforzado por la necesidad humana de control. Entenderlo permite gestionar mejor la incertidumbre sin delegar en la suerte aquello que depende de nuestras decisiones.
Ser una persona supersticiosa no tiene que ver únicamente con creer en la mala suerte o en amuletos, sino con un mecanismo psicológico profundo relacionado con la necesidad de control. La psicología explica que muchas supersticiones nacen cuando el cerebro interpreta como causal una simple coincidencia.