Las palabras no solo sirven para comunicarnos con los demás. También tienen la capacidad de moldear lo que sentimos y, según defiende Mario Alonso Puig, incluso de influir en cómo responde nuestro cuerpo. El doctor lo explicó recientemente en el pódcast Tenía la duda.
Puig parte de una idea clave: lo que pensamos acaba convirtiéndose en un sentimiento, y ese sentimiento termina teniendo un impacto corporal. Cuando una persona se repite que no puede, que no es capaz o que algo la supera, ese mensaje interno no se queda solo en la mente. “El pensamiento se transforma en emoción y la emoción, a través de vías nerviosas y hormonales, afecta al organismo”, explicó. Por el contrario, un discurso interno más constructivo puede generar sensaciones de capacidad y fortaleza que también se reflejan en el cuerpo.
Uno de los ejemplos más claros, según el especialista, es la ansiedad. Para él, la ansiedad nace casi siempre de la mente, cuando se proyecta un problema en el futuro y se empieza a sufrir en el presente por miedo a no saber resolverlo. Esa anticipación constante activa respuestas fisiológicas que, mantenidas en el tiempo, pueden pasar factura a la salud. Subidas de tensión, alteraciones hormonales o problemas cardiovasculares son algunas de las consecuencias que pueden verse agravadas por este estado de alerta permanente.
En este proceso, el lenguaje tiene un papel especialmente potente. Puig subraya que la palabra es pensamiento verbalizado y que, además, entra por el oído, un canal con un fuerte peso emocional. Del mismo modo que la música puede alterar nuestro estado de ánimo y nuestra fisiología —algo que ya aprovecha la musicoterapia—, las palabras que escuchamos y nos decimos a nosotros mismos pueden calmar o alterar nuestro equilibrio interno. De ahí la importancia de “usar el lenguaje con precisión y con cuidado”, especialmente en contextos de enfermedad o estrés.
Otro de los puntos en los que insistió es la relación entre pensamientos negativos persistentes y el estrés crónico. Mantener un diálogo interno cargado de miedo, culpa o desesperanza favorece la liberación sostenida de cortisol, una hormona necesaria para la vida, pero dañina cuando se mantiene elevada durante mucho tiempo. Ese exceso, explicó, puede debilitar el sistema inmunitario y reducir la capacidad del cuerpo para defenderse frente a infecciones o enfermedades más graves.
Ante esta realidad, Puig no propone luchar contra los pensamientos ni intentar eliminarlos a la fuerza. Su enfoque pasa por aprender a elegir. Aceptar que un pensamiento existe, detenerse, respirar y decidir conscientemente no seguir el camino automático que marca. Ese pequeño gesto, repetido con el tiempo, puede cambiar la forma de relacionarse con el miedo, la enfermedad o la incertidumbre.
La meditación aparece como una herramienta clave en este entrenamiento mental. Según explicó, ayuda a reducir la rumiación, ese bucle de pensamientos que suele tener un tono negativo y que desgasta emocionalmente. Al no engancharse a ese ruido interno y conectar con momentos de silencio, se genera una calma mental y también un mejor funcionamiento del cuerpo, una mayor claridad mental y una relación más sana con uno mismo y con los demás.
Las palabras no solo sirven para comunicarnos con los demás. También tienen la capacidad de moldear lo que sentimos y, según defiende Mario Alonso Puig, incluso de influir en cómo responde nuestro cuerpo. El doctor lo explicó recientemente en el pódcast Tenía la duda.