La carga de los tres reyes, la victoria más brillante de la Reconquista contra los musulmanes
Un enfrentamiento decisivo en 1212 redefinó el mapa peninsular y el rumbo de Europa, con caballeros, reinos aliados y una gesta que marcó para siempre la lucha entre civilizaciones
Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma.
Carl Jung.
Von Clausewitz y Sun Tzu tenían diferentes concepciones sobre la visión de la estrategia y la aplicación de la táctica; sin embargo, ambos coincidían en que la información era clave antes de actuar.
En el año 1212, tres reyes peninsulares –con el apoyo de nuestros hermanos portugueses– dirimieron una de las batallas más brutales de la Reconquista y, posiblemente, de la historia de la humanidad; así, los monarcas de Navarra, Castilla y Aragón sumaron sus fuerzas contra el poderoso califato almohade dirigido con mano de hierro por un turbante llamado Miramamolín. En medio de un dilema crítico, tenían que tomar una decisión. Los invasores musulmanes ocupaban casi la mitad de la península. La información —la clave del triunfo— expresada así por Clausewitz, era vital para procesar la batalla –quizás decisiva– de la cristiandad contra los hijos de Alá.
En un lugar perdido del norte de la actual provincia de Jaén donde había más olivares que hormigas tiene el planeta, se llevó a cabo una de las batallas más decisivas entre dos civilizaciones o culturas antagónicas. Es más que probable que, para los cristianos, aquella tremenda batalla fuera eso, la “Madre de todas las batallas” y para los musulmanes, en la península, el principio del fin; o quizás, eso pensábamos hasta ahora... (Recomiendo leer a Michel Houellebecq, que nos anticipa lo que nos espera como no espabilemos).
En los prolegómenos de aquel enfrentamiento, al parecer, entre el mito y la realidad, un curtido cabrero de Sierra Morena observaba discretamente los movimientos de aquellas gentes del islam —para luego informar a las tropas cristianas— en medio de una polvareda en la que se fundían los turbantes con la caballería y la tierra removida con los cánticos de aquellos creyentes que nos llamaban herejes cuando llevábamos más de seiscientos años de ventaja en la posición teológica. Por cierto, tendríamos que estarles agradecidos por llamarnos herejes, pues, en griego, la voz hairetikós significa “el que es libre de elegir”. Una cosa es la Sharía y otra, la democracia entre hombres libres.
"Siempre se ha dicho que los vascos de aquel tiempo no participaron en la más famosa batalla de la historia de España, pero no es así"
Pero no todo era oro reluciente. Los francos que se habían acogido a la bula papal de exención de sus pecadillos terrenales estaban ávidos de botín, y esto cabreaba mucho a los castellanos, que eran más indulgentes con sus adversarios, pues eran más prácticos y deseaban integrarlos tras la conveniente conversión. Al final, de aquella patulea de arrogantes caballeros francos, solo quedaron afectos a la causa el conde Teobaldo de Blasón y el arzobispo de Narbona apoyando a los tres reyes peninsulares. Es un indicio que no debemos olvidar los españoles de diferente pelaje, que en este hecho de armas se fraguó la futura España y no la fragmentación hacia la que vamos, sin por ello dejar de atender, obviamente, la cultura y tradiciones de todas las comunidades.
En este punto, se hace necesario recordar que el islam es, ante todo, una fuerza asimiladora que estimula el ingreso, pero impide la salida. No tiene puertas giratorias y, si te deslizas hacia cualquier otra confesión, te conviertes en hereje y te rebanan el pescuezo, así, sin más. Por ello, el territorio entre Toledo y Sierra Morena era un erial en el que solo habitaban cuatro cabreros, y el resto de la población primigenia había abandonado sus lares en dirección hacia el norte para evitar las iras de Alá y sus intérpretes con la Sharía en la mano. Habida cuenta del tremendo peso de la religión en aquellos tiempos, tiempos en los que la incultura era más acusada que hoy en día, el papa Inocencio III, en su bula de cruzada contra las huestes de Alá, daba carta blanca a las almas de los caídos y supervivientes para entrar en el cielo por la puerta grande. La cosa prometía. La carga más famosa de la historia.
En julio de 1212, el Dios todopoderoso de los cristianos se disponía a asistir desde su balcón cósmico a una velada en el 'kindergarten' humano
Siempre se ha dicho que los vascos de aquel tiempo no participaron en la más famosa batalla de la historia de España, pero no es así. Es más, es una mentira tremebunda. Antes de comenzar el ataque, en vanguardia se dispuso el ejército castellano, y el señor de Vizcaya, don Diego López de Haro, encabezó la famosa carga, si es cierto, como dice el cronista y obispo Jiménez de Rada, que los vascones iban bien dotados de condumio, o lo que es lo mismo, de txistorras de Arbizu y “quesitos” ahumados de Idiazabal; solo faltaría. López de Haro, señoras y señores, fue el primero de los vasallos de Alfonso VIII en entrar en liza y sus vasquitos en arrojar sus famosas piedras que llevaban como elementos sagrados en sus zurrones. El abanderado siempre fue un puesto de extrema confianza en todas las batallas medievales. El gran amigo desde la infancia de Alfonso VIII, el rey castellano, era el señor de Vizcaya Diego López de Haro que, a la postre, iniciaría la épica y más famosa carga contra los almohades.
