La crianza plantea numerosos retos sobre cómo ejercer la autoridad sin perder la cercanía con los hijos, y uno de los aspectos más relevantes es la forma en que los adultos gestionan sus propios errores. El psicólogo Alfonso Navarro sostiene que reconocer las equivocaciones no debilita la figura parental, sino que la fortalece. De ahí su reflexión: “si la he cagado y no lo reconozco, mi hijo me quita respeto”.
Navarro explica en el pódcast Formar en valores que reconocer los fallos propios no debilita la figura parental, sino que la fortalece. Mostrarse infalible ante un niño genera el efecto contrario al deseado. Según detalla, ocultar los errores transmite una imagen artificial que los menores interpretan como falta de solidez. A su juicio, “intentando mostrar solidez, demuestras una falta de solidez. Lo que muestras es rigidez”. Por eso, cuando un hijo señala un comportamiento o un defecto, el especialista considera necesario recibirlo con naturalidad, incluso agradeciéndolo, en lugar de negarlo o justificarlo.
El psicólogo advierte de que corregir constantemente la percepción del niño puede generar confusión e inseguridad. Recuerda que, llevado al extremo, “genera patología. O sea, si a todo un niño le dices que no ha visto lo que acaba de ver, lo vuelves loco”. Por ello, el experto anima a los padres a responder con autenticidad, sin caer en la negación o en la sobreactuación. Admitir un fallo, señala, también invita a los hijos a construir una relación más honesta y predecible, algo esencial en su desarrollo emocional.
En uno de sus vídeos, Navarro profundiza en cómo los adolescentes forman una impresión instantánea de los adultos. Afirma que “lo que determina si un adolescente te va a respetar o no pasa en los primeros tres o cuatro segundos de vuestra relación”. Según describe, es como si tuvieran “un sonar que detecta enseguida si el adulto que tienen delante es digno o no de su respeto”.
A ese adulto recién conocido —un profesor, un padre de un amigo o un psicólogo— le lanzan una pequeña señal: puede ser una provocación, una pregunta afilada o un comentario fuera de lugar. “No lo hacen ni a posta ni por molestar; lo hacen simplemente como una forma de probar para ver qué vuelve”, explica. Si la respuesta es calmada, honesta y coherente, el adolescente percibe solidez; si, por el contrario, detecta exageración, rigidez o un esfuerzo por caer bien, deja de considerar a ese adulto como una referencia válida.
Como concluye el propio psicólogo, los jóvenes “no están buscando que seas perfecto, solo buscan algo real, algo con lo que establecer un vínculo que para ellos sea seguro y predecible. Y si no lo encuentran, les da igual decepcionar”. Una visión que, de nuevo, refuerza su idea central: la autoridad no nace de la imposición, sino de la autenticidad.
La crianza plantea numerosos retos sobre cómo ejercer la autoridad sin perder la cercanía con los hijos, y uno de los aspectos más relevantes es la forma en que los adultos gestionan sus propios errores. El psicólogo Alfonso Navarro sostiene que reconocer las equivocaciones no debilita la figura parental, sino que la fortalece. De ahí su reflexión: “si la he cagado y no lo reconozco, mi hijo me quita respeto”.