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El MD-11 que no perdonó: la aproximación fallida que convirtió el vuelo FedEx 80 en un infierno en Narita
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El MD-11 que no perdonó: la aproximación fallida que convirtió el vuelo FedEx 80 en un infierno en Narita

El 23 de marzo de 2009, un MD-11 de FedEx está a punto de aterrizar en Tokio-Narita (Japón) sin conseguir estabilizar del todo la aproximación, en medio de fuertes vientos racheados. Lo que sucede a continuación es fulminante. ¿Qué falló?

Foto: La aeronave involucrada en el accidente (Wikimedia)
La aeronave involucrada en el accidente (Wikimedia)

Nuestra historia de hoy tiene lugar el lunes 23 de marzo de 2009. Pasan unos minutos de las seis y media de la mañana en el Aeropuerto Internacional Narita de Tokio, uno de los principales enclaves internacionales de Japón. El amanecer es gris y ventoso. Ráfagas del noroeste de hasta 40 nudos (74 km/h) barren las dos pistas paralelas en uso, la 34L y la 34R, levantando remolinos de polvo y neblina baja. A pesar de las malas condiciones meteorológicas, el tráfico aéreo sigue operativo, avanzando con normalidad, aunque con precaución.

En aproximación final se encuentra el vuelo 80 de FedEx Express, un carguero McDonnell Douglas MD-11F con matrícula N526FE, procedente del aeropuerto internacional de Guangzhou Baiyun, de China. A bordo viajan únicamente sus dos tripulantes: el capitán Kevin Mosley, de 54 años y 8.132 horas de vuelo, y el primer oficial Anthony Pino, de 49 años, con 5.248. Ambos cuentan con habilitación para el MD-11 y una amplia experiencia previa en operaciones de carga con este modelo de avión: el capitán acumula más de 3.600 horas en tipo y su copiloto en torno a 880.

06:41 hora local (UTC+9)

El vuelo se ha desarrollado sin incidencias durante las tres horas y media de travesía. El MD-11, que opera en ese momento con el piloto automático (autopilot) y el acelerador automático (autothrottle) conectados, se dispone a aterrizar por la pista 34L. A unas 13 millas náuticas (24 kilómetros) del aeropuerto, establece contacto con la torre de Narita.

- Capitán: FedEx 80, estamos a 13 millas de la pista.
- ATC: FedEx 80, viento 320° a 28 nudos, con rachas de entre 20 y 40. Están los segundos para aterrizar. Posibles turbulencias por debajo de los 2.000 pies.

El capitán Mosley es el pilot monitoring (PM) en este salto, por lo que es él quien monitoriza el vuelo y se encarga de las comunicaciones. Por su parte, el primer oficial Pino, que es quien lleva los controles (pilot flying o PF), ajusta la velocidad de aproximación a 164 nudos (Vref +10) y coloca el sistema automático de freno en modo MEDIUM. La aeronave continúa en descenso en medio de una turbulencia ligera a moderada. La tripulación comenta las rachas y revisa la guía de windshear.

- Capitán: No es tan grave, casi viento de frente.

06:46 hora local

La tripulación revisa los procedimientos y continúa el descenso configurando el avión para el aterrizaje: tren extendido, flaps completamente desplegados y sistemas armados.

Sin embargo, la velocidad comienza a fluctuar ampliamente, entre 152 y 180 nudos, superando los márgenes admitidos para una aproximación estabilizada. A pesar de ello, la aproximación prosigue sin que se ordene frustrar.

Pocos minutos después, a las 06:46 horas y 29 segundos, el vuelo 80 recibe autorización para aterrizar. Será un aterrizaje movido, pero nada que los pilotos no hayan afrontado antes.

Foto: vuelo-670a-loganair-periodo-motores-estrello-mar

06:48 hora local

Apenas minuto y medio después, a las 06:48 de la mañana, el MD-11 se alinea con la pista 34L. El avión atraviesa una capa de nubes bajas y, ya en final, se enfrenta a un viento racheado con componente cruzado que exige correcciones constantes. La velocidad vertical es superior a la habitual, pero la tripulación mantiene el rumbo y se prepara para la toma.

La voz robótica del CAWS (Central Aural Warning System) anuncia a los pilotos que, en ese momento, están cruzando la frontera de los mil pies sobre el terreno.

- One thousand!

El viento sigue inestable —ahora de 320° a 29 nudos, con máximas de 36—. La aeronave cruza los mil pies con oscilaciones leves de actitud: cabeceo entre −2° y +4° y variaciones de velocidad entre 152 y 180 nudos. Nada grave, aunque el margen ya rebasa los criterios de aproximación estabilizada.

Una aproximación se considera estabilizada cuando, por debajo de los 1.000 pies en condiciones IMC (o 500 en VMC), la aeronave mantiene una senda de descenso constante, con configuración completa de aterrizaje, potencia adecuada, sin correcciones bruscas y una velocidad no superior a 10 nudos por encima o 5 por debajo de la prevista (Vapp). Cualquier desviación significativa exige frustrar la aproximación.

El vuelo 80 continúa descendiendo. Muy pronto cruzan los 500 pies.

- Five hundred!

El autopilot se desconecta al alcanzar los 198 pies sobre el terreno. El copiloto mantiene el control manual. La velocidad indicada es ahora de 178 nudos, el morro ligeramente bajo y los motores en IDLE (potencia de ralentí). El avión continúa descendiendo, pero de forma inestable en lo que se refiere a velocidad y actitud.

- One hundred!

A 92 pies, la velocidad desciende hasta 154 nudos, 10 nudos por debajo de la velocidad objetivo. El primer oficial tira suavemente de la columna de control; el morro sube a 3,5°. Los motores comienzan a aumentar empuje, pero con el autothrottle aún conectado el sistema comienza a reducir automáticamente la potencia hasta ralentí, lo que en la práctica equivale a un retard automático de las palancas.

A 06:48:15, el radioaltímetro canta «Cincuenta pies» (Fifty). El MD-11 vuela ahora a 161 nudos, con un ángulo de morro de apenas 1° y una senda de planeo (glide slope) ligeramente baja (–1,1 puntos por debajo). Un segundo después, los pilotos empujan la columna de control ligeramente hacia delante. El morro baja a 0,7°, y el avión cae con una tasa de descenso cercana a 13 pies por segundo. Cinco segundos después, el avión golpea con fuerza contra la pista. El toque se produce con una aceleración vertical de 1,63 g. Para que nos entendamos, 1,63 veces la fuerza de la gravedad. Es un aterrizaje duro, pero es un aterrizaje que un avión como este puede soportar.

El tren principal pega un bote y la aeronave se eleva nuevamente para, a continuación, volver a caer, esta vez con un ángulo de morro más bajo (actitud negativa de -1,8°), produciendo un segundo impacto aún más violento (2,21 g). Aquí ya estamos hablando de una situación muy seria. El sistema de control de actitud del MD-11 intenta compensar, pero la secuencia es ya incontrolable: el tercer y último contacto somete al avión a una fuerza vertical de 3,06 g, el tren principal izquierdo colapsa parcialmente y la carga se transfiere a la raíz del ala izquierda, que se fractura y golpea el pavimento. La energía cinética vertical supera siete veces el límite de certificación estructural. En milésimas de segundo, la estructura colapsa, el avión se vuelca completamente y comienza a deslizarse invertido por la pista, envuelto en llamas.

Los servicios de emergencia llegan en menos de un minuto, pero el incendio —avivado por el viento cruzado— consume casi todo el fuselaje. La zona de cabina sufre daños gravísimos que dificultan cualquier intento de acceso. Ninguno de los dos tripulantes sobrevive.

placeholder El accidente (Wikimedia)
El accidente (Wikimedia)

El reloj marca las 06:49. En apenas diez segundos, un aterrizaje aparentemente controlado se ha transformado en una de las secuencias más violentas jamás registradas en ese aeropuerto. Un MD-11 ha vuelto a mostrar su peor cara. Y no es la primera vez. Hay algo inquietante en este accidente, pues ya se había visto antes.

Qué ocurrió

Aquella inquietante sensación tenía fundamento. Lo ocurrido en Narita no era un caso aislado. Doce años antes, en el aeropuerto de Newark (Estados Unidos), otro MD-11 de FedEx protagonizó un accidente casi idéntico (vuelo 14 de FedEx Express), también durante un aterrizaje aparentemente normal y también bajo condiciones meteorológicas adversas. En aquel caso, la secuencia de «botes» comenzó del mismo modo: una toma inicial con exceso de velocidad vertical, seguida de inputs de control demasiado agresivos que agravaron los siguientes impactos. El resultado fue devastador: colapso estructural, vuelco e incendio inmediato. Aunque en aquella otra ocasión no se registraron víctimas mortales, el aparato también quedó destruido.