Una trifulca antológica
En ningún caso, a la luz de la información de investigadores especializados en esta batalla, se dio por cierta cualquier cifra que superara los 100.000 combatientes sumados los intervinientes por ambos bandos. Esta cifra inicial puede parecer impresionante, pero hay que recalcar la parte más trágica fuera parte de las matemáticas de la muerte, pues se estima que cerca de la mitad de los contendientes, al concluir la batalla, habían iniciado el gran viaje.
"Las Navas de Tolosa es el fulcro doblegado que marca el golpe militar o correctivo más severo recibido por el islam en toda su historia"
El momento de la apoteosis, la carga de caballería más famosa de todos los tiempos —lo de Balaclava es una cosa más infantil y un buen maquillaje para una derrota—, típico argumentario de los británicos; ocurrió de una manera que convertía el ruido ensordecedor de un ejército dispuesto a todo en uno de los actos más heroicos que se hayan dado en cualquier guerra. Los devotos de Mahoma eran un heterogéneo grupo de caballería ligera almohade, infantería andalusí, arqueros turcos, guerreros bereberes del Atlas y una multitud de santones que invocaban con fervor inusitado al todopoderoso Alá. Además, Miramamolín, el califa mahometano que dirigía la orquesta, se había dotado de una guardia senegalesa, armarios que no eran de Ikea precisamente. Estos colosos rodeaban la tienda protegiéndola de los “malos espíritus”.
A mediados de julio de 1212, el Dios todopoderoso de los cristianos se disponía a asistir desde su balcón cósmico a una velada en el kindergarten humano. La trifulca apuntaba a ser antológica. Un pueblo como el nuestro se enfrentaba a sus demonios seculares (frentismo y cainismo). Las zarandajas de patio de corrala, habituales en esta esquina geográfica del mundo, demostrarían que, cuando cesamos en el “y tú más”, logramos llegar a compromisos sostenidos para superar obstáculos insalvables. Pues bien, un largo silencio de tintes místicos, roto por las oraciones que musitaban los cristianos y los rezos de los ulemas de ambos bandos, rubricaba la trascendencia del momento.
Cuando se inició el ataque, bajo un cielo de desamparo que cubría la llanura donde 100.000 combatientes se iban a jugar la vida, el sol inclemente obligaba a los aguadores a llenar con sus aljibes constantemente el agua vital para enfrentar aquel cuerpo a cuerpo en medio de una polvareda antológica. Era como si la muerte estuviera revestida de los peores accesorios posibles.
El infernal griterío del cuerpo a cuerpo y los desgarros del cruel metal abriendo entrañas sin reparo alguno eran el sello al que solo la locura podía dar sentido. La muerte ora estaba al lado, que privaba de su último aliento al compañero que poco antes te había salvado la vida. No se podía flaquear en aquel escenario de horror. Los vascos de Haro, los portugueses y los entrenados caballeros de la Orden de Calatrava y Santiago estaban acorralados en un perímetro muy reducido y combatiendo en formato de tortuga a la vieja usanza. Es en ese momento crucial en el que los tres reyes, con la flor y nata de sus caballeros, lanzan una carga guiados por una poderosa fuerza invisible. En el clímax de la batalla, toda la caballería cristiana consigue atravesar las formidables líneas almohades de forma incontestable hacia la monumental jaima de Miramamolín. La carnicería es monumental.
Sancho VII de Navarra es el que finalmente rompe aquel muro de senegaleses con quinientos de sus caballeros. Es asimismo cuando acontece la caída del sol de aquel aciago día cuando los costes estimados —cerca de cincuenta mil soldados y caballeros— iniciaban el postrer viaje final. ¿El botín? incalculable. ¿El saldo en vidas? terrible. Miles de cadáveres contemplaban el crepúsculo del sol, trascendiendo ampliamente el significado de la palabra tragedia. Así es como la Reconquista recibe un espaldarazo definitivo. De permanecer en una guerra defensiva a la erosión constante de los musulmanes, Las Navas de Tolosa es el fulcro finalmente doblegado con el que, probablemente, sea el golpe militar o correctivo más severo recibido por el islam en toda su historia. Como en las pinturas marinas de Turner, una gigantesca ola arrasaría aquella marabunta de turbantes. Es probable que Alá estuviera ocupado en otros menesteres.
Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma.