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Marcial, el 'español' que fue un verso suelto en la Roma del primer siglo d.C.
  1. Alma, Corazón, Vida
Un poeta único en la Roma Imperial

Marcial, el 'español' que fue un verso suelto en la Roma del primer siglo d.C.

Roma deslumbraba y devoraba a partes iguales. En ese torbellino del siglo I, Marcial convirtió la sátira en un espejo implacable de la ciudad: miseria, ostentación y humor sin frenos

Foto: Marcial (Wikimedia)
Marcial (Wikimedia)

"Incluso los que dicen que no puedes hacer nada para cambiar tu destino, miran al cruzar la calle", Stephen Hawking.

En aquel tiempo, Roma atraía como un imán a todos los que buscaban futuro. Marcial, nuestro hombre, había nacido bilbilitano (de Calatayud) y era un poeta de envergadura intelectual incuestionable. Tenía una virtud y defecto a la vez, tal que era, reírse de todo el mundo sin parar con sus greguerías y versos que, más allá de la métrica, eran muy matones; no dejaba títere con cabeza.

Multitudes con caras apergaminadas por el hambre y la avitaminosis, eran las que habitaban la Roma del año 64 d.C. Un lujo ostentoso, ricos tacaños, gentes aparentes con el ego adulterado, vanidad, aduladores y, un ambiente esencialmente hostil poblaba la capital del imperio más longevo que haya conocido la humanidad “occidental”, siempre con la salvedad de China y su treintena de dinastías

El poeta “español” Marcial, sarcástico, histriónico e irreverente; cómico hasta la saciedad; vivía en una miserable habitación de alquiler, con una palangana para todas las cosas que se presentaran, ya fuera higiene o repentes. El alcantarillado de la ciudad era bueno, sí, pero saturado por una demografía explosiva. La vida subterránea afloraba con su estética repulsiva y con ella, había que convivir. Pero superados los primeros momentos, Marcial, sobreviviría a aquella miseria.

Foto: hormigon-antigua-roma-duracion-anos-edificacion

Cuando consiguió levantar vuelo, libros de pergamino o papiro, códices o simples rollos de lectura lineal, se los quitaban de las manos, habida cuenta de que su lenguaje era popular, asequible, sencillo e inteligible. De naturalidad descarnada, Marcial, era el poeta del pueblo. Su “Best seller”, un libro de arquitectura desbordante con lomo y tapas incluidas, era de lectura más que amena y cautivó al público romano; este libro podría no llegar a la categoría de incunable, pero se vendía como churros. Su propuesta literaria era de máximo mordaz.

Apophoreta estaba regado con humor a espuertas y en el fondo y la forma, era un libro con proyección de catálogo comercial, pues exponía los precios de productos para dos clases sociales; los ricos y los que querían parecerlo, lo cual no excluía a los pobres pues, se suponía que estos aspiraban a ser clase media. Marcial, era, en esencia, humor sin tapujos y carencia de elegancia; por decirlo de alguna manera, era un pelín cheli. Además, sus libros permitían generar apuntes con una especie de lápices de carboncillo e incluso, incorporaban marcapáginas de pintores callejeros que se ganaban unos sextercios que, a la postre, les daban para comer. Este poeta hispano, inició una revolución de calado en ese momento de la historia; el convencional rollo de papiro da paso al nuevo códice de pergamino.

El libro, por su practicidad, fue adoptado por los cristianos, pues su singular pequeñez les permitía escamotearlo entre los pliegues de la túnica. Incluso el propio Corán, designaba a los cristianos con respeto y admiración como las "gentes del libro" (ahl al kitab). Es probable, y en apariencia bastante razonable, decir que la aparición del libro en cuestión se consolidara en buena medida por su aura de clandestinidad.

Más de 1.500 poemas llenos de enjundia y “coña”, son su mensaje en el tiempo

La obra de este genial poeta estriba en la introducción del epigrama, género que se caracteriza por su brevedad e ingenio y que, aludía a las costumbres cotidianas de la sociedad romana. Su ingenioso talento para la sátira ha legado una duradera herencia en la cultura de Roma. Más de 1.500 poemas llenos de enjundia y “coña”, son su mensaje en el tiempo. Aunque el arte de escribir pueda liberar la grandeza y la desdicha del alma del autor, todos pueden intuir que su mensaje quedará enterrado en el olvido parejo a la extinción del autor; al fin y al cabo, somos testigos y notarios de un momento, de una época insertada en esa eternidad en la que todo se diluye en una monumental amnesia.

Decía Marcial en uno de sus celebrados epigramas: "La censura puede permitir unas inocentes chanzas: mis páginas son licenciosas; mi vida, honesta".

Gracias a Irene Vallejo, autora del hermosísimo libro El Infinito en un Junco, que me ha inspirado para elaborar el presente artículo.

"Incluso los que dicen que no puedes hacer nada para cambiar tu destino, miran al cruzar la calle", Stephen Hawking.

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