El Quipu andino: el artefacto que demuestra que los incas dominaban la contabilidad antes de los europeos
Una civilización precolombina logró crear un sistema de registro tan complejo que dejó perplejos a los conquistadores. Su técnica, hecha de cuerdas y nudos, escondía siglos de conocimiento y precisión matemática
No es lo mismo nacer con un pan bajo el brazo que con la factura del panadero.
Dicho majorero.
Desde el punto de vista de este escriba, la Corona Española durante el siglo XVI generó grandiosidad a raudales en los virreinatos del otro lado del Atlántico. Es perfectamente asumible que Pepe Mujica o Eduardo Galeano —siempre con gran respeto para ambos— discrepen de nuestra intervención en aquellos pagos, pero, como bien dice el lúcido historiador Marcelo Gullo Omodeo, tras la colosal herencia cultural dejada por aquel gigantesco imperio que fuimos, se concluye que el título de uno de sus hermosos libros, Nada por lo que pedir perdón, es muy acertado. Quizás este plumilla acote un poco esta frase y se pueda decir, con la máxima honestidad posible, que se hizo mucho y, en otros aspectos, hubo situaciones que solo la historia y mentes críticas podrían redefinir con más solvencia, si es que esto es posible.
Por poner un ejemplo, la primera universidad anglosajona en América, Harvard, se fundó en 1636; para entonces, España había creado 11 universidades en Centro y Sudamérica, más de dos docenas de hospitales de cierta envergadura. Existe la posibilidad de que durante todo el período en que España estuvo presente se fundaran otras veinte universidades más, tema este que requiere una investigación más exhaustiva, pero que aproxima en general a los cronistas de aquel tiempo. Durante este largo período de más de tres siglos, la patata y el tomate, el cacao y el aguacate, la caña de azúcar, el maíz, la vainilla, el pavo, la llama y, quizás, lo más valioso intrínsecamente: el oro y la plata con los que se financiaban guerras interminables que corroían las arcas patrias, fluían generosamente a la península.
Pero hoy, que andamos en una época de asombrosos descubrimientos tecnológicos, en la que la IA podría convertirse en un dios alternativo y omnímodo (Yuval Harari), podemos recordar que el Imperio inca tenía una “hoja de Excel” espectacular: el Quipu. Los españoles de aquel tiempo alucinaron al saber de este ingenio descriptivo con aplicaciones contables, administrativas, fiscales e históricas; se pusieron manos a la obra ante la intensidad y potencialidad de las aplicaciones y variantes del Quipu. Cerca de un 90 % de estos artilugios —verdaderas obras de arte— estaban orientados hacia una contabilidad fiscal o mercantil. El resto eran códigos para poder desencriptar escritos mágicos o secretos.
La complejidad del Quipu, una vez “domado”, recuerda, salvando las distancias, a la máquina de Anticitera
El primer paso que dieron aquellos servicios de inteligencia atávicos fue el de buscar a los Quipucamayoc o confeccionistas–redactores de este ingenio. Luego se les sumó una cohorte de cronistas y de intérpretes al castellano. Y así, de a poco, se fue descifrando aquel galimatías que se reveló como un artificio de una trascendencia casi paranormal. Esta herramienta incaica —y que, parece ser, ya practicaba de forma más sencilla la cultura Tiahuanaco, antecesora de la primera— permitió, en los primeros momentos de su instalación en el Valle del Cuzco, organizar una administración del Imperio inca.
Este dispositivo integraba un cordaje de algodón o lana de llama andina indistintamente, y no afectaba a su propósito ni resultados, salvo en el terreno material, que no era funcional; era la arquitectura del mecanismo, asida a un palo de madera horizontal del que colgaban las cuerdas de diferentes colores. Los censos de población, datos fiscales, eventos cruciales de su cultura e incluso relatos mitológicos eran registrados con esmero meticuloso. La posición de los nudos y la gama de colores determinaban los conceptos de lo narrado. Esta elaborada combinación expresaba el contenido de la información: era un ingenio absolutamente marciano. Dos hermanos, los Ascher, patrocinados por la Universidad de Michigan, en su momento editaron un libro que, al principio, pasó desapercibido para el común, pero que, con el tiempo, se ha convertido en una referencia mundial sobre el Quipu; su título es Código del Quipu: un estudio sobre medios, matemáticas y cultura.
Los españoles hicimos una lectura básica del Quipu y la tecnología del futuro hizo el resto
Ellos descubrieron, tras una increíble investigación asistidos por matemáticos y criptógrafos, que cada nudo o nudos suponían uno o varios dígitos y que hay tres tipos principales de nudos. Esto viene a confirmar que los Quipus —mayormente— tenían un uso contable. En su acepción más simple, se podría comparar con el ábaco, aunque este era obviamente mucho más sencillo, pero, en su momento, fue la gran herramienta para comerciantes de aquellos tiempos. La complejidad del Quipu, una vez “domado”, recuerda, salvando las distancias, a la máquina de Anticitera. De hecho, es asombroso que algunas combinaciones señalen la descripción de Orión, Ganímedes y las Pléyades. ¡Tela! Y nosotros aquí, en Europa, persiguiendo a Galileo y Copérnico...
Uno de los grandes investigadores españoles, el jesuita José de Acosta, en aquellos pagos a finales del siglo XVI, describe al Quipu como un ingenio colgante del cual se descolgaban hasta un total de 48 cuerdas accesorias o secundarias. Para el clérigo le resultaba incomprensible lo que se alcanzó con este artefacto, pues describe con la misma precisión que en un libro convencional se puede contar, pero probablemente con mucho más arte e imaginación. Cualquier tema que pueda estar inserto en un libro puede desarrollarse perfectamente en un Quipu, una vez hecho con él y con la técnica de uso. Es asombroso. Lo dicho, los españoles hicimos una lectura básica del Quipu y la tecnología del futuro hizo el resto. Lo que nos queda por descubrir... El conocimiento es como la eternidad: inaccesible en su totalidad, siempre hay más.
No es lo mismo nacer con un pan bajo el brazo que con la factura del panadero.