Dormir mal, vivir acelerados y comer casi sin pensar están pasando factura al cerebro. Así lo explica Mireia Illueca, una de las neurocirujanas más reconocidas de su generación, formada en centros como la Cleveland Clinic o el Barrow Neurological Institute, que alerta de cómo el estrés crónico y la falta de descanso están detrás de muchos de los hábitos que hoy normalizamos, incluido el consumo constante de azúcar.
Illueca describe una sociedad “hiperestimulada y agotada”, en la que el cerebro funciona a base de impulsos rápidos y recompensas inmediatas. Cuando el descanso falla, explica, el cerebro pierde capacidad de decisión y busca atajos: “Si no duermes, si no paras, tu cerebro te va a pedir azúcar. No porque lo necesites, sino porque quiere una solución rápida”. En ese contexto, el dulce no es hambre real, sino una forma de tapar el cansancio.
La neurocirujana insiste en que el problema no es alimentario, o al menos, no tiene únicamente esta fuente. El estrés continuo agranda la amígdala, la zona del cerebro ligada al miedo y la reacción impulsiva, mientras debilita el córtex prefrontal, que es el que nos permite frenar, reflexionar y decidir. El resultado es una mente más irritable, menos concentrada y con más dificultad para autocontrolarse. “Ese filtro que te impide decir o hacer cualquier barbaridad se va perdiendo cuando no descansamos”, señala.
Frente a esa dinámica, Illueca defiende hábitos básicos que se han ido abandonando: dormir bien, reducir el consumo de pantallas, pasar tiempo a solas y recuperar el contacto físico y social. También subraya el papel de la alimentación real, sin ultraprocesados ni picos constantes de glucosa. El azúcar, advierte, funciona como una droga legal: ofrece un subidón rápido, pero deja detrás una caída que empeora el cansancio y la niebla mental.
Uno de los puntos clave de su discurso es la relación entre descanso y autocontrol. Según explica, cuando el cerebro está bien regulado, la toma de decisiones se vuelve más sencilla. “Cuando medito y duermo bien, noto que tengo hambre, pero puedo preguntarme por qué. Muchas veces no es hambre, es agotamiento”, afirma. En ese escenario, descansar se convierte en una herramienta mucho más eficaz que cualquier dieta estricta.
Illueca también recuerda que el cerebro es plástico y se puede entrenar. Prácticas como la meditación diaria, incluso durante pocos minutos, ayudan a reducir la hiperactividad de la amígdala y a reforzar las áreas relacionadas con la calma y la atención.
Su mensaje final es claro: antes de culpar a la falta de fuerza de voluntad, conviene mirar el nivel de cansancio. Dormir mejor, bajar el ritmo y escuchar al cuerpo puede ser el primer paso para romper el círculo de estrés, impulsividad y antojos constantes.
Dormir mal, vivir acelerados y comer casi sin pensar están pasando factura al cerebro. Así lo explica Mireia Illueca, una de las neurocirujanas más reconocidas de su generación, formada en centros como la Cleveland Clinic o el Barrow Neurological Institute, que alerta de cómo el estrés crónico y la falta de descanso están detrás de muchos de los hábitos que hoy normalizamos, incluido el consumo constante de azúcar.