El estrés puede alterar profundamente el funcionamiento del cuerpo, provocando insomnio, molestias digestivas y cambios marcados en el apetito cuando se mantiene durante semanas o meses. La psicóloga clínica Rajita Sinha, directora del Centro Interdisciplinario para el Estrés de Yale, señala que esta reacción comienza en el hipotálamo, que activa hormonas como la adrenalina. Aunque esta respuesta es útil a corto plazo, se vuelve perjudicial cuando no cesa. El estrés sostenido influye tanto en el estado emocional como en los hábitos alimentarios. Por ello, comprender su mecanismo resulta esencial para frenarlo.
Sinha y la neuro-oftalmóloga Mithu Storoni abordaron estos efectos en una entrevista con la periodista Ruth Alexander para el programa Food Chain de la BBC. Storoni explicó que el nervio vago conecta el cerebro con el sistema digestivo y puede provocar pérdida de apetito o un fuerte deseo de azúcar. Algunas personas dejan de comer, mientras que otras buscan energía inmediata para gestionar la tensión. Con el estrés prolongado, la glucosa se acumula en sangre y la insulina pierde eficacia. Esta combinación favorece el aumento de peso y alimenta un círculo difícil de interrumpir.
Ese proceso, que Sinha describe como “ciclo de alimentación anticipada”, tiende a intensificarse cuando faltan horas de sueño o la rutina es irregular. Storoni advierte de que la privación de sueño aumenta los antojos de alimentos calóricos, lo que agrava la desregulación del apetito. Los impulsos por comer se vuelven más frecuentes y el cuerpo pierde capacidad de respuesta. Por ello, ambas expertas insisten en la importancia de reforzar los hábitos básicos que sostienen el bienestar. Mantener horarios estables y reducir el consumo de ultraprocesados ayuda a equilibrar la energía.
En este contexto, el descanso nocturno se convierte en una herramienta fundamental. Como recuerda Rajita Sinha, “el sueño recalibra el trío de órganos que están involucrados en la reacción del estrés”, formado por el hipotálamo, la glándula pituitaria y las glándulas adrenales. Dormir lo suficiente reduce la producción de hormonas del estrés y limita los antojos de azúcar. Incorporar ejercicio, priorizar comidas saludables y apoyarse en las redes sociales contribuye a mantener la estabilidad emocional. Volver a lo esencial, concluyen, es clave para evitar que el estrés dirija nuestra relación con la comida.
El estrés puede alterar profundamente el funcionamiento del cuerpo, provocando insomnio, molestias digestivas y cambios marcados en el apetito cuando se mantiene durante semanas o meses. La psicóloga clínica Rajita Sinha, directora del Centro Interdisciplinario para el Estrés de Yale, señala que esta reacción comienza en el hipotálamo, que activa hormonas como la adrenalina. Aunque esta respuesta es útil a corto plazo, se vuelve perjudicial cuando no cesa. El estrés sostenido influye tanto en el estado emocional como en los hábitos alimentarios. Por ello, comprender su mecanismo resulta esencial para frenarlo.