María Puntí, dietista: "La relación intestino-cerebro está más que estudiada; a más ansiedad y estrés, más malestar digestivo"
Cada vez más estudios confirman que las emociones no se quedan solo en la cabeza y que el aparato digestivo actúa como un segundo centro de mando del organismo
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Hablar del aparato digestivo es hablar también de emociones. Cada vez más especialistas insisten en que el intestino no funciona de manera aislada, sino que mantiene un diálogo constante con el cerebro. Una conexión que explica por qué el estrés, la ansiedad o los estados de ánimo alterados suelen reflejarse en forma de molestias digestivas. Así lo expone la dietista María Puntí, que pone el foco en una relación que la ciencia lleva años analizando y que muchos pacientes experimentan en su día a día.
“La relación intestino-cerebro está más que estudiada”, señala la experta, que resume de forma clara cómo ese vínculo se traduce en síntomas físicos. Según explica, “sabemos que a más ansiedad, más estrés, más hipersensibilidad ante la comida, más sensibilidad a los gases, más cólicos, más malestar digestivo”. Un encadenamiento de factores que, con el tiempo, acaba pasando factura al sistema digestivo.
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Puntí apunta que esta realidad no es algo anecdótico, sino una constante en consulta. “Y al final acabará con problemas digestivos, que es en lo que me encuentro en 90 y 5% de los casos”, afirma, aludiendo a que la mayoría de personas que acuden por molestias intestinales arrastran también una carga emocional importante. Dolor abdominal, hinchazón o digestiones pesadas no siempre tienen su origen únicamente en lo que se come, sino en cómo se vive.
La dietista subraya que el estado anímico puede influir de forma directa en la salud digestiva. “Como nuestro estado anímico puede influir directamente en la salud digestiva”, recuerda, dejando claro que cuerpo y mente funcionan como un sistema interconectado. No se trata solo de órganos aislados, sino de un equilibrio complejo en el que intervienen múltiples mecanismos.
En ese engranaje, la microbiota intestinal juega un papel clave. Puntí describe el cuerpo humano como “una máquina increíble” y pone como ejemplo a determinadas bacterias beneficiosas. “Pues, por ejemplo, hay unas bacterias como las bifidobacterias”, explica, destacando su relevancia en la comunicación entre intestino y cerebro.
Estas bacterias actúan a través de una vía muy concreta. “A través del nervio vago estimulan el cerebro”, señala la dietista. El nervio vago es una de las principales autopistas de comunicación entre ambos órganos y permite que las señales que se generan en el intestino influyan en cómo nos sentimos y reaccionamos ante el entorno.
En este proceso entra en juego una sustancia clave para el bienestar emocional. Puntí menciona el GABA y explica su función con claridad: una sustancia que nos calma, que nos relaja. Este neurotransmisor está relacionado con la sensación de tranquilidad y con una menor respuesta al estrés, y parte de su producción se ve influida por el equilibrio de la microbiota intestinal.
Cuando ese equilibrio se rompe, las consecuencias pueden notarse a nivel emocional. La dietista advierte que la “ausencia de esos bichos” puede generar “más predisposición a tener más, ser más reactivo, estar con más ansiedad”. Es decir, un intestino alterado no solo provoca síntomas físicos, sino que puede intensificar estados de nerviosismo o inquietud.
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Hablar del aparato digestivo es hablar también de emociones. Cada vez más especialistas insisten en que el intestino no funciona de manera aislada, sino que mantiene un diálogo constante con el cerebro. Una conexión que explica por qué el estrés, la ansiedad o los estados de ánimo alterados suelen reflejarse en forma de molestias digestivas. Así lo expone la dietista María Puntí, que pone el foco en una relación que la ciencia lleva años analizando y que muchos pacientes experimentan en su día a día.