Marta González, monja de clausura: "Tenemos contacto por teléfono o llamadas, es como irse a estudiar fuera"
Vive entre muros centenarios, se levanta antes del amanecer y ha hecho del silencio una forma de vida. Aun así, no se siente lejos del mundo ni de quienes dejó fuera
A las seis de la mañana, cuando buena parte del país sigue dormido o apura el último sueño antes de la alarma, Marta González ya está en pie. El silencio todavía envuelve el monasterio de Santa Cruz, en Sahagún (León), donde vive desde hace once años. Tiene 29, es monja de clausura y, contra todo pronóstico, también es una de las religiosas más seguidas en redes sociales. Nada de contradicciones, asegura. “Esta vida no nació para estar aislada del mundo”, cuenta en el pódcast El director de David Jiménez.
Marta llegó al monasterio siendo casi una adolescente. Tenía 16 años cuando, durante una visita familiar a un monasterio benedictino, descubrió una forma de vida que no conocía y que le llamó poderosamente la atención. No fue una huida ni una reacción impulsiva. “Fue como un flechazo”, explica. Aquel primer contacto dio paso a años de discernimiento, estudios y visitas periódicas hasta que, con 18 años, decidió entrar definitivamente.
Desde fuera, la clausura suele imaginarse como una ruptura radical con la vida anterior. Sin embargo, Marta desmonta esa idea con naturalidad. Mantiene contacto frecuente con su familia y amigos a través de llamadas y mensajes. “Es muy parecido a cuando alguien se va a estudiar fuera. Las relaciones cambian, pero no desaparecen”, dice.
La jornada en el monasterio es larga y precisa. Oración, trabajo y vida comunitaria se suceden sin apenas margen para la improvisación. Cada hermana tiene tareas asignadas: desde la elaboración de dulces y cosmética artesanal —que venden para sostener económicamente la comunidad— hasta la música, la formación o la gestión de las redes sociales. “No tenemos tiempo para aburrirnos”, resume. La rutina, reconoce, puede pesar en algunos momentos, pero también funciona como un ancla. “A veces te arrastra, pero otras te sostiene”.
En el monasterio conviven monjas de edades muy distintas, desde jóvenes recién llegadas hasta religiosas que superan los 90 años, y de orígenes diversos, incluidas hermanas africanas. La convivencia es intensa, como en cualquier casa donde se comparten tantas horas. “Hay conflictos, claro, pero se resuelven hablando y perdonando”, explica. De esa convivencia surgen amistades profundas, marcadas no solo por el afecto, sino por un proyecto de vida compartido.
Uno de los aspectos que más sorprende de su historia es su presencia digital. Marta gestiona el canal de YouTube del monasterio y perfiles en Instagram y TikTok con cientos de miles de seguidores. Allí habla de fe, silencio, vocación y vida cotidiana sin discursos grandilocuentes. Al principio, la idea generó cierto temor en la comunidad, sobre todo por la exposición y los posibles comentarios hostiles. Hoy lo ven como una forma de comunicación adaptada a los tiempos. “No es promoción, es mostrar cómo vivimos y naturalizarlo”.
Lejos de sentir que se pierde algo al observar la vida exterior —viajes, fiestas, relaciones—, Marta asegura sentirse en paz con su elección. “Hay quien piensa que renunciamos a mucho, pero muchas veces son ellas las que sienten que les falta una estabilidad interior”, reflexiona. La renuncia a la pareja o a la maternidad no se vive como una carencia, sino como una transformación. “Hablamos de maternidad espiritual: cuidar, acompañar y rezar por otros”.
El silencio ocupa un lugar central en su vida, aunque no siempre fue sencillo. “Aprender a estar contigo misma cuesta”, admite. Con el tiempo, ese silencio se convierte en un espacio fértil. “Descubres que no está vacío, que está habitado”. Para ella, uno de los grandes males contemporáneos es precisamente la incapacidad de parar. “Siempre tenemos ruido de fondo para no escucharnos”.
Once años después de cruzar la puerta del monasterio, Marta se define como alguien más madura y serena. “Con 18 años crees que lo sabes todo. Aquí me he hecho persona”, confiesa.
A las seis de la mañana, cuando buena parte del país sigue dormido o apura el último sueño antes de la alarma, Marta González ya está en pie. El silencio todavía envuelve el monasterio de Santa Cruz, en Sahagún (León), donde vive desde hace once años. Tiene 29, es monja de clausura y, contra todo pronóstico, también es una de las religiosas más seguidas en redes sociales. Nada de contradicciones, asegura. “Esta vida no nació para estar aislada del mundo”, cuenta en el pódcast El director de David Jiménez.