Alicia Vargas, experta en autismo en adultos: "Tienen la etiqueta de que son muy quisquillosos con la comida"
La forma en la que una persona adulta con autismo se relaciona con la comida suele estar marcada por factores neurológicos y sensoriales que pasan desapercibidos para la mayoría
La idea de que algunas personas adultas con autismo son “maniáticas” o “caprichosas” con la comida es uno de los prejuicios más extendidos y, a la vez, más alejados de la realidad clínica. La selectividad alimentaria en el autismo suele estar ligada a una alteración en el procesamiento sensorial.
La doctora Alicia Vargas ha intentado explicar este fenómeno en su canal de Youtube. Y no es que el cerebro autista funcione peor, sino de forma distinta. Vargas detalla que existen patrones de hiperconectividad e hipoconectividad entre distintas áreas cerebrales, lo que provoca que ciertos estímulos —sabores, olores, texturas o temperaturas— se perciban con una intensidad desproporcionada. Un alimento que para la mayoría resulta neutro puede generar rechazo, angustia o incluso dolor en una persona dentro del espectro.
Esta hipersensibilidad no se limita al gusto. Los sonidos, las luces o el contacto físico también pueden vivirse como una sobrecarga constante, obligando al cerebro a permanecer en estado de alerta durante gran parte del día. En ese contexto, repetir siempre los mismos platos o evitar nuevas recetas no es una rigidez sin sentido, sino una estrategia de autorregulación: comer lo conocido reduce la incertidumbre y el malestar.
El problema surge cuando estas conductas se interpretan desde fuera como falta de voluntad o mala educación. “Se les cuelga la etiqueta de quisquillosos sin entender que están protegiéndose de una experiencia sensorial que su cerebro no puede filtrar”, advierte Vargas. Esta incomprensión es especialmente frecuente en adultos a los que nunca han diagnosticado y que han pasado años adaptándose a base de esfuerzo y camuflaje social.
A nivel clínico, también es relevante la hipoconectividad en otros sistemas sensoriales. Algunas personas adultas con autismo perciben el hambre, la sed o el cansancio de forma muy atenuada, lo que puede llevar a ayunos prolongados o a no identificar señales básicas del cuerpo. Este dato refuerza la necesidad de un abordaje sanitario específico, alejado de juicios morales y centrado en el funcionamiento neurológico real.
Desde la práctica en salud, la clave está en comprender y acompañar. Facilitar entornos previsibles, respetar rutinas, introducir cambios de forma gradual y explicar las expectativas de manera directa reduce de forma significativa la ansiedad diaria. En el ámbito alimentario, forzar o ridiculizar solo incrementa el rechazo y el estrés.
El mensaje de fondo es claro: entender cómo procesa el mundo una persona con autismo cambia por completo la forma de relacionarnos con ella. No se trata de exigir adaptación constante, sino de ajustar la mirada y las condiciones. Para muchos adultos, recibir un diagnóstico adecuado y comprensión social llega tarde, pero sigue siendo una herramienta clave para vivir con menos desgaste y más salud.
La idea de que algunas personas adultas con autismo son “maniáticas” o “caprichosas” con la comida es uno de los prejuicios más extendidos y, a la vez, más alejados de la realidad clínica. La selectividad alimentaria en el autismo suele estar ligada a una alteración en el procesamiento sensorial.