Ana Ibáñez, experta en neurociencia: "Tu cerebro lo único que necesita es saber que va a sobrevivir a los cambios"
La neurocientífica y entrenadora cerebral defiende que la mente puede reprogramarse para vivir mejor
La escena es cotidiana: llega un cambio, asoma la duda y el cerebro activa la alarma. Para Ana Ibáñez, neurocientífica, ingeniera química y piloto de helicóptero, ese primer impulso no es un defecto, es biología. “Tu cerebro lo único que necesita es saber que va a sobrevivir a los cambios”, resume en una conferencia de Aprendemos Juntos de BBVA. A partir de ahí —sostiene— se abre el margen de maniobra: entrenar la mente para que deje de boicotear y empuje hacia las oportunidades.
Ibáñez parte de una idea sencilla: la plasticidad cerebral es real. Las conexiones cambian con la experiencia y, si empujamos fuera del piloto automático, ese cambio se acelera. El punto incómodo —dice— suele ser el error: “Cuando fallas, tu sistema se activa, presta atención, enfoca y, si sostienes el esfuerzo, llega la recompensa en forma de dopamina”. No se trata de vencer el miedo, se atraviesa. Ella misma eligió el camino difícil —sacarse la licencia de helicópteros— para comprobarlo en carne propia.
Según Ibáñez, en el día a día se enfrentan el circuito del miedo, orientado a evitar amenazas, y el de la recompensa, que impulsa a probar lo nuevo. La clave está en calmar la alarma y “mostrar” al cerebro imágenes de éxito verosímiles: anticipar con nitidez un final que sale bien. Esa visualización no es fantasía, es seguridad instalada: si la mente cree que no habrá desastre, baja el volumen del temor y permite conectar áreas prefrontales que favorecen la acción.
Concentración: una burbuja con música, movimiento y un ancla
¿Problemas para enfocarse? Ibáñez propone una “burbuja de concentración” que combine calma y energía. Antes de sentarse a trabajar, recomienda unos minutos de movimiento vigoroso (bailar, saltar, subir escaleras) para provocar ráfagas de ondas alfa que serenan sin aplatanar. Después, música que te resulte familiar y segura y un pequeño ritual que el cerebro asocie a foco —ella enciende siempre la misma vela—. Un ejercicio útil: mirar objetos y nombrarlos en silencio; es un atajo para pasar del foco abierto a uno estrecho. Con cinco a ocho minutos de transición, el cerebro entra en modo beta y rinde más.
Para Ibáñez, la ansiedad es un mecanismo más que un misterio: un “niño asustado” que lanza señales físicas y pensamientos intrusivos aunque fuera no ocurra nada grave. El antídoto empieza por respirar: inhalación suave y exhalaciones más largas. Es un código que el sistema nervioso reconoce como calma. Luego, empatía (“entiendo que tienes miedo”) y un cambio de foco con estímulos sensoriales seguros —música asociada a momentos tranquilos—. Obsesionarse con los síntomas los agranda; ocupar la mente y el cuerpo enseña a ese “niño” que no hay amenaza real.
No todo estrés es enemigo. Ibáñez diferencia eustrés (positivo) y distrés (dañino). El primero empuja a rendir y no castiga al cuerpo si el cerebro interpreta esa activación como útil: “Esto me está preparando”. Dos condiciones marcan la frontera: sentido (¿para qué lo hago?) y límite temporal (el esfuerzo no es eterno). Cuando esas dos variables están claras, el organismo trabaja a favor: hay foco, hay rendimiento y no se cronifica el desgaste.
Las crisis —una separación, un giro profesional, una pérdida— ponen a prueba esa biología conservadora. “Prefiere lo malo conocido”, advierte Ibáñez, que describe el repertorio de la mente en transición: idealiza el pasado y siembra dudas sobre el futuro. La salida no es negar el dolor, sino anclar sensaciones de bienestar que ya conocemos y proyectarlas hacia adelante. Si el cerebro siente que tras el puente hay suelo firme, deja de sabotear el paso.
Autoestima: se fabrica (y se refabrica)
La autoestima, explica, no es un tótem fijo: se programa y se reprograma. De niños aprendemos a querernos “por otros” —ser aceptados para sobrevivir—; de adultos toca quererse por lo que somos y por lo que hacemos bien. Un método práctico: recuperar recuerdos de orgullo, esos momentos en los que estuviste a la altura. Y, si cuesta verlos, preguntar a quien te mira sin tantas sombras. La mente necesita evidencias para hablarte mejor.
La neurocientífica recupera a Ramón y Cajal —“podemos ser escultores de nuestro propio cerebro”— y añade una coletilla muy suya: el disfrute también entrena. Si el cerebro goza, interpreta que está a salvo y aprende mejor. El trato, entonces, es claro: menos superstición, más ciencia cotidiana. Respirar, moverse, enfocarse, imaginar finales que salen bien y recordar que, ante cada cambio, lo esencial es convencer a la mente de que va a salir viva del salto. A partir de ahí, el resto es práctica.
La escena es cotidiana: llega un cambio, asoma la duda y el cerebro activa la alarma. Para Ana Ibáñez, neurocientífica, ingeniera química y piloto de helicóptero, ese primer impulso no es un defecto, es biología. “Tu cerebro lo único que necesita es saber que va a sobrevivir a los cambios”, resume en una conferencia de Aprendemos Juntos de BBVA. A partir de ahí —sostiene— se abre el margen de maniobra: entrenar la mente para que deje de boicotear y empuje hacia las oportunidades.