La familia belga que vive en un contenedor marítimo: "En verano es insoportable"
Convertir un contenedor de obra en vivienda familiar no estaba en los planes de este matrimonio belga, pero la reforma integral de su futuro hogar les obligó a improvisar
La imagen es chocante: dos niños cargando cubos de tierra, un padre tapando una antigua puerta con ladrillos y una madre organizando el caos de una reforma interminable. Todo ocurre en Zemst (Bélgica), donde una familia decidió mudarse a un contenedor marítimo convertido en vivienda temporal mientras construyen el que será su hogar definitivo. Una historia que publicaba el diario belga HLN, fuente de la entrevista original, y ante la que es difícil mostrarse indiferente.
Glenda y Joris, padres de Féline (8) y Jannes (4), vivían cómodamente en una vivienda nueva, con calefacción por suelo radiante y todas las comodidades modernas. Aun así, algo no encajaba: ella necesitaba un espacio para ejercer como psicóloga desde casa y él soñaba con levantar algún día su propia vivienda. Cuando encontraron un viejo inmueble que necesitaba una reforma total, vieron la oportunidad de empezar de cero.
Lo que no encajaba, según explican en HLN, era pagar dos hipotecas a la vez ni instalarse indefinidamente en casa de los abuelos. Y fue entonces cuando llegó la solución más inesperada: un contenedor marítimo de obra reconvertido en miniapartamento.
La mudanza al contenedor ‘Bluey’
Un amigo les habló de alguien que vivía temporalmente en una caseta de obra, y la idea les encajó al instante. Buscaron modelos, compararon precios y terminaron comprando una unidad de 48 metros cuadrados que ya había servido en otras reformas. Necesitaba arreglos, pero era suyo. Lo pintaron, renovaron la cocina, cambiaron el tejado… incluso los niños se entusiasmaron tanto con su color azul que lo bautizaron como ‘Bluey’, inspirado en la serie de animación.
El resultado es algo parecido a un microapartamento: una pequeña cocina, baño, comedor, salón y un dormitorio único donde duermen los cuatro.
La parte menos idílica llega cuando suben las temperaturas. Vivir en una estructura metálica tiene consecuencias: a partir de 25 grados, el interior se convierte en un horno. La familia depende de aires acondicionados portátiles para sobrevivir a los meses de calor, algo que ha disparado sus facturas energéticas. Pasaron de pagar unos 300 euros al año a más de 2.000.
En invierno la situación no es mucho mejor: la calefacción depende de tres radiadores eléctricos que apenas logran mantener el ambiente cálido sin vaciar también la cuenta corriente.
La ventaja es evidente: viven a unos pasos de la casa que están rehabilitando. Eso les permite trabajar en cualquier hueco, incluso media hora después de cenar. La familia admite que a veces sienten culpa por no poder llevar a los niños cada fin de semana a planes de ocio, pero también ven el lado positivo: Féline y Jannes están aprendiendo a ser más autónomos.
Como cualquier obra, implica riesgos, pero aseguran que los pequeños respetan perfectamente los límites. A veces ayudan a transportar pequeños materiales o juegan en la tierra mientras sus padres trabajan. Para compensar, instalaron desde el principio una gran zona de juegos en el jardín.
Contra todo pronóstico, la convivencia en apenas 48 metros cuadrados ha fortalecido los lazos familiares. “Nos sentimos más unidos que nunca”, contaban a HLN. Tanto es así que ya se preguntan si, cuando vuelvan a una casa amplia con habitaciones separadas, no sentirán que “se pierden” dentro de ella.
La imagen es chocante: dos niños cargando cubos de tierra, un padre tapando una antigua puerta con ladrillos y una madre organizando el caos de una reforma interminable. Todo ocurre en Zemst (Bélgica), donde una familia decidió mudarse a un contenedor marítimo convertido en vivienda temporal mientras construyen el que será su hogar definitivo. Una historia que publicaba el diario belga HLN, fuente de la entrevista original, y ante la que es difícil mostrarse indiferente.