Sofía Alonso, nutricionista: "Me sientan mal los lácteos, ¿tengo que dejar de tomarlos de por vida?"
Malestar o hinchazón después de tomar leche no siempre significan decir adiós a los lácteos para siempre. La nutricionista desmonta la idea de que la única salida es eliminarlos y explica por qué cambiar el tipo de producto puede marcar la diferencia
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Sofía Alonso, nutricionista y divulgadora, se ha topado con una de las dudas más habituales: qué hacer cuando los lácteos empiezan a sentar mal. Su respuesta, lejos de invitar a una renuncia eterna, abre una puerta a la flexibilidad alimentaria. “Puede ser que los puedas reintroducir solamente cambiando el tipo de lácteo”, explica en un vídeo.
La especialista recuerda que los lácteos de vaca, los más presentes en la cesta de la compra, no son la única opción. Según detalla, su composición “es bastante más alérgica, inflamatoria y menos rica en nutrientes” si se compara con otros como los de cabra, oveja o búfala, especialmente cuando están fermentados. Estas variedades contienen caseínas diferentes: mientras que la vaca aporta mayoritariamente A1 —relacionada con peor tolerancia digestiva—, los otros animales producen caseína A2, considerada más amable para el organismo.
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Otro punto que destaca Alonso es el perfil lipídico. Los lácteos de cabra, oveja y búfala contienen ácidos grasos de cadena más corta, lo que facilita su digestión respecto a los de vaca. Este matiz, poco conocido por el consumidor medio, puede marcar la diferencia para quienes notan pesadez o malestar tras ingerir leche tradicional.
Las versiones fermentadas —como el yogur, el kéfir o ciertos quesos— suponen otra ventaja. Durante el proceso de fermentación, las bacterias consumen buena parte de la lactosa, “que se va gastando”, señala la nutricionista. Esto hace que su contenido final sea menor y, por tanto, más tolerable. Además, esas mismas bacterias producen lactasa, la enzima que falta en las personas intolerantes y cuya ausencia provoca los característicos síntomas digestivos.
Para quienes llevan tiempo evitando los lácteos por prudencia o por un diagnóstico de intolerancia, la experta propone experimentar con criterio. “Puede ser que no tengas por qué eliminarlo del todo, sino simplemente cambiar un poco la calidad”, apunta. La idea no pasa por forzar el consumo, sino por observar qué tipos funcionan mejor y cuáles siguen generando molestias.
Más allá de la tolerancia, Alonso recuerda que los lácteos alternativos ofrecen un plus nutricional: mayor densidad de minerales, más proteínas y un aporte de calcio que compite favorablemente con los productos de vaca. Una combinación que los convierte en aliados interesantes para mantener una dieta variada sin renunciar por completo a este grupo de alimentos.
La nutricionista concluye con un mensaje de calma: cada cuerpo responde de forma distinta y, con la guía adecuada, es posible encontrar fórmulas que permitan disfrutar de los lácteos sin miedo.
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