La desdichada vida de 'La Chata', la infanta más castiza y querida: viuda a los 19 años, dos veces heredera al trono y un triste final en el exilio
Isabel de Borbón, conocida como ‘La Chata’, fue la infanta más popular de la historia de España: querida por el pueblo, respetada incluso por republicanos y marcada por una vida de entrega a la corona, tragedias personales y exilios
La infanta Isabel de Borbón y Borbón, conocida popularmente como 'La Chata'.
Isabel de Borbón y Borbón fue mucho más que una infanta: gracias a su cercanía y sonrisa franca, supo ganarse el afecto del pueblo y se convirtió en la figura más querida de la monarquía española, incluso en un Madrid cada vez más republicano. Apodada cariñosamente como ‘La Chata’, su vida estuvo marcada por el deber institucional a la corona, la tragedia personal que vivió en su breve matrimonio y su carácter profundamente castizo.
Nació en el Palacio Real de Madridel20 de diciembre de 1851 bajo el nombre de María Isabel Francisca de Asís de Borbón y Borbón y como hija primogénita de la reina Isabel II. Aunque oficialmente su padre fue el rey consorte Francisco de Asís de Borbón, desde muy pronto circularon incesantes rumores que señalaban como padre biológico a José María Ruiz de Arana, uno de los amantes más conocidos de la soberana, motivo por el cual algunos sectores la apodaron como “la Araneja”.
Su nacimiento tuvo un enorme significado político. España trataba de dejar atrás décadas convulsas marcadas por las guerras carlistas y la llegada de un heredero (tras dos nacimientos previos de varones muertos) fue recibida como una promesa de estabilidad. Ante la ausencia de un heredero, la recién nacida fue proclamada Princesa de Asturias gracias al decreto aprobado por Isabel II en mayo de 1850, convirtiéndose así en la primera mujer en ostentar ese título por derecho propio en la era moderna.
Una infancia marcada por el deber
El 2 de febrero de 1852, cuando la reina se disponía a acudir a la 'misa de parida' en la Basílica de Atocha, el cura Merino atentó contra ella asestándola una cuchillada en el hipocondrio derecho con un estilete comprado en el Rastro. Gracias al recamado de oro del traje y las ballenas de su corsé, el regicidio no se llevó a cabo, aunque acabó provocándole una herida de unos 15 milímetros. Una vez restablecida y en agradecimiento por su recuperación y el nacimiento de su hija, se abrió una suscripción popular para la construcción del Hospital de la Princesa.
Dos fotografías de la infanta Isabel en su infancia.
Durante los seis años que fue la heredera al trono, Isabel creció prácticamente sola en palacio, rodeada de un estricto protocolo y ceremonial y una amplia servidumbre. Su educación se convirtió en un asunto de Estado. Fue formada para reinar, con una instrucción cuidada en idiomas, música (donde destacó como pianista) y religión, y aprendió desde niña a moverse en actos oficiales, asumiendo con naturalidad la conciencia de sus privilegios y responsabilidades. Todo ello hizo que tuviera una infancia alejada del afecto de la reina, que estaba ocupada en otros menesteres.
En 1857, al nacer el futuro Alfonso XII (con el que mantuvo una relación profundamente cercana y casi maternal), perdió eltítulo de heredera y su papel institucional se transformó. Entre 1858 y 1866 acompañó a su madre en los grandes viajes oficiales impulsados por el Gobierno de O’Donnell, una experiencia decisiva que le permitió conocer de primera mano a los españoles de todas las clases socialesy las tradiciones populares, afianzando su idea de una monarquía cercana, visible y comprometida con el país y alejada de los rigores del boato palaciego.
Matrimonio impuesto y viudez temprana
En plena crisis del reinado de Isabel II, la razón de Estado volvió a imponerse y la joven infanta fue obligada a casarse con el príncipe Cayetano de Borbón-Dos Sicilias, conde de Girgenti. La boda se celebró en el Palacio Real de Madrid el 13 de mayo de 1868, habiéndose firmado las capitulaciones el día anterior y realizándose las velaciones un día después en Atocha.
La infanta Isabel y su marido Cayetano de Borbón-Dos Sicilias.
El enlace regio buscaba compensar a la familia napolitana tras su destronamiento, pero esta unión terminó siendo profundamente desgraciada. Lejos de traer estabilidad, este matrimonio se convirtió en una fuente constante de sufrimiento para la pareja. Cayetano padecía graves problemas de salud mentalyepilepsia, algo que desconocía Isabel y que se le ocultó a toda costa antes de la boda.
El estallido de la Revolución Gloriosa, en septiembre de aquel mismo año, y que provocó el destronamiento de Isabel II, sorprendió al matrimonio durante su viaje de novios, lo que les obligó a un largo exilio. Tras un aborto sufrido por la infanta, el conde, sumido en una profunda depresión, se suicidó el 26 de noviembre de 1871 de un tiro en la sien en Lucerna. Isabel tenía 19 años y decidió no volver a casarse jamás. Regresó junto a su madre y sus hermanos al exilio parisino, desde donde seguiría muy de cerca el futuro político de España y el destino de la dinastía.