La similitud entre ambos accidentes —misma aerolínea, mismo modelo de avión, misma dinámica de botes al tomar tierra— llevó a los investigadores a revisar con detenimiento las características de aterrizaje del MD-11, una aeronave que, debido a su centro de gravedad retrasado y su escasa autoridad en el eje longitudinal durante la fase de flare, es especialmente sensible a cualquier desviación respecto a una aproximación estabilizada. Ya tras el siniestro de Newark, algunos expertos de la NTSB habían advertido que el diseño del MD-11 «no toleraba bien errores en los últimos metros», y que sus «botes» eran «más difíciles de recuperar que en otros aviones» (ver informe de la NTSB/AAR-00/02 de 25 de julio de 2000). Sin embargo, no se adoptaron medidas significativas para modificar los procedimientos de aterrizaje o revisar el diseño estructural del tren principal. El accidente de Narita volvió a poner de manifiesto que aquellas advertencias no eran infundadas.

La investigación oficial, llevada a cabo por la Japan Transport Safety Board (JTSB), organismo que investiga los accidentes aéreos en el país nipón, reveló que el vuelo 80 de FedEx entró en una secuencia de botes (conocida técnicamente como porpoising) inmediatamente después de tocar pista por primera vez, iniciando «un ciclo incontrolable de impactos crecientes». Esta secuencia se vio amplificada por una combinación de «errores de pilotaje, inestabilidad aerodinámica inducida por las condiciones meteorológicas y un diseño estructural que no anticipaba ese tipo de sobrecargas verticales». El colapso del tren principal y la posterior fractura del ala izquierda fueron consecuencia directa de la energía cinética acumulada tras una cadena de decisiones y reacciones tardías.

Todo comienza en los últimos segundos de la aproximación. Aunque sobre el papel muchos parámetros seguían dentro de márgenes aceptables, la aeronave presentaba ya una actitud inestable en términos de velocidad, actitud de morro y régimen de descenso. Las rachas de viento, que provocaban variaciones de velocidad de hasta 30 nudos, deterioraban aún más la precisión de la senda final. El primer oficial, que pilotaba el avión en ese tramo, realizó una maniobra de flare tardía, aplicando una orden de cabeceo brusca hacia arriba a baja altura. El avión pegó un bote tras el primer impacto en el que el tren principal absorbió parcialmente la energía vertical.

En ese momento, el primer oficial ejecutó una orden de morro abajo (nose-down) excesivamente agresiva para intentar asentar el avión tras el primer bote. Esa acción provocó un segundo impacto aún más violento, con actitud de morro negativa y la rueda del tren delantero tocando primero la pista. La energía de reacción generada en ese contacto impulsó de nuevo la nariz hacia arriba, provocando un nuevo bote aún mayor. La aeronave quedó momentáneamente suspendida en el aire con una actitud anormal, sin empuje útil (los tres motores estaban ya prácticamente en ralentí por la reducción automática de potencia que aplica el autothrottle por debajo de los 50 pies de altitud) y sin margen realista para un go-around seguro.

En ese punto, el copiloto volvió a actuar sobre los controles con inputs de profundidad poco armonizados, intentando estabilizar el avión manualmente, pero sin suficiente autoridad de control. La altitud y el tiempo ya no eran suficientes. El avión descendió por tercera vez, impactando con una actitud de morro negativa. Esta vez, la carga vertical superó el límite estructural certificado: el tren de aterrizaje principal izquierdo colapsó parcialmente, y la carga se transfirió directamente a la raíz del ala izquierda, que se fracturó.

El colapso estructural, la rotación sobre el eje longitudinal y la intensidad del incendio explican la violencia de las imágenes captadas por las cámaras de seguridad del aeropuerto

La ruptura del ala provocó una fuga masiva de combustible, que se incendió de inmediato al entrar en contacto con zonas calientes del motor o el fuselaje. El aparato, ya invertido, se salió de pista mientras las llamas consumían rápidamente el fuselaje. El colapso estructural, la rotación sobre el eje longitudinal y la intensidad del incendio explican la violencia de las imágenes captadas por las cámaras de seguridad del aeropuerto.

La investigación concluyó que, además de los factores directos, hubo otros indirectos que contribuyeron al siniestro. Entre ellos, el informe destaca la inestabilidad de la aproximación debido a la meteorología (viento racheado, variaciones de velocidad y actitud) y la posible desorientación espacial de la tripulación al perder referencias precisas de morro y altitud real durante los botes. Además, el capitán, que actuaba como pilot monitoring, no tomó el control de la aeronave ni intervino con la firmeza necesaria, pese a que la maniobra ya mostraba signos de deterioro.

