Martha Bolívar, nutricionista: "Buscamos dopamina gratuita para calmar el estrés crónico”
Asegura que muchas personas viven “en piloto automático”, sometidas a un ritmo de estímulos, pantallas y autoexigencia que altera su equilibrio hormonal y emocional
La nutricionista integrativa Marta Bolívar pone nombre a un mal que muchos han normalizado: la vida en modo alerta. En un vídeo del canal de Borja Bandera sobre el cortisol —la hormona que articula la respuesta al estrés— recuerda que no es “el enemigo”, sino un mecanismo indispensable que se desajusta cuando los estresores se acumulan sin descanso.
Divorcios, mudanzas, turnos nocturnos, pantallas que no se apagan y bucles de pensamientos intrusivos forman un cóctel que altera metabolismo, inmunidad y cerebro. Bolívar explica que el cortisol moviliza energía para afrontar amenazas, pero si la amenaza nunca cesa, la glucosa permanece alta, aparece resistencia a la insulina y la famosa “tripa” se resiste a desaparecer pese a comer bien y entrenar. En consulta ve a menudo analíticas “perfectas” y hábitos impecables que no mejoran por un trasfondo de estrés mantenido.
El impacto también es cognitivo: niebla mental, falta de foco, memoria perezosa y toma de decisiones bloqueada. “La gente cree que es cosa de la edad”, apunta, cuando el patrón real suele ser un eje simpático sobreactivado (huida/lucha) y un parasimpático debilitado (calma/reparación). La buena noticia: se puede entrenar el “freno” del sistema con hábitos que fortalezcan el nervio vago y respeten los ritmos de luz y oscuridad.
Bolívar insiste en la importancia del reloj interno. El cortisol es circadiano: debería subir al despertar y descender durante el día hasta mínimos nocturnos. Cuando la curva se aplana o se invierte, llegan el insomnio de las 3:00, el cansancio matutino y la activación tardía. Para objetivar el problema recomienda una curva de cortisol en saliva —cuatro tomas a lo largo del día— y, sobre todo, una historia de vida completa: estresores laborales o familiares crónicos, duelos no resueltos o cuidados prolongados que drenan recursos.
El sistema inmune tampoco sale indemne. Si el cortisol nocturno está alto, se interrumpe la “reparación” del sueño y se encadenan infecciones o reactivaciones virales. Aquí, dice, muchas modas biohacker sobran cuando el cuerpo ya está en alerta: baños de hielo, ayunos agresivos o entrenamientos extremos suman más carga a un organismo sin reservas.
Otro frente es el relacional. Falta vínculo y sobra aislamiento. La interacción humana de calidad es una de las palancas más potentes para bajar cortisol, pero la cultura de la inmediatez erosiona la capacidad de construir relaciones con paciencia. Demasiadas opciones y validación instantánea fomentan vínculos “desechables” y una búsqueda constante de microrecompensas. De ahí su frase más comentada: “Buscamos dopamina gratuita para calmar el estrés crónico”. El scroll infinito, advierte, ofrece estímulos sin esfuerzo que alivian unos minutos y empeoran el fondo de ansiedad.
La nutricionista integrativa Marta Bolívar pone nombre a un mal que muchos han normalizado: la vida en modo alerta. En un vídeo del canal de Borja Bandera sobre el cortisol —la hormona que articula la respuesta al estrés— recuerda que no es “el enemigo”, sino un mecanismo indispensable que se desajusta cuando los estresores se acumulan sin descanso.