El pueblo asturiano en el que una vez desembarcó un rey y es perfecto para visitar en otoño
Tazones ofrece un rincón marinero lleno de historia inesperada, huellas jurásicas y encanto costero. Su ambiente relajado y arquitectura tradicional conquistan a quienes buscan una escapada diferente junto al Cantábrico
Tazones es uno de esos lugares diminutos que sorprenden por la cantidad de historias que concentran en apenas unas calles. Este pueblo marinero del concejo de Villaviciosa, con poco más de 250 habitantes repartidos entre aldeas como La Atalaya, Villar o Las Mestas, vive encajado entre dos peñas y asomado al Cantábrico. Aunque muchos lo visitan en verano, lo cierto es que su esencia late con más fuerza en otoño, cuando se vacían las terrazas, la luz se vuelve más suave y el mar impone un ritmo más tranquilo.
El casco histórico lo forman los barrios de San Miguel y San Roque, declarados Conjunto Histórico Artístico desde 1991. Sus casas, de uno o dos pisos y pinturas muy vivas, se disponen de forma escalonada sobre la ladera, creando un paisaje que parece hecho para fotografiarlo. En San Roque se encuentra uno de los rincones más singulares de Asturias: la Casa de las Conchas, una vivienda completamente decorada con caracolas y moluscos de distintos colores y tamaños, una pieza de artesanía que se ha convertido en icono del pueblo.
Bajar hacia el puerto es adentrarse en el pasado marinero de Tazones. La Plaza del Riveru, junto al mar, fue durante siglos el lugar donde se descargaban ballenas y mercancías. Y es que este pequeño puerto fue un enclave comercial notable entre los siglos XIV y XVII, cuando sus embarcaciones viajaban hacia otros puntos del Cantábrico y también al extranjero, moviendo lino, cáñamo, aceite, brea, paños y pescado. Hoy, el puerto forma parte de la red de puertos pesqueros de Asturias y mantiene la actividad de bajura, con pequeñas embarcaciones que cada mañana regresan a la lonja.
El desembarco del rey
Pero la escena más famosa de su historia ocurrió el 19 de septiembre de 1517, cuando una tormenta obligó a la flota del joven Carlos de Habsburgo a buscar refugio en este rincón. El que más tarde sería Carlos I de España y V de Alemania pisó por primera vez suelo español en Tazones, para sorpresa de unos vecinos que, al principio, creyeron que las naves eran piratas. La llegada del príncipe, su recepción y posterior traslado a Villaviciosa se recuerdan cada año a finales de agosto con una recreación histórica muy popular.
Quien prefiera naturaleza encontrará otro atractivo inesperado: huellas de dinosaurio en el pedrero de la playa. En marea baja quedan al descubierto icnitas tridáctilas sobre un estrato rocoso gris, parte de la conocida Ruta del Jurásico que recorre la costa asturiana. En los acantilados cercanos también han aparecido huellas más grandes, algunas recuperadas por el Museo del Jurásico de Asturias con ayuda de Bomberos de Asturias, dado lo escarpado del terreno.
La visita suele completarse con el paseo hasta el faro de Tazones, en la aldea de Villar. Entró en funcionamiento en 1864 y mantiene la estructura original de piedra arenisca, una torre octogonal adosada y un pequeño recinto ajardinado. Aunque no ofrece las vistas más amplias del litoral, el camino hasta él y su silueta blanca entre la vegetación aportan un punto final muy agradable.
A pesar de su fama, Tazones conserva dimensiones reducidas y calles estrechas, lo que hace que el verano pueda resultar agobiante. Por eso el otoño se ha convertido en la mejor época para conocerlo: hay menos visitantes, el clima es suave, las fotos tienen un color más cálido y la experiencia gastronómica —basada en pescados recién llegados y marisco del Cantábrico— se disfruta sin prisas. El ritmo baja, las cuestas se suben sin calor y las conversaciones vuelven a sonar de puerta en puerta.
El encanto de Tazones no reside en grandes monumentos, sino en la mezcla de elementos que lo hacen único: un puerto que todavía huele a pesca, un par de barrios que parecen detenidos en el tiempo, la sombra del rey que llegó por sorpresa y unas huellas de dinosaurio que recuerdan que aquí, antes de barcos y casas, caminaban gigantes. Otoño es el momento en el que todo eso se ve con más nitidez y en el que este pequeño pueblo marinero revela, por fin, su versión más auténtica.
Tazones es uno de esos lugares diminutos que sorprenden por la cantidad de historias que concentran en apenas unas calles. Este pueblo marinero del concejo de Villaviciosa, con poco más de 250 habitantes repartidos entre aldeas como La Atalaya, Villar o Las Mestas, vive encajado entre dos peñas y asomado al Cantábrico. Aunque muchos lo visitan en verano, lo cierto es que su esencia late con más fuerza en otoño, cuando se vacían las terrazas, la luz se vuelve más suave y el mar impone un ritmo más tranquilo.