Es noticia
Lana Romero, espía en la Segunda Guerra Mundial: "El pánico no existía, porque el pánico delata"
  1. Alma, Corazón, Vida
una infancia peculiar

Lana Romero, espía en la Segunda Guerra Mundial: "El pánico no existía, porque el pánico delata"

Su infancia transcurrió entre puertos vigilados, fiestas llenas de espías y secretos que no podían contarse ni en casa

Foto: Liana Romero (Youtube | Ahora me entero)
Liana Romero (Youtube | Ahora me entero)

Hay historias que no encajan bien en los manuales, porque están hechas de zonas grises, silencios largos y decisiones que hoy juzgaríamos con comodidad moral. La de Lana Romero —Liana durante casi toda su vida— es una de ellas. La contó hace un tiempo en el pódcast de Juanje Diañez, con una serenidad y dulzura que sorprendió a muchos de los oyentes.

Romero es hija de una mujer que fue reclutada por la inteligencia nazi en el sur de España durante la Segunda Guerra Mundial. No por fanatismo ideológico ni por ambición económica, sino por una mezcla peligrosa de desarraigo, promesas y nostalgia. “Mi madre cayó como un pajarito”, recuerda al explicar cómo aceptó colaborar tras escuchar que los alemanes devolverían a su familia las propiedades perdidas en Ucrania. Esa es una de las claves incómodas del relato: nadie nace colaborador del mal, se llega a serlo por caminos torcidos.

El Campo de Gibraltar fue entonces un hervidero de información, traiciones y alianzas provisionales. Italianos, alemanes, británicos y españoles compartían copas, fiestas y sospechas mientras se jugaban el control del Estrecho. En ese ecosistema turbio, la madre de Lana se movía con soltura. Era elegante, discreta, sabía escuchar. Y casi siempre iba acompañada de su hija, una niña de once años que servía como la mejor coartada imaginable. “Una de las formas en que pasaba desapercibida era que yo la acompañara”, explica. “Yo tenía 11 años”.

En el pódcast de Juanje Diañez, Romero insiste en una idea que atraviesa todo su testimonio: la educación en el silencio. “Tú ves, oyes y no hablas”, le repetía su madre desde pequeña. Aquella consigna no era solo una norma como las de cualquier casa, sino más bien una estrategia de supervivencia. Aprendió pronto que la información era poder y que compartirla podía costar la vida.

El relato da un giro cuando aparece la verdad que muchos no quisieron ver: los campos de exterminio. El sistema industrial de la muerte. Fue una familiar vinculada a la resistencia quien abrió los ojos a la espía. “Mi madre no podía creerlo. Se sintió sucia por trabajar para los nazis”, relata Lana. La reacción fue inmediata: romper con el régimen de Hitler y ofrecer sus servicios a los aliados, aun sabiendo que ese cambio la colocaba en el punto de mira de todos.

Desde entonces, el riesgo se multiplicó. Ser doble agente —y después triple— significaba no ser nunca del todo fiable. Ni para unos ni para otros. Y aun así, siguió adelante. “Los héroes no tienen miedo, no porque sean valientes, sino porque son inconscientes”, reflexiona Romero, que entonces vivía aquellas misiones como si fueran aventuras infantiles, sin comprender todo pero, al fin y al cabo, comprendiendo lo suficiente.

Foto: liana-romero-la-revuelta-documental-espia-guerra

La violencia no es una metáfora en esta historia. Lana recuerda cómo una mujer la encañonó con una pistola, siendo apenas una niña. “Hoy te vas a librar, pero la próxima vez te mato”, le dijo antes de bajar el arma. También recuerda registros, persecuciones y planes de asesinato que solo se frustraron por intuición o por suerte. Mucha suerte.

Hay algo profundamente político en este testimonio, aunque no se disfrace de consigna. España aparece como refugio ambiguo, como territorio neutral solo en apariencia, como red de protección final para quienes supieron moverse en el barro. Y aparece también una advertencia que suena especialmente actual. “Hay miedo, claro que hay miedo, pero el pánico no existe”, insiste. Porque el pánico bloquea. Y, sobre todo, porque el pánico delata.

Hay historias que no encajan bien en los manuales, porque están hechas de zonas grises, silencios largos y decisiones que hoy juzgaríamos con comodidad moral. La de Lana Romero —Liana durante casi toda su vida— es una de ellas. La contó hace un tiempo en el pódcast de Juanje Diañez, con una serenidad y dulzura que sorprendió a muchos de los oyentes.

Historia