Patones de Arriba, el reino secreto que esquivó al ejército de Napoleón
A las tropas de Napoleón les pasó inadvertido un pequeño enclave negro y mimetizado en la Sierra Norte de Madrid. Oculto entre montañas y leyendas, convirtió su aislamiento en un escudo perfecto mientras el país ardía
"El coraje no es tener la fuerza para seguir adelante, sino seguir adelante cuando no tienes fuerza", Napoleón Bonaparte.
Cuando la artera invasión del pequeño hombre de la mano en el píloro se produjo —1808—, un lugar perdido de la geografía española presenciaba atónito a la evolución del gigantesco ejército de invasión. En medio del desasosiego, aquel pueblo ignoto, asistía a la predecible defunción de su país. Era un lugar recóndito e inaccesible, de construcciones de pizarra negra, camuflado en un entorno en el que el material generaba indetectables casas incapaces de revelarse al ojo humano por su mimetización con el entorno. Era el camuflaje perfecto.
En la Sierra Norte de la provincia de Madrid, un enclave netamente medieval, resistía con su invisibilidad, mientras las tropas napoleónicas arrasaban nuestro suelo. Un inaccesible lugar entre montañas, practicaba su inexistencia, pasando desapercibido ante aquella brutal ola de violencia. Su aislamiento natural fue su salvación ante aquella turba de gabachos. El Cerro de la Atalaya, garantizaba una vista panóptica del sur, en dirección a Madrid capital. Era un lugar estratégico para controlar cualquier contingencia.
La orfandad geográfica de Patones y su estratégica posición en lo alto de la Sierra Madrileña escamotearon a los invasores, un suma y sigue y, quizás, un buen susto. El aura de misterio de esta población, de carácter minúsculo, ha dado lugar a muchas conjeturas, incluida la de un "rey" de Patones que actuaba como juez de paz en aquel temprano tiempo. La severidad del aislamiento de este peculiar lugar, creó una autoridad autónoma, casi cooperativista, en la que el juez de paz o rey de Patones —de la familia de los Patón—, se encargaba de dirimir las disputas menores. Ya entrados en el siglo XVIII, el rey Borbón Carlos III —quizás lo mejor de esta extraña dinastía de monarcas corruptos, mujeriegos y descarriados—; esto no significa que una desinencia que rimase con Borbón definiera a toda una dinastía...; finalmente, este meritorio rey, delegó en Patones la marca de independencia administrativa de otras villas cercanas.
Iglesia y niebla en Patones de Arriba (iStock)
La historia de este pequeño pueblo que “resistió” la invasión napoleónica, no es una cosa de antes de ayer. Allá por 1555, media docena de vecinos fundaron lo que es llamado como Patones de Arriba. Lo que hoy es una pedanía entre montañas y campos mimetizados con construcciones humanas. A partir de 1687, este enclave serrano es aceptado como un pequeño reino, mirado de reojo y con cierta simpatía, por el monarca de España. Entre la escarpada sierra, esta pequeña agrupación de humanos, pasó desapercibida y sus vecinos continuaron existiendo como quien no quiere la cosa. Lo de Patones podría ser un bulo simpático o una realidad incontestable; pero lo objetivo, es que es un lugar mágico —doy fe—, en el que otras formas existencia diferentes a la realidad común, son posibles. A veces, una historia debidamente deformada, da lugar a un interés sobrenatural.
Una aldea espectacular, de pizarra negra, en medio de la nada, guarda la memoria sintética de un pueblo que solo se une cuando un invasor les toca sus partes pudendas. Tendríamos que celebrar que, cuando alguien invade España, nos unimos para que una vez ventilado el tema y expulsados los "okupas", sigamos peleándonos por trivialidades.
España, una jaula de grillos.
"El coraje no es tener la fuerza para seguir adelante, sino seguir adelante cuando no tienes fuerza", Napoleón Bonaparte.