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Cuando los Borbones desmontaron la España de los Austrias: qué pasó con los Decretos de Nueva Planta
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El fin de un estado casi federal

Cuando los Borbones desmontaron la España de los Austrias: qué pasó con los Decretos de Nueva Planta

Los Decretos de Nueva Planta pusieron fin al modelo heredado de los Austrias, liquidaron fueros e instituciones centenarias y sentaron las bases de un Estado centralizado a imagen de la Francia borbónica

Foto: Felipe V (Wikimedia)
Felipe V (Wikimedia)

"Como no me he preocupado de nacer, no me preocupo de morir", Federico García Lorca.

Es sabido que Felipe V era un esqueje de la cepa de los Borbones franceses. Cuando se selló el follón que se había montado en Europa (Tratado de Utrecht) y su colofón en España entre austracistas y los propios Borbones; el nuevo rey francés, nieto de Luis XIV, entró con su motosierra no para mejorar el país, sino para frenar las ínfulas federales derivadas de la que fue la España Imperial de los Austrias. Este primer Borbón, en suelo patrio, centralizó la administración común con un perfil similar al de la administración francesa de su época.

Los reinos vasallos del potente Reino de Aragón quedaron disueltos por el galo, suprimiendo las leyes locales, los fueros, las instituciones añejas y, la administración separada que venía siendo la carta de naturaleza de la estirpe anterior; esto es, un estado cuasi federal dividido en virreinatos con un potente nivel de autogestión y como no, con su quinto real y un vasallaje debido a la Corona Habsburgo. En síntesis, es como si nos cayera un meteorito como el de la época de los dinosaurios. ¿Por qué desmontar lo que funcionaba bien? En realidad, fue una venganza contra los perdedores.

Lo cierto es que, desde la firma de Utrecht (1715), paz a la que se podía haber llegado bastante antes, pero que, el galimatías del tablero político europeo —nada nuevo bajo el sol— alimentaba en vez de reducir tensiones; los insurrectos de Países Bajos, los intereses antagónicos de una Francia agotada económicamente por las ingentes derrotas militares anteriores a la firma y una Inglaterra con la sartén por el mango, iban dilatando la firma de una paz perentoria y muy necesaria, ya que las guerras intestinas del continente habían despojado a las naciones intervinientes (restos del Imperio Habsburgo/Austria, la Corona francesa, Países Bajos y la Corona española), hasta condenar a la indigencia y parálisis administrativa a varios de estos países. La resiliencia de estos pueblos había llegado al límite y ya no había más gentes para enviar al matadero.

Los antecedentes del Tratado de Utrecht necesitan un estudio minucioso por su enorme complejidad de intereses cruzados que será tratado en un artículo próximo pues, significa, prácticamente, un fin de era. Cabe destacar que, otras potencias —caso especial de Inglaterra y los Países Bajos—, temían que la unión de Francia y España, bajo la batuta de los Borbones, generara una potencia descomunal. Napoleón, años más tarde, llegó a la misma conclusión, pero de forma mucho más aviesa.

La idea de un único sistema legal y administrativo, consolidaría (y daría problemas sin cuento a posteriori) al poder real

Una vez más, la tormenta de la guerra civil acechaba nuestro suelo patrio. Castilla se posicionó del lado de los Borbones y, por ende, de Francia. Ello, conduciría al enfrentamiento con Aragón y sus reinos vasallos del mediterráneo peninsular. El modelo centralista francés era la horma de referencia. La idea de un único sistema legal y administrativo, consolidaría (y daría problemas sin cuento a posteriori) al poder real. El País Vasco y Navarra quedarían eximidos por su lealtad

Los antecedentes del “nuevo orden” habría que situarlos justo poco antes del inicio de la Guerra de Sucesión que desemboca en la firma el Tratado de Utrecht y que, a la conclusión, su derivada, continuaría en la península, tras ello, el galo se hace con los restos de la Corona española. La muerte de Carlos II el Hechizado, un monarca con serias taras intelectuales y físicas a causa de la manida endogamia inter pares (la sangre azul no se mezcla con la roja), fue el punto de partida de aquel enorme follón en toda Europa. El problema que quería resolver el Borbón Felipe V, era en realidad una política de mano dura con los “desviados” según su criterio.

Foto: carlos-ii-rey-hidrocefalo

La Europa de entonces y sus reinos —con la excepción de Francia— era una Europa de lo que se dio en llamar de Reinos Compuestos; esto es, que el rey lo era de todos, pero también de cada uno. Al jurar el rey que respetaría los fueros adquiridos por los diferentes reinos subordinados, ducados, etc., su autoridad quedaba disminuida, cosa que los Borbones en Francia lo arreglaron a su manera, esto es, a base de obleas y c´est fini.

A la postre, todo aquel follón solo sirvió para que cediéramos el “uso” de Gibraltar y la perdida de Menorca por cerca de un siglo, además de los territorios sureños de los Países Bajos y otros bajo la tutela de Aragón en Italia a los Austrias centroeuropeos. Casi trece años de guerra para un pan tan pobre. Las negociaciones —todo hay que decirlo—, las llevó el rey de Francia que, hastiado de tanta guerra y al borde del crack económico, negoció pésimamente los intereses de España.

Lo que fuimos, lo que somos.

"Como no me he preocupado de nacer, no me preocupo de morir", Federico García Lorca.

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