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Álvaro Bilbao, neuropsicólogo: "Si un niño me grita o me insulta, espero al menos cinco minutos"
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Álvaro Bilbao, neuropsicólogo: "Si un niño me grita o me insulta, espero al menos cinco minutos"

Insultos y un adulto que decide no apagar el fuego con más fuego, sino con ciencia. El neuropsicólogo ha explicado en un vídeo por qué espera unos minutos antes de responder a un niño alterado y cómo ese sencillo gesto puede cambiar la dinámica en casa

Foto: Álvaro Bilbao en su vídeo de TikTok (@soyalvarobilbao)
Álvaro Bilbao en su vídeo de TikTok (@soyalvarobilbao)

Una escena cotidiana en muchos hogares acaba de convertirse en una lección de neurociencia aplicada a la crianza. El neuropsicólogo Álvaro Bilbao ha explicado en un reciente vídeo cómo gestiona los gritos o insultos de un niño sin perder la calma ni reforzar conductas que, con el tiempo, pueden convertirse en un problema. Su método, basado en comprender qué ocurre en el cerebro infantil durante un momento de frustración, ha despertado gran interés entre padres y educadores.

Bilbao parte de una idea sencilla, pero poderosa: cuando un niño estalla, no lo hace por maldad, sino porque algo no ha salido como esperaba. En sus palabras, lo que sucede es que “está frustrado” y su cerebro entra en un circuito en el que necesita una reacción inmediata del adulto para sentirse mejor. Según explica, ese estallido suele aparecer cuando el pequeño esperaba obtener algo y no lo consigue, lo que provoca “una ruptura del ciclo de la dopamina”, el neurotransmisor que regula la motivación y la recompensa.

La clave de su estrategia es resistir el impulso de responder de forma automática. Bilbao asegura que, cuando ocurre, “espero al menos cinco minutos”, un margen que permite rebajar la tensión emocional y evitar que el niño asocie el grito con una manera eficaz de recibir atención. Durante ese tiempo, añade, su cerebro deja de liberar dopamina ligada al estallido, lo que evita reforzar la conducta.

Tras ese pequeño paréntesis, el neuropsicólogo recupera el contacto desde la calma. Explica que lo primero que hace es decir su nombre, porque “los nombres siempre me funcionan” para atraer la atención del menor. Después le habla despacio, con un tono suave, para que el niño perciba seguridad y entienda que el adulto mantiene el control de la situación, incluso cuando ha habido insultos o tensiones, como cuando un pequeño le suelta: “Dámelo, eres tonto, Martín”.

Foto: Álvaro Bilbao en su vídeo de TikTok (@soyalvarobilbao)

Bilbao insiste en que poner límites con serenidad es clave para que el mensaje cale. Ante un insulto o un grito, aclara al niño que comprende su disgusto —“sé que estás frustrado”—, pero también le deja claro que no responde “ni a ese tono de voz ni a insultos”. Esta combinación de validación emocional y norma firme evita que el menor se sienta humillado, pero también que piense que puede imponer su voluntad subiendo el volumen.

Otro punto importante de su enfoque es no ceder ante la petición que originó el conflicto. El neuropsicólogo explica que, si el adulto acaba dando justo aquello que el niño exigía mientras gritaba o insultaba, este aprenderá que intimidar “es una forma eficaz de conseguir lo que quiere”. Para Bilbao, educar también implica enseñar que la frustración forma parte de la vida y que existen vías más respetuosas para expresar lo que uno necesita.

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Su propuesta, directa y comprensible, conecta con una preocupación muy extendida: cómo manejar los estallidos emocionales de los niños sin recurrir al castigo ni caer en la permisividad. La mezcla de neurociencia, límites claros y una enorme paciencia convierte el método de Bilbao en una herramienta valiosa para familias que buscan una convivencia más calmada y consciente.

Una escena cotidiana en muchos hogares acaba de convertirse en una lección de neurociencia aplicada a la crianza. El neuropsicólogo Álvaro Bilbao ha explicado en un reciente vídeo cómo gestiona los gritos o insultos de un niño sin perder la calma ni reforzar conductas que, con el tiempo, pueden convertirse en un problema. Su método, basado en comprender qué ocurre en el cerebro infantil durante un momento de frustración, ha despertado gran interés entre padres y educadores.

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