Un aspecto estructural relevante fue también objeto de análisis: el fallo del tren principal izquierdo no activó la rotura controlada del fuse pin, una pieza diseñada para desprender el tren en condiciones extremas y evitar daños mayores a la estructura del ala. La JTSB consideró que, de haberse desprendido el tren conforme a lo previsto, la fractura del ala —y, por tanto, el incendio— podrían haberse evitado o mitigado. Sin embargo, en el caso del MD-11, este tipo de fallo no había sido contemplado durante la certificación bajo un escenario de sobrecarga principalmente vertical, lo que dejó al diseño expuesto a un colapso catastrófico.

Por otra parte, el análisis de factores humanos reveló elementos preocupantes. Ambos pilotos habían acumulado varias horas de vuelo nocturno y habían admitido, en una charla informal durante el descenso, estar cansados y con menor nivel de alerta. De hecho, el registrador de voz de cabina (CVR) registró al primer oficial comentando explícitamente que ambos sabían que estaban fatigados, lo que el capitán no desmiente en ningún momento. La operación se realiza al amanecer, en el momento de mínima activación fisiológica del ritmo circadiano.

Por si todo eso fuera poco, el análisis toxicológico post mortem detectó restos de Temazepam en la orina del capitán, un ansiolítico de la familia de las benzodiacepinas cuyo uso está expresamente prohibido por la normativa de la FAA sin autorización médica. Aunque el informe oficial establece claramente que no se puede probar un efecto directo en la secuencia del accidente, su sola presencia constituye una infracción y apunta a un patrón de automedicación no declarado.

Además, la secuencia de decisiones revela una falta de coordinación entre ambos tripulantes. El capitán, que actuaba como pilot monitoring (PM), no verbalizó adecuadamente las desviaciones ni llegó a intervenir durante la aproximación, a pesar de que claramente esta no cumplía los criterios de una aproximación estabilizada. Tampoco tomó el control ni sugirió ejecutar un go-around (maniobra de motor y al aire). La JTSB señala que estas omisiones activas y pasivas en la gestión de cabina fueron «parte fundamental de la cadena causal» y que el accidente «podría haberse evitado con una orden de go-around a tiempo, o con una toma de control decidida al observar el primer bote».

Y a partir de entonces...

El accidente del vuelo 80 de FedEx no solo volvió a poner bajo los focos al McDonnell Douglas MD-11, un modelo que acumulaba ya un historial preocupante de accidentes en la fase de aterrizaje, también activó un proceso de revisión profunda de esta aeronave en múltiples niveles: desde el diseño estructural hasta los procedimientos operativos y de entrenamiento. Fue un golpe seco —en todos los sentidos— a la confianza en un modelo de avión que, aunque diseñado para ser el heredero natural del DC-10, había demostrado una y otra vez ser mucho más exigente con sus pilotos a la hora de aterrizar, sobre todo cuando operaba con peso elevado o en condiciones de viento cruzado.

Desde los primeros días de la investigación, los expertos japoneses del JTSB intuyeron que no se trataba simplemente de un error puntual del piloto, ni de una mala suerte provocada por el viento racheado. El siniestro revelaba fallos de comprensión más amplios sobre el comportamiento dinámico del MD-11 en la fase de aterrizaje. El avión tenía una aerodinámica particular, marcada por un estabilizador más pequeño de lo habitual y una distribución de masas que lo hacía más inestable longitudinalmente. Esto, unido a unos sistemas automáticos muy sensibles a los cambios de actitud, generaba una realidad operativa incómoda: el MD-11 no perdonaba el más mínimo error en los últimos segundos antes de tocar pista.

El informe final de la JTSB fue tan técnico como severo. Una de sus principales preocupaciones fue el diseño del tren de aterrizaje, especialmente la forma en que transmitía las cargas verticales a la estructura del ala. Lo ocurrido en Narita había demostrado que un bote mal gestionado podía desembocar en una secuencia catastrófica de impactos, hasta romper literalmente el ala. Los investigadores recomendaron a la FAA revisar las normas de certificación, advirtiendo que un diseño como el del MD-11 no debería volver a certificarse sin que se tuviera en cuenta la posibilidad realista de botes con sobrecarga vertical importante. Ya no bastaba con modelar un aterrizaje ideal; había que asumir también lo imperfecto.

La JTSB, además, sugirió estudiar la incorporación de ayudas visuales y avisos acústicos que indicasen con claridad el estado de contacto de los trenes de aterrizaje, para que los pilotos pudieran valorar mejor una maniobra de go-around tras un bote significativo.

