El Cerro de Potosí: la montaña de plata que hizo rico al mundo y pobre a España
El Cerro de Potosí simboliza como pocos lugares la paradoja de la riqueza sin empatía. De sus entrañas salió la plata que sostuvo al imperio español, pero también un sistema de explotación que dejó miles de muertos
"La libertad de que cada uno haga lo que le dé la gana no es más que individualismo radical, la libertad sin empatía implica siempre egoísmo", David Uclés.
Una mañana temprana de un día de 1545, un nativo quechua, un pastor de llamas; acudió alarmado a la puerta del capitán español Juan de Villaroel. ¿Por qué? ¿Qué ocurría exactamente? Diego Huallpa, era el nombre del guía y pastor de los divertidos animalitos —hasta que te pegan un escupitajo claro— y le había contado al militar lo acontecido la noche anterior. Sucedió que el local quiso hacerse un vivac, pues la noche se le había echado encima. Acostó al rebaño en torno suyo y encendió una fogata bien nutrida; en los Andes, el frío, sin la protección adecuada, puede ser una sentencia de muerte para un humano. El caso es que, al amanecer, unos delgados filamentos de plata estaban insertos entre los rescoldos de la ceniza sobrante. Cuando se puso a observar más detenidamente, descubrió que había dormido, literalmente, encima de una enorme veta de plata a cielo abierto. Sabía del enorme valor de ello, pues los nativos lo usaban para temas ceremoniales y así, rendir a sus dioses un presente, normalmente en forma de joyas.
Cerro Rico, que así se llamaba el lugar, fue sometido a una intensa explotación por parte de los peninsulares, adjudicándole el nombre aborigen de una onomatopeya de difícil reproducción que sonaba como el efecto de una explosión —Potosí—. El descubrimiento de aquel “Becerro de Oro”, hizo que la ciudad creciera de forma asombrosa ladera abajo. Pronto, la fama de su riqueza cruzó el Atlántico e impulsó a los amigos de lo ajeno (entiéndase ingleses), que generó un importante crecimiento de la piratería sajona; una insana afición que a día de hoy es más patente que nunca en todo el orbe y que es casi un principio teológico canónico; en cualquier caso, creo que era Suetonio el que sentenció que las costumbres se hacen leyes.
En este punto, se hace necesario considerar que, en lo tocante a Potosí, hay muchas versiones más allá de la que se refiere a la visión de la historia desde nuestra perspectiva. Ello no es óbice para que, autores como Eduardo Galeano (Las venas abiertas de América Latina) hayan querido manifestar otras percepciones de la conquista española un tanto diferente de la que nosotros entendemos. Por ello, es asumible que el deseo del vacío, pretenda tener voz; una voz, por otra parte, muy cualificada, pero que, omite que España aportó y dejó en herencia en aquellas tierras un legado monumental que, no fue poco. La inversión en la explotación de las minas de Potosí tuvo un retorno espectacular; otra cosa es como se gestionaron aquellos recursos.
Originalmente, Potosí pertenecía al Virreinato de Perú que, con el tiempo y la fragmentación posterior, pasaría a convertirse en Bolivia en un tiempo en el que aquel colosal Imperio que fuimos, solamente se dedicaba a achicar agua; las invasiones napoleónicas a nuestra patria fueron el detonante de nuestra debilidad o al menos, la pusieron de relieve.
Corría el siglo XVII, cuando el apogeo comercial e industrial de Potosí, competía en tamaño con algunas de las más grandes ciudades europeas. Cerca de 160.000 almas se apiñaban en una ciudad horizontal en la que, trabajando en las mortíferas minas, daba para comer y poco más... Cabe destacar que los españoles, que trabajaban como encomenderos (adjudicatarios por vía regia de tierras para poder trabajarlas) se rotaban en el control de la producción; difícilmente podían resistir las durísimas condiciones de los 4.000 metros de altura. No hay que olvidar que Potosí es la segunda ciudad más alta del globo. Respirar a esa altitud, requería una preparación física extraordinaria, que solo capacitaba a los lugareños.
Pero como en todo, siempre hay una cara oculta.
Los indígenas trabajaban en condiciones inhumanas. Este estado de semiesclavitud se acentuó cuando el virrey Francisco Álvarez de Toledo se instaló por aquellos pagos, la península y su monarca, necesitaban más fondos para financiar algo que a la vista de hoy, era una auténtica locura; más y más dinero para las guerras y, en consecuencia, apretó las tuercas a aquellos desgraciados imponiéndoles horarios asesinos. Era muy importante para este dignatario cumplir con las cuotas de exportación exigidas y, por supuesto, con el “quinto” real. Miles de indígenas fueron sometidos a la mita —un servicio social obligatorio que ya practicaban indiscriminadamente los Incas—.
En los cerca de 200 años de explotación, pudieron perecer más de 20.000 desgraciados
Los terremotos enterraban gratuitamente a aquellos mineros maldecidos por una realidad extrema. Derrumbes por falta de entibado adecuado, enfermedades por agotamiento y malnutrición y accidentes de toda índole, ocasionaban millares de muertes. Total, entre la implementación de la mita, la indefensa mano de obra sobraba, bastaba con cogerla a lazo. Según y qué cálculos se estima —a la baja— que, en los cerca de 200 años de explotación, pudieron perecer más de 20.000 desgraciados.
Cantidades enormes de plata fueron distraídas para comprar artículos de lujo en el Asia Oriental usando el real de a ocho que estaba confeccionado con plata. Como hemos dicho antes, las constantes guerras en las que estábamos comprometidos en Europa, comprometieron nuestra economía interna hasta generar una presión abrumadoramente destructiva. A la postre, solo nos quedaba en el suelo patrio un 20% de aquella plata obtenida con tanto sufrimiento en las estribaciones de los Andes del Virreinato de Perú. A día de hoy se considera que, el valor obtenido en términos actuales no supero los 75.000.000.000 millones de euros, 20.000 muertos y un pozo sin fondo con las guerras constantes; ¿mereció la pena?
La Leyenda Negra siempre se nutrió de nuestros fallos, pero no de nuestros logros; ya se sabe, al enemigo ni agua... Y los anglosajones no son tontos, por ello, han conseguido levantar vientos patrióticos donde había sintonía entre los pueblos hispanos. A base de enseñarles el “pajarito”. Pero su Némesis está más al norte...
"La libertad de que cada uno haga lo que le dé la gana no es más que individualismo radical, la libertad sin empatía implica siempre egoísmo", David Uclés.