El Borbón libertino: cómo Alfonso XIII fue apodado “el rey del porno” por sus películas clandestinas
Entre los secretos mejor guardados de la monarquía española figura una historia que mezcla deseo, poder y censura, cuyo inesperado hallazgo décadas después desató un escándalo que nadie imaginaba
"El sexo alivia la tensión, el amor la aumenta."
Woody Allen.
Alfonso XIII era rey desde antes de merecerlo. Su padre, Alfonso XII, se había ido al otro barrio apresuradamente. Cuando decimos su padre hay que hacerlo con reservas, pues en esto los Borbones, como son tan promiscuos históricamente hablando —aunque haya excepciones—, no producen una paternidad certificada. Por un inextricable camino de coincidencias, o del azar, o del destino, o sabe Dios de qué porqué, su vida iba a entrelazarse con la de dos hermanos con mucha carretera. Ricardo y Ramón Baños, firmes seguidores de los, a su vez, hermanos Lumière, habían montado en España un floreciente negocio de documentales que incluían, como el NO-DO franquista hizo posteriormente, una apologética de la monarquía patria a mayor gloria del rey de turno, que no era otro que Alfonso XIII.
El caso es que el conde de Romanones (alcahuete real por antonomasia) se presentó, así como quien no quiere la cosa, a los hermanos Baños en Barcelona. Les encargó unas películas cortas para presentárselas a un empresario norteamericano que había oído hablar de ellos; una cortina de humo para disimular al destinatario. Una de las primeras películas de los Baños trataba de una relación pecaminosa entre un cura y una feligresa, al cual el clérigo le tomaba la temperatura de una forma harto sibilina mientras la beata se entregaba al representante del Altísimo en cuerpo y alma, ambos encendidos como si no hubiera un mañana. Posteriormente, en el famoso Consultorio de señoras —famoso en aquella época—, se ve a un galeno desbocado apasionadamente, arreándole una sobredosis de proteínas a la interfecta antes de que esta entrara en éxtasis.
¿Cómo habían llegado los dos hermanos a tener ese dominio de los documentales de antaño y de esa particular especialidad? Pues muy sencillo. Entraron en el Raval, el barrio cheli de la Ciudad Condal, y, sobornando a diestro y siniestro voluntades díscolas, contrataron a orondas prostitutas del barrio más temible de la ciudad y montaban unos saraos de aquí te espero. Chulos más tatuados que un legionario les hacían cosillas muy picantes a las señoritas del lumpen. Pagaban bien y los pillastres se venían para arriba con la interpretación, armando verdaderos escándalos para los que había que usar medidas paliativas en billetes y bajarles un poco el ímpetu pasional o, lo que es lo mismo, que metieran freno.
El monarca era, a la vez, el destinatario y autor de los contenidos, pero los derechos de autor iban a parar a un fulano analfabeto de Segovia
Curiosamente, coincidiendo con estas maniobras orquestales en la oscuridad, Alfonso XIII, el rey fuguista, a través de los buenos oficios del conde de Romanones, contrató a los hermanos Baños —declarándose abiertamente como el beneficiario— unos “documentales” incendiarios de alto voltaje. El monarca era, a la vez, el destinatario y autor de los contenidos, pero los derechos de autor iban a parar a un fulano analfabeto de Segovia que no sabía hacer la o con un canuto. Obviamente, el visionado de los mismos era cosa absolutamente privada del monarca y algunos compinches que acudían encantados a las sesiones privadas.
Los guiones eran muy peculiares: personas con poder y mando, curas pérfidos y generales uniformados, ministros más o menos conocidos —cuando no insinuados—, médicos y musculados atletas; ponían en solfa a féminas muy dispuestas para el jolgorio, y todo esto en medio de escenas grotescas subidas de tono. Los guiones en cuestión no eran precisamente muy imaginativos, pero tenían su miga.
En confesionarios donde los clérigos se lo pasaban pipa extendiendo indulgencias a aquellas incautas que veían a Dios en cualquier rincón, por oscuro que este fuera, la feligresía femenina se entregaba en cuerpo y alma ante las demandas de los tonsurados. Asimismo, funcionarios de alto rango repartían parabienes a lacrimógenas féminas que buscaban algún tipo de favor cambiario. La sumisión casposa entraba hasta en la sala de las consultas privadas de los galenos que, a cambio de una buena receta, favorecían sus bajos instintos que desahogaban con aquellas mujeres desesperadas por la histeria o una agitada menopausia.
Un pionero
Aquello era el acabose. Con el triunfo de la República, el Borbón, llamado entre los más incondicionales “el piernecitas” por sus dotes para la fuga, puso pies en polvorosa ante la magnitud de lo venidero. De él quedará su firma innovadora en el firmamento del porno. Exiliado el rey hacia el año del Señor de 1931, el libidinoso celuloide se extravió, apareciendo hacia 1990 en un convento de monjas en la Comunidad Valenciana. Qué país.
"El sexo alivia la tensión, el amor la aumenta."