Cuando los vikingos llegaron a la Península Ibérica… y se encontraron un muro inesperado
Los vikingos llegaron a la Península como habían hecho en media Europa: saqueando, arrasando y desapareciendo. Sevilla, Galicia o Pamplona conocieron su violencia, pero también fueron escenario de una respuesta inesperadamente dura
"El destino es algo que se debe mirar volviéndose hacia atrás, no algo que deba saberse de antemano", Haruki Murakami.
Eran un pueblo temido por su barbarie y brutal animalidad en relación con los llamados pueblos civilizados y por añadidura, por sus técnicas y tácticas en sus encuentros con sus adversarios. Sus naves —los Drakar—, no tenían proa ni popa, pero podían arribar a cualquier lugar, ya fuera este una playa o la orilla de un río, al no ser la ausencia de quilla un obstáculo. En Sevilla en el año 844 estuvieron a punto de conquistar la ciudad, pero Abderramán II les aplicó un correctivo antológico que pasará a la historia por la crueldad de las represalias que se aplicaron a este pueblo nórdico.
Los omeyas hispanos balizaron todo el trayecto desde Sevilla hasta Córdoba con las cabezas de los más de 1400 vikingos capturados, un espectáculo dantesco. Algunos pudieron escapar a Isla Menor y refugiarse en ella, pero no les duró mucho la alegría. Los omeyas hispanos querían más todavía. Viendo el cariz que estaban tomando los acontecimientos, los de los cuernos y barbas rotundas, pusieron como condición que devolverían el botín requisado a cambio de que les dieran vía libre y, así fue. A enemigo que huye, puente de plata.
En un principio, los vikingos solo se aventuraron a atacar las costas de Inglaterra y lo que configura la actual Normandía y Bretaña francesa, pero su osadía no tenía límites. Más tarde fueron a por la actual Galicia; en ella, cuando amanecía el siglo XI la amenaza vikinga se recrudeció de forma muy virulenta hasta el punto de que tras el saqueo de Santiago de Compostela en 970 la iglesia había concedido bulas por trabajar los domingos en la construcción de torres de vigilancia con guarniciones de caballería de postas. Los lugareños, como si no tuvieran bastante, aceptaban de buen grado las indulgencias que prometía el arzobispo.
En Cambados, A Lanzada y otras pequeñas fortificaciones estratégicamente situadas en las entradas de las rías más importantes, frenaron las correrías de aquellos piratas míticos. Por ello, el obispo Cresconio II asentado en Iria Flavia —hoy Padrón—, construyó las famosas torres de Catoira, dos soberbias construcciones en la entrada de la ría de Arousa más conocidas como las Torres del Oeste.
Su objetivo fue siempre el botín, las mujeres y en menor medida, los esclavos
Algo más tarde, los nórdicos llegarían hasta Pamplona, como se ha explicado en estas páginas en anteriores artículos, en ella, la escasa resistencia que encontraron les permitió remontar el Ebro y el Arga hasta la ciudad, capturando al monarca navarro García Íñiguez, por el que obtuvieron una compensación en oro y joyas, condumio y vinos, en cantidades colosales, más allá de un enorme rescate por su liberación. Eran los vikingos los nómadas del mar. Su objetivo fue siempre el botín, las mujeres y en menor medida, los esclavos. No eran sedentarios, solo que aparecían y desaparecían fugazmente.
Nadie esperaba que en el año 844, el ataque a los emires omeyas de Córdoba tras los desembarcos en Galicia y Asturias debidamente repelidos por los locales, llegaran tan lejos. Ellos, los hombres del norte, sabían que había una ciudad que nadaba en la magnificencia —se cree que en aquel entonces vivían cerca de 250.000 turbantes en la ciudad—, una ciudad con un urbanismo hiperdesarrollado y foco de civilización en el occidente de entonces. Lo intentaron sí, pero se dieron de bruces con la caballería árabe y, de qué manera.
Al ver que en la península se estrellaban una y otra vez, ya fuera en los territorios de Al Ándalus o en los reinos cristianos, decidieron tomar los de Villa Diego. Estas incursiones vikingas obligaron a los gallegos en particular y, en menor medida, a los omeyas hispanos, a construir fortificaciones en aquellas ciudades atacadas o susceptibles de ser atacadas ante las previsibles incursiones de las hordas nórdicas. Hacia el año 861, naves vikingas de retorno del saqueo de Baleares, Florencia, Egipto y Estambul, cuando volvían a sus bases en la Bretaña francesa, cruzaban el estrecho de Gibraltar, así como quien no quiere la cosa. Pero en esta ocasión iban a recibir el que probablemente sería el correctivo más severo de la historia de la navegación por parte de los nórdicos. Una enorme flota de Al Ándalus acabaría con cerca de sesenta naves vikingas repletas de un enorme botín. Nunca más volvieron a atacar la península con alguna salvedad puntual en las costas gallega, infructuosa por lo demás. Fue este el caso de Galicia que, durante casi un siglo no había padecido otro ataque vikingo. Pero corría el siglo X, cuando la costa gallega sufrió intensos ataques que costó un esfuerzo descomunal neutralizar.
En el 968, los vikingos normandos al mando de Gunderedo construyeron una sólida base en las cercanías de Santiago de Compostela, desde la que saquearon a discreción durante cerca de cuatro años a las poblaciones autóctonas. Cuando ya contentos y exultantes ante el botín generado por sus tropelías se iban de rositas a sus embarcaciones; se encontraron bloqueados por el Conde Gonzalo Sánchez, que les aplicó un correctivo inolvidable. No solamente se incautó de todo el botín con el que se habían hecho los normandos, sino que, a los capturados, los puso a sembrar y a recolectar como si no hubiera un mañana. Mejor eso que, descansar en lo alto de una pica como lo hizo Abderramán II con sus prisioneros.
Como consecuencia de las repetidas invasiones vikingas y normandas a Galicia, Asturias y León se fundieron por empatía en una simbiosis que cuajaría algo más de dos siglos después en una unión política y administrativa bajo la égida de Fernando III de Castilla. El primer paso de aquella fusión ocurría hacia el año 925, momento en que se convirtieron en vasos comunicantes. Hay que recordar que, desde las primeras incursiones normandas en la zona, Ramiro I, a la sazón rey de León, se ofreció al rey astur a darle su apoyo incondicional, fue por ello que los osados invasores del norte nunca consiguieron instalarse en aquel lugar; se pagaban muy caro los intentos de broncearse en la península.
Donde sí consiguieron adaptarse y hacer fuertes, fue en la zona de Adra, en Almería y Alicante. Tras varias décadas de ausencia, mediado el siglo XI, la debilidad manifiesta del Califato de Córdoba, extrema debilidad del califato de Córdoba, ya en plena desintegración, no pudo generar respuesta a aquellos pendencieros conquistadores. En definitiva, la proto España de aquel tiempo, fue un hueso duro de roer para la avidez de estos elementos. Alguien dijo una vez que la unión hace la fuerza; a ver si tomamos nota.
"El destino es algo que se debe mirar volviéndose hacia atrás, no algo que deba saberse de antemano", Haruki Murakami.