Un apoyo incondicional a la Corona
Tras la proclamación de la I República Española y el brevísimo paso de Amadeo I por el trono español, Isabel colaboró en la sombrapara lograr la restauración de los Borbones, con ayuda deCánovas del Castillo y el marqués de Alcañices. Tras la proclamación de Alfonso XII en diciembre de 1874, regresó a España en marzo de 1875y fue nombrada Princesa de Asturias por segunda vez, ante la falta de descendencia del nuevo rey.
'La Chata' con sus hermanas. De izda. a dcha.: Pilar, Eulalia, Isabel y Paz.
'La Chata' asumió su papel y se implicó de lleno en la vida institucional, convencida de que la monarquía debía ganarse el respeto del pueblo con trabajo y ejemplaridad. Durante aquellos años se hizo cargo de la reorganización de la vida palaciega y de actos de la beneficencia, realizó viajes oficiales y visitas a provincias en las que aparecía vestida con trajes regionales y desempeñó unpapel muy relevante como mecenas cultural, especialmente en el ámbito de la música. Ejerció como consejera y acompañante del rey. Al contrario que su madre, respaldó el matrimonio de Alfonso con María de las Mercedes de Orleans y fue un apoyo emocional esencial tras la temprana muerte de la joven reina.
La infanta Isabel de Borbón (Izda.) junto a la reina madre, María Cristina de Habsburgo, y Alfonso XIII.
Asimismo, intervino activamente en la búsqueda de una nueva esposa, influyendo decisivamente en la elección de María Cristina de Habsburgo-Lorena, para la que se convirtió en un pilar fundamental. Aunque perdió definitivamente el título de Princesa de Asturias en 1881 tras el nacimiento de su sobrina María de las Mercedes, siguió prestando su lealtad a la Corona. Tras la muerte de Alfonso XII en 1885, se convirtió en el rostro más cercano y popular de la monarquía durante la larga regencia de su cuñada y, más tarde, durante el reinado de su sobrino Alfonso XIII.
‘La Chata’, la más castiza y popular de Madrid
En Madrid, Isabel era una auténtica institución. Era asidua a las verbenas, a la romería de San Isidro y a las corridas de toros, donde el público la aclamaba con entusiasmo. Lejos de ofenderse, aceptó con orgullo el apodo de ‘La Chata’, por la forma de su nariz (pequeña y respingona), un rasgo físico muy comentado en la época y que no encajaba con el perfil aguileño tradicional de los Borbones.
La infanta Isabel fue la más castiza y querida en Madrid.
Paseaba por el Retiro en coche descubierto, frecuentaba el teatro y los conciertos, vestía con mantilla y claveles yse mezclaba con naturalidad entre la gente, como una madrileña más, lo que hizo ganarse incluso el respeto de sectores republicanos, que veían en ella un rostro humano de la monarquía. Su popularidad fue tal que dio nombre a la calle Princesa, una de las grandes arterias de la capital, y se levantaron monumentos en su honor en Madrid y en La Granja de San Ildefonso, lugar al que siempre se sintió profundamente unida.
En 1902 abandonó el Palacio Real y compró su propio palacio en la calle Quintana, en el barrio de Argüelles, que se convirtió en poco tiempo en una segunda corte madrileña. Desde allí ejerció como embajadora de Alfonso XIII, representándolo en innumerables viajes por España y en el extranjero, como el histórico desplazamiento a Argentina en el año 1910.
Exilio final y despedida dolorosa
En 1930 comenzó a padecer una grave arterioesclerosis, que la dejó postrada en una silla de ruedas y casi sin habla. En ese maltrecho estado le sorprendió, el 14 de abril de 1931, la proclamación de la Segunda República. Isabel tenía casi 80 años y una salud muy deteriorada. El nuevo Gobiernole permitió quedarseen su palacete, consciente del afecto que despertaba entre los madrileños, pero ella rechazó ese privilegio y mostró, por última vez, su lealtad a la monarquía.
Dos retratos de la infanta Isabel en la edad adulta.
Fiel a su sentido del deber, decidió marcharse con su familia al exilio. Salió de su palacio en una ambulancia de la Cruz Roja, en camilla, rumbo a El Escorial, donde tomó el tren que la conduciría a Francia. El viaje, que tuvo grandes dificultades, agravó su estado. Apenas cinco días después de abandonar España, el 23 de abril de 1931 falleció en la residencia Saint Michel de Auteuil de París, lejos del Madrid que tanto había amado.
Leal a la corona, cercana con el pueblo y apasionada de la música y las tradiciones populares, así era 'La Chata'
Fue enterrada de manera discreta y en una tumba prestadaen el cementerio parisino de Père Lachaise. Su muerte causó una profunda impresión. La Plaza de las Ventas guardó un minuto de silencio y la prensa destacó la injusticia de un final tan triste y austero para quien había dedicado su vida a la Corona. En 1991, seis décadas después, sus restos regresaron a España por decisión del rey Juan Carlos I y ahora descansan en el panteón real de la Colegiata de La Granja de San Ildefonso. Así acabó la historia de 'La Chata', una infanta que, sin reinar, dejó una huella imborrable en la memoria colectiva.
Isabel de Borbón y Borbón fue mucho más que una infanta: gracias a su cercanía y sonrisa franca, supo ganarse el afecto del pueblo y se convirtió en la figura más querida de la monarquía española, incluso en un Madrid cada vez más republicano. Apodada cariñosamente como ‘La Chata’, su vida estuvo marcada por el deber institucional a la corona, la tragedia personal que vivió en su breve matrimonio y su carácter profundamente castizo.