También el ámbito del entrenamiento de los pilotos se vio sacudido. FedEx incorporó nuevos escenarios en sus simuladores, destinados a recrear aproximaciones inestables, botes múltiples y el complejo juicio que deben hacer los pilotos sobre cuándo frustrar una maniobra, incluso tras haber tocado pista. Los datos del CVR y FDR revelaban que la tripulación del vuelo 80 no solo no ejecutó una ida al aire tras el primer impacto, sino que ni siquiera la contempló. Se detectó, además, lo que el informe oficial define como «una alarmante pasividad del pilot monitoring», que en ningún momento intervino para corregir la actitud excesiva de morro abajo o para sugerir una maniobra evasiva. A raíz de esto, se reforzaron también los procedimientos de CRM y la formación en monitorización activa, con el objetivo de que el segundo tripulante no se limite a observar, sino que participe de forma crítica en la operación.

El PF dejó que el 'autothrottle' redujera el empuje mientras la senda se profundizaba, contribuyendo a una tasa de descenso anormalmente alta en el momento de la toma

La investigación puso el acento, además, en los automatismos del avión. La JTSB subrayó que la aeronave se aproximó con el autothrottle conectado, que inició la función automática de reducción de potencia en medio de vientos racheados intensos y que el sistema, tal y como está diseñado, reduce la potencia a ralentí a partir de 50 pies siguiendo un perfil preprogramado, sin tener en cuenta ni la velocidad, ni la tasa de descenso. El propio informe recoge que, con rachas fuertes, «la velocidad puede variar tanto que el autothrottle no sigue la situación», lo que exige una intervención manual activa por parte del piloto en forma de override del sistema. En Narita, esa intervención nunca llegó: el PF dejó que el autothrottle redujera el empuje mientras la senda se profundizaba, contribuyendo a una tasa de descenso anormalmente alta en el momento de la toma.

En paralelo, los investigadores analizaron el comportamiento del sistema de auto ground spoilers (AGS). Mediante simulaciones, demostraron que, si el tiempo de despliegue se reducía aproximadamente a la mitad, el AGS generaba antes un momento de morro arriba, moderaba la tasa de descenso y evitaba que la aeronave entrase en una secuencia de botes tan severa como la que acabó destruyendo el MD-11 en Narita. Como consecuencia, la JTSB recomendó a la FAA que exigiera al fabricante estudiar mejoras de las funciones del LSAS y una reducción del tiempo de despliegue del AGS, junto con cambios adicionales en la estructura de soporte del tren principal, para limitar las sobrecargas que se transfieren al ala en casos de aterrizajes duros y botes.

Aun así, el MD-11 sigue siendo un actor relevante en el transporte de carga, aunque su futuro inmediato acaba de quedar en entredicho. Apenas unos días antes de la publicación de este artículo, un carguero MD-11 de UPS perdió un motor y su pilón durante la carrera de despegue en Louisville (Estados Unidos), en un grave accidente que está siendo investigado por la NTSB. Se trata de un suceso completamente distinto al de Narita —otra fase de vuelo, otro tipo de esfuerzo estructural y una cadena causal aún por determinar— y, a día de hoy, no existe ningún indicio de relación entre ambos más allá de la coincidencia en el modelo de avión. Tras ese accidente, la FAA ha emitido una directiva de aeronavegabilidad de emergencia que, en la práctica, mantiene a todos los MD-11 en tierra hasta que se completen las inspecciones exigidas. Su mención aquí no pretende sugerir vínculo alguno, sino recordar que cada nuevo accidente con este modelo vuelve a colocar bajo la lupa su diseño y la forma en que se opera.

El accidente de Narita, sin embargo, deja una advertencia clara: en un avión tan exigente, los márgenes de tolerancia estructural, el diseño del tren y la dinámica particular en la fase de aterrizaje no admiten aproximaciones desestabilizadas ni errores de juicio en los últimos metros. El MD-11 no es el problema en sí mismo, pero su diseño deja claro que hay modelos que castigan el más mínimo desvío mucho más que otros. Cuando el sistema de formación, los procedimientos y la supervisión no están a la altura de esa exigencia, el fallo humano deja de ser un error aislado para convertirse en una tragedia anunciada.

Nuestra historia de hoy tiene lugar el lunes 23 de marzo de 2009. Pasan unos minutos de las seis y media de la mañana en el Aeropuerto Internacional Narita de Tokio, uno de los principales enclaves internacionales de Japón. El amanecer es gris y ventoso. Ráfagas del noroeste de hasta 40 nudos (74 km/h) barren las dos pistas paralelas en uso, la 34L y la 34R, levantando remolinos de polvo y neblina baja. A pesar de las malas condiciones meteorológicas, el tráfico aéreo sigue operativo, avanzando con normalidad, aunque con precaución.

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