Vicente Garrido, criminólogo: "Hay niños que crecen con padres que les quieren y les cuidan y aun así heredan rasgos psicopáticos"
Ciertos menores, pese a entornos familiares estables, presentan patrones de frialdad emocional difíciles de moldear
La idea de que la psicopatía es siempre el resultado de una infancia rota o de una familia desestructurada no se sostiene a la luz de la investigación científica actual. Así lo defiende el criminólogo Vicente Garrido, una de las voces más autorizadas en España en el estudio del comportamiento violento, que alerta de una realidad mucho más compleja: hay menores que crecen en hogares estables, con afecto y cuidados, y aun así desarrollan rasgos psicopáticos.
En su entrevista con Jordi Wild en The Wild Project, Garrido explica que la psicopatía no es una enfermedad mental, sino una configuración específica de la personalidad, marcada por la falta de empatía emocional, la tendencia a la manipulación y una profunda ausencia de culpa. “No hablamos de niños psicóticos ni de trastornos graves como la esquizofrenia. Hablamos de menores que entienden las normas, pero no las sienten”, señala.
Uno de los puntos clave de su análisis es el peso de la genética. Según Garrido, la psicopatía necesita una predisposición heredada, a la que después se suma el entorno. “Hoy sabemos que el ambiente puede frenar o potenciar esos rasgos”, explica. De ahí que dos hermanos criados en la misma familia puedan evolucionar de forma radicalmente distinta: uno integrado y empático, y otro con graves problemas de conducta.
El criminólogo ha trabajado durante años con familias afectadas por lo que denomina el “síndrome del emperador”, casos en los que los hijos ejercen violencia psicológica o física contra padres que, paradójicamente, les quieren y les cuidan. “Son padres que llegan desesperados, preguntándose qué han hecho mal. Y muchas veces la respuesta es: nada”, afirma.
En estos menores, la educación emocional resulta especialmente compleja. Garrido subraya que el amor no siempre es suficiente si no va acompañado de límites claros, coherencia y una vigilancia constante. “Son niños que responden peor a las normas implícitas, que no interiorizan el arrepentimiento como otros”, explica. Esto obliga a los padres a desplegar un esfuerzo educativo mucho mayor que el habitual.
Desde el punto de vista de la salud y el bienestar familiar, el impacto es enorme. Vivir con un hijo que manipula, amenaza o muestra frialdad emocional genera estrés crónico, culpa y agotamiento psicológico en los cuidadores. Por eso, Garrido insiste en la importancia de pedir ayuda profesional cuanto antes y desterrar la idea de que todo se arregla con más cariño o más paciencia.
Otro aspecto fundamental es entender que tener rasgos psicopáticos no equivale a ser un delincuente. La mayoría de las personas con estos rasgos no cometen crímenes, aunque sí pueden causar un gran daño emocional en su entorno si no se actúa a tiempo. “El peligro real aparece cuando estos rasgos se combinan con contextos que los refuerzan: abandono, violencia, falta de normas o modelos antisociales”, advierte.
Garrido también recuerda que el cerebro no termina de madurar hasta bien entrada la veintena, lo que abre una ventana crucial para la intervención. La infancia y la adolescencia son etapas decisivas para contener esos rasgos, enseñar autocontrol y minimizar el riesgo futuro. “Muchos padres han evitado males mayores sin saberlo”, apunta.
La idea de que la psicopatía es siempre el resultado de una infancia rota o de una familia desestructurada no se sostiene a la luz de la investigación científica actual. Así lo defiende el criminólogo Vicente Garrido, una de las voces más autorizadas en España en el estudio del comportamiento violento, que alerta de una realidad mucho más compleja: hay menores que crecen en hogares estables, con afecto y cuidados, y aun así desarrollan rasgos psicopáticos.