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José Abellán, cardiólogo: "Los pacientes que se sometían a terapia cognitivo conductual disminuían un 19% su riesgo de infarto"
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José Abellán, cardiólogo: "Los pacientes que se sometían a terapia cognitivo conductual disminuían un 19% su riesgo de infarto"

Tras un episodio coronario, el reto no acaba al salir del hospital: la mente puede marcar la diferencia en la recuperación

Foto: José Abellán (Youtube | Isabel Viña)
José Abellán (Youtube | Isabel Viña)

La recuperación después de un infarto no se juega solo en la sala de hemodinámica ni en la caja de pastillas. También se decide en la cabeza. El miedo a recaer, la ansiedad ante cualquier pinchazo en el pecho o la sensación de fragilidad pueden convertirse en un lastre silencioso que empeora el pronóstico. Y, según datos que empiezan a acumularse, trabajar esa parte emocional con herramientas concretas salva más corazones de lo que solemos pensar.

Así lo defendió el cardiólogo José Abellán durante su paso por el pódcast Tus amigas las hormonas, donde puso sobre la mesa uno de los hallazgos que más le han llamado la atención en los últimos años: pacientes que habían pasado un episodio coronario y recibieron terapia cognitivo-conductual redujeron su probabilidad de sufrir otro evento cardíaco en torno a un 19% con el paso del tiempo. Dicho de otra forma, aprender a gestionar el estrés y los pensamientos que nos desgastan no es solo cuestión de bienestar, también es medicina preventiva.

Abellán, que trabaja a diario con personas que llegan a urgencias por infarto y ha visto de cerca el después, describe un patrón muy frecuente: la parte física se aborda con detalle, pero el golpe psicológico queda casi siempre a medias. Muchos pacientes, explica, salen del hospital con una idea equivocada pero comprensible: creen que su corazón ya no puede acelerarse, que cualquier esfuerzo es peligroso y que hasta una taquicardia leve es una señal de alarma. Esa percepción les lleva a moverse menos, a vivir con miedo y a entrar en un bucle de ansiedad del que es difícil salir sin ayuda.

El problema es que esa ansiedad no es un simple malestar subjetivo. En la práctica, acaba afectando a hábitos clave: se duerme peor, se abandona el ejercicio, se come con menos control, se evita el contacto social o se carga todo el peso de la recuperación en la medicación. Abellán insiste en que esto no va de culpas, sino de entender qué pasa en el cuerpo cuando nos quedamos atrapados en el “ya no soy el de antes”. Y ahí es donde la terapia psicológica puede actuar como un auténtico tratamiento de fondo.

La terapia cognitivo-conductual, tal y como la menciona el cardiólogo, se centra en identificar pensamientos automáticos que disparan el estrés (“voy a volver a tener algo”, “no puedo hacer esfuerzo”, “mi cuerpo ya no funciona”) y en sustituirlos por conductas más adaptativas. Es un proceso guiado, no una charla motivacional. Con sesiones estructuradas, el paciente aprende a reconocer señales reales y falsas alarmas, a exponerse de forma segura a la actividad física y a recuperar confianza en su día a día.

Para Abellán, el contraste con lo que ocurre normalmente es claro: “reducir el estrés” se repite como un mantra en consulta, pero pocas veces se enseña cómo hacerlo. Y eso es crucial, porque el estrés sostenido tiene consecuencias físicas: aumenta la activación del sistema nervioso, favorece la inflamación crónica y termina influyendo en el árbol cardiovascular, que no es solo el corazón, sino las arterias que alimentan todo el cuerpo. La salud mental, recuerda, no es un lujo añadido; es parte del mismo circuito que decide si una persona mejora o vuelve a ingresar.

El cardiólogo también pone en valor la rehabilitación cardíaca completa: medicación bien tomada, ejercicio progresivo, alimentación saludable y un apoyo psicológico real. Incluso cuenta que, en programas donde el entrenamiento está bien hecho, muchas personas llegan a necesitar menos fármacos porque el cuerpo se regula mejor. Pero sin una buena gestión del miedo, ese camino se vuelve mucho más cuesta arriba.

La recuperación después de un infarto no se juega solo en la sala de hemodinámica ni en la caja de pastillas. También se decide en la cabeza. El miedo a recaer, la ansiedad ante cualquier pinchazo en el pecho o la sensación de fragilidad pueden convertirse en un lastre silencioso que empeora el pronóstico. Y, según datos que empiezan a acumularse, trabajar esa parte emocional con herramientas concretas salva más corazones de lo que solemos pensar